Carlos Alberto Beltrán Olmeda, exasesor de Rubén Rocha Moya y exoficial mayor del Ayuntamiento de Los Cabos, ya no está desaparecido: autoridades de Baja California Sur confirmaron que los restos localizados el 13 de julio en una fosa clandestina de San José del Cabo corresponden a él.
La identificación genética cerró un capítulo que, en realidad, comenzó cuando lo privaron de la libertad y terminó —o quedó expuesto— cuando sus huesos aparecieron enterrados cerca de La Ballena. Según la información difundida, un video de redes sociales aportó el apodo, el relato de la tortura, el asesinato y hasta las coordenadas de la fosa. Así de grotesco es el país: a veces no es la investigación institucional la que rompe el silencio, sino un video, una filtración o la voz de alguien que conoce demasiado.
Beltrán Olmeda había sido visto públicamente por última vez el 25 de mayo, cuando anunció su renuncia a la Oficialía Mayor de Los Cabos por “motivos personales”. Después vino el vacío: no estaba, no aparecía, no contaba. Y ahí está el punto que las ceremonias oficiales de cifras prefieren esquivar.
Mientras estuvo desaparecido, Beltrán no era necesariamente parte de la cuenta de homicidios del día. Ahora que fue localizado muerto, más de un mes después, tampoco entra de forma automática en el registro cotidiano que alimenta el discurso de la “baja” en asesinatos.
No porque no lo hayan asesinado, sino porque el actual sistema «sesudo y sesgado de conteo Sheinbaumista» tiene una habilidad extraordinaria para perder cadáveres entre fechas, carpetas, dictámenes y categorías administrativas.
En México, desaparecer suele equivaler a morir, aunque el Estado se resista a admitirlo en sus balances diarios. Y cuando la víctima aparece en una fosa, ya no es un homicidio reciente para la estadística: se convierte en “restos localizados”, “identificación positiva”, “hallazgo de osamenta”. Un muerto fuera de tiempo para la propaganda.
Eso es lo que revela el caso de Beltrán Olmeda: no una excepción, sino una mecánica. La violencia puede mantenerse intacta —o incluso recrudecer— mientras la cifra de homicidios aparenta descender, porque no todos los asesinados aparecen el día en que los matan. Algunos son tragados por una fosa, una desaparición, una base de datos inconexa o una investigación que llega tarde.
La aritmética oficial celebra menos homicidios; la realidad excava más fosas. Y entre una cosa y la otra, los muertos desaparecen dos veces: primero de las calles y luego de las estadísticas.
Con información: ELNORTE/

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