La política morenista volvió a confirmar que la lealtad no es un principio; si lo fuera, sería su final. Es una membresía temporal, renovable sólo mientras resulte útil para los individuos, tanto en organizaciones políticas como criminales —o política y criminalmente organizadas—.
Américo Villarreal, aun gobernador de Tamaulipas, quien en 2021 fungió como coordinador de campaña de Rubén Rocha Moya y antes lo defendía —en público y en privado— como si se tratara de una causa de Estado, estampó su firma en el comunicado de gobernadores que exigia “madurez y responsabilidad” al sinaloense.
Traducción del idioma institucional: cuando el amigo se vuelve incómodo o un estorbo, se le pide que sea adulto y se retire sin hacer ruido, aunque ambos se deban mutuamente dos pedazos de gubernaturas distintas, operadas con los mismos malos oficios criminales.
Así opera este mecanismo: primero se reparten abrazos, cargos y elogios; después, ante el costo político, aparecen los comunicados de moralidad súbita y las firmas de quienes ayer eran parte del círculo íntimo.
Como lo cita EL UNIVERSAL:

Villarreal, además señalado por autoridades estadounidenses en un contexto de acusaciones que él ha rechazado y anda buscando arreglar con un despacho jurídico, pero con soto a los impuestos, parece conocer bien esa gramática del poder: la solidaridad dura hasta que llega una instrucción superior, una encuesta adversa o la necesidad de salvar el propio pellejo.
Rocha Moya, dos veces licenciado y hoy aparentemente prescindible, quizá descubra que en la política de sus examigos el respaldo no se mide por la amistad sino por la utilidad; y que la lista de Navidad puede reducirse con la misma rapidez con la que se firma un desplegado.
La traición bajo dinámicas del crimen organizado
Entre la traición política y ciertas dinámicas del crimen organizado puede identificarse una similitud estructural. Aunque esta analogía no constituye una equivalencia factual, su fuerza reside en describir el método: alianzas utilitarias, obediencia a jerarquías y rupturas cuando el costo se vuelve intolerable para el negocio tradicionalmente criminal y políticamente organizado.
El antiguo aliado deja de ser un activo, pasa a ser un pasivo y un riesgo para toda la organización.
«La traición política se parece a las dinámicas de lealtad en organizaciones criminales porque en toda alianza politica, criminal o ambas, se riegen por el mismo cálculo: la fidelidad dura mientras produce beneficios y termina cuando proteger al aliado amenaza al grupo.
En ese esquema, los afectos son decorativos; lo decisivo es la utilidad. Primero vienen los abrazos, los cargos, las defensas públicas y las fotografías. Después, cuando la presión crece, aparecen los comunicados, la distancia moral y las firmas de quienes ayer juraban lealtad.
El caso de Rubén Rocha Moya exhibe esa mecánica. Américo Villarreal, quien coordinó su campaña en 2021 y fue parte de su círculo de defensa política, se sumó al pronunciamiento de gobernadores de Morena que pidió al sinaloense “madurez y responsabilidad”.
La política de facción tiene su propio código: nadie es imprescindible, nadie está por encima del cálculo y el respaldo se retira con la misma rapidez con que antes se otorgó. En ese mundo, la amistad no se rompe por principios; se cancela por instrucciones, encuestas, expedientes o miedo a que el costo ajeno se convierta en costo propio.
Con información: ELUNIVERSAL/

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