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lunes, 24 de agosto de 2026

“CALLADITO NO se VE MÁS BONITO: MAGENTA DESTACA el SILENCIO de ANDRÉS TRAS el RUIDO DESATADO por ROCHA MOYA”… y enmudeció el palenque tras un girazo en el redondel.


El silencio de Andrés Manuel López Obrador frente al escándalo de Rubén Rocha Moya es de complicidad y de culpabilidad. El autoproclamado “líder moral” de la Cuarta Transformación enmudeció frente al supuesto desplante autoritario de su amigo, el “narcopolítico” de Sinaloa.

A diferencia de la presidenta Claudia Sheinbaum, de la secretaria de Gobernación, de los líderes legislativos e incluso de la presidenta de Morena, el Mesías de Palenque se guardó la condena al sorpresivo regreso de quien es acusado de narcopolítico por el gobierno norteamericano. Y eso va más allá de ser un simple silencio cómplice. Andrés Manuel López Obrador y Rubén Rocha Moya son la misma cosa. Una amalgama de los mismos pecados. Y fue el ex presidente quien le autorizó al controvertido político sinaloense el volver para ocupar su asiento como gobernador. Calculó mal que todo estaría bajo control. Fallaron.

La reacción desde Estados Unidos no se dejó esperar. El gobierno de la Cuarta Transformación ya estaba en falta porque la fecha límite para entregar a Rubén Rocha Moya venció desde el 29 de junio. Y, en consecuencia, ya se preparaba al comando norteamericano que -así como lo hicieron con el venezolano Nicolás Maduro- vendría por él. Y la estrategia conjunta -nada inteligente- de Andrés Manuel López Obrador y del mismo Rubén Rocha Moya fue que el gobernador con licencia volviera a ocupar la silla para recuperar su fuero que lo reactivaría como intocable. Soberbios y cínicos, los dos, se equivocaron.

El mensaje para la presidenta Claudia Sheinbaum vino desde Washington. Ya suficiente burla era la no entrega del gobernador con licencia alegando “falta de pruebas” y, otra muy distinta, tolerar el darle luz verde para que volviera como si nada, a gobernar el estado más narco del planeta, la entidad sede de “Los Chapitos” y de “Los Mayitos”, el epicentro de la producción de fentanilo.

Lo que operaron conjuntamente Andrés Manuel López Obrador y Rubén Rocha Moya fue, de facto, un “Golpe de Estado” por encima de la autoridad presidencial legítima, que acabó sofocado por la unidad en torno a la condena emitida por la presidenta desde Palacio Nacional. Ese fue un factor que, quien dice tener todavía el control de las escrituras de Morena, no calculó. Y debió dar reversa, con el insalvable daño a todo el movimiento que cada día se acerca a que el partido en el poder, Morena, sea decretado desde el extranjero como “partido terrorista”. Como lo hicieron en su tiempo los norteamericanos con Al Qaeda.

En el fondo, lo que está sucediendo es que Andrés Manuel López Obrador perdió pisada. Se desequilibró con el retiro de la visa de su júnior, Andy López Beltrán, por quien teme que vengan por él en cualquier momento. Y por eso lanzó a Rubén Rocha Moya a la fosa de las serpientes. Para quitarle los reflectores a su hijo Andy y para que las autoridades norteamericanas enfoquen sus baterías para someter a Rocha Moya. No van a tolerar la burla.

Por eso, las mismas autoridades mexicanas enviaron ayer, a Sinaloa, a unos dos mil elementos de la Marina y del Ejército. Porque la cacería sobre el gobernador que regresó sólo para volver a retirarse, en medio del escándalo, a un autoproclamado e indefinido exilio.

Pero, en medio de todo ese ruido político internacional, el cuestionamiento de fondo es ¿por qué Andrés Manuel López Obrador no sale todavía a fijar su postura como el resto de todos los líderes de Morena, desde a Palacio Nacional, pasando por Bucareli, por el Palacio Legislativo y por Morena?

Por lo pronto, si alguien quieren adivinar hacia dónde va la telenovela de Rubén Rocha Moya, que se asome a la entrevista que Terry Cole le dio ayer domingo a Univisión. Ahí, el director de la DEA fue muy claro para decir que van por altos mandos del gobierno mexicano ligados a los cárteles.

Y por “altos mandos” se deben entender desde la Presidencia, secretarías de Estado, oficiales de alto rango de las Fuerzas Armadas y de la Marina, legisladores y, por supuesto, gobernadores. No es coincidencia que esta declaración se dé en el momento de la crisis sistémica de Sinaloa y el quiebre de Morena. Como tampoco es coincidencia que Andrés Manuel López Obrador se guardó su “liderazgo moral” en un saco de silencios.

Esperemos que, frente a tanta presión -de adentro y de afuera-, la presidenta Claudia Sheinbaum haya superado su “enfermedad” que la ausentó de la mañanera del viernes. Porque hoy, lo que los mexicanos exigimos, son explicaciones que vayan más allá de esa falacia de que “aquí todos en Morena estamos unidos” y de que “son los comentócratas los que nos quieren dividir al ex presidente y a mí”.

Con información: CODIGO MAGENTA/

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