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martes, 25 de agosto de 2026

“CABEZA y CORAZÓN ?: CARDIÓLOGO que ENFERMÓ a TAMAULIPAS le COPIA FRASE MATONA a CDV, REPETIDA por AMLO”… como requisito para los suspirantes de MORENA en 2027.


El aun gobernador de Morena en Tamaulipas, Américo Villarreal Anaya, dice que para competir en las elecciones de 2027 se necesita “cabeza y corazón”. Una observación entrañable, viniendo del médico que prometió sanar a Tamaulipas y hoy administra un paciente que sigue perdiendo gente, territorio, tranquilidad y, de paso, la poca fe que quedaba en el diagnóstico oficial.

Y todo indica que no quiso quebrarse la tatema y mejor recicló las frases que el exgobernador panista Francisco Javier García Cabeza de Vaca utilizó en sus espectaculares promocionales, y que también pronunció el expresidente Andrés Manuel López “Hablador”.

«Cabeza», dice. La misma que debería servir para leer la realidad antes de hablar de encuestas, candidaturas y perfiles humanistas. Porque mientras el pazguato de Palacio ensaya la liturgia de la sucesión, Tamaulipas acumula casi 14,000 personas desaparecidas: segundo lugar nacional en una competencia donde cualquier gobierno decente renunciaría antes que presumir medalla. 

No es una cifra para maquillar en una diapositiva: son familias que buscan a quienes el Estado no encontró, no protegió o simplemente decidió dejar de mirar, mientras condesciende con sus aliados del crimen organizado.

Y «corazón», añade el cardiólogo. Qué ironía clínica. 

Porque el corazón de Tamaulipas no late: se agita entre desapariciones, extorsiones a nivel industrial (…también los aliados), violencia y territorios donde la autoridad parece llegar tarde, cuando llega. 

Reynosa, por ejemplo, donde ciudadanos sobreviven con percepción de inseguridad del 86.1% y creciendo, concentra alrededor de 2,918 casos de desaparición, con un incremento de 101 en un año, según los datos . Pero quizá desde la comodidad del consultorio gubernamental eso parezca apenas una arritmia administrativa. 

El problema es que el doctor-gobernador parece haber confundido la política pública con la medicina alternativa: si la realidad incomoda, se le receta discurso; si las cifras empeoran, se le pone una venda institucional; si la inseguridad se desborda, se inaugura una mesa de coordinación y se espera que el crimen organizado, conmovido por la burocracia, se retire por voluntad propia.

Luego viene la parte más sofisticada del tratamiento: la autoevaluación. “Yo me siento satisfecho con el esfuerzo”, ha dicho. 

Es decir, el paciente puede estar en terapia intensiva, pero el médico se siente realizado porque pasó visita. Extraordinario criterio de éxito: no importa si el enfermo empeora, lo decisivo es que el facultativo conserve intacta su autoestima. 

Pero no, gobernador: la política no se evalúa por el entusiasmo del gobernante, sino por los resultados que viven los gobernados. Y los resultados no se evaporan con frases sobre “tiempos del partido”, “cabeza y corazón” o el consabido humanismo que aparece cada vez que hace falta esquivar una pregunta incómoda.

En una democracia funcional, quien aspira a representar un movimiento tendría que demostrar resultados verificables, rendición de cuentas y una distancia absoluta de cualquier señalamiento grave. 

No fotos inexplicadas. No amistades incómodas. No silencios estratégicos. No acusaciones públicas que se responden con evasivas, ni un gobierno que parece más dedicado a administrar la percepción que a desmontar la impunidad.

Porque el poder público no sólo responde por lo que presume combatir; también por lo que tolera, minimiza o deja crecer. Y cuando las desapariciones suben, la violencia persiste y las investigaciones serias no despejan las dudas, hablar de “cabeza y corazón” suena menos a principio político que a campaña de relaciones públicas para una administración con el electrocardiograma en rojo.

Tamaulipas no necesita aspirantes con “cabeza y corazón” de utilería. Necesita funcionarios con memoria, pruebas, resultados y la decencia elemental de entender que la ciudadanía no es una encuesta esperando ser manipulada, sino el paciente al que prometieron curar.

Y cuando el médico presume satisfacción mientras el enfermo sigue empeorando, el diagnóstico ya no admite metáforas: no es liderazgo; es mala praxis política.

Con información: HoyTamaulipas/ MEDIOS/REDES

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