Mientras el gobierno vende la postal de un Tamaulipas “seguro”, Matamoros vuelve a recordar que aquí la propaganda dura menos que el humo de una incineración clandestina. El hallazgo de dos puntos con restos humanos calcinados —fragmentos óseos y cráneos incluidos— no es un accidente en la narrativa: es la realidad que se asoma cuando se retira el templete, se apagan las cámaras y las familias salen a buscar solas porque su gobernador anda ocupado defendiendose jurídicamente del acecho de agencias federales de aplicación de la ley de EE.UU, que ya saben es un maleante consumado.
Tamaulipas, sublíder nacional del levantón
Tamaulipas no presume medallas deportivas: colecciona lugares de honor en la tragedia. Con 13 mil 868 personas desaparecidas, aparece como sublíder nacional de una competencia infame que ningún gobierno debería normalizar y que ninguna oficina de comunicación puede maquillar con boletines de “paz”.
Y Matamoros, una de las ciudades que el discurso oficial pretende colocar bajo control, acaba de sumar otra postal del México real: fosas clandestinas y sitios de quema de cuerpos localizados en su periferia por el colectivo Desaparecidos de Pie Hasta Encontrarlos. Mientras tanto, los policías que antes acompañaban las búsquedas habrían sido concentrados en tareas de seguridad para eventos presidenciales. Prioridades: primero el perímetro de la visita; después, si queda tiempo, los restos de los desaparecidos.
La estadística que el fuego no borra
El negocio criminal entiende perfectamente la utilidad del crematorio clandestino: sin cuerpo, el expediente puede quedarse como “persona no localizada”; sin homicidio registrado para que las cifras oficiales que hablan de histórica reducción de muertos desde 2015, luzcan más presentables. Así, la violencia no desaparece: cambia de casilla burocrática.
Ese truco administrativo encaja en un estado donde el levantón ya opera como método recurrente de control criminal: se llevan a la gente, silencian a la familia, desaparecen evidencia y dejan al gobierno administrando fichas de búsqueda como si fueran daños colaterales inevitables.
Reynosa, Nuevo Laredo, Matamoros, Victoria y Tampico no son puntos en un mapa de coordinación: son municipios atravesados por una crisis de desaparición que crece mientras la autoridad insiste en diagnosticar estabilidad.
El cardiólogo y el paciente
Américo Villarreal llegó con la promesa de sanar Tamaulipas. El problema es que el paciente no mejoró: sigue en terapia intensiva, con la integridad perdida, la seguridad colapsada y miles de familias buscando lo que el Estado no encuentra —o no quiere encontrar—.
En cualquier hospital serio, 13 mil 868 pacientes desaparecidos obligarían a una investigación de emergencia. En Tamaulipas, la reacción parece más parecida a una consulta de rutina: una conferencia, un mapa de colores, una promesa genérica y la receta de siempre: paciencia, burocracia y silencio.
Porque en el Tamaulipas del levantón, la pregunta no es si hay seguridad. La pregunta es cuántos cuerpos más tendrán que buscar las familias para que el gobierno deje de confundir la ausencia de cadáveres con la ausencia de crimen.
Con información: BREITBART/

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