Sometido desde finales de abril a una presión inédita en sus ocho años en el poder, al obradorismo le ha caído este jueves del cielo el leitmotiv de su nueva era. Ahora, el resistir las cornadas injerencistas de Estados Unidos ya no es por un compañero en malas compañías o una gobernadora ingenua, sino por el hijísimo, seña y heredero político del padre del movimiento.
El anuncio en primera persona de Andrés Manuel López Beltrán, al informar muy noche el jueves de que Washington le había quitado la visa, cambia el manual de operación interna y externa de la presidenta Claudia Sheinbaum y de Morena, a los que de hoy en adelante convendría ya no separar, pues el vuelo obradorista ha entrado en una zona de enredos en la que Gobierno y partido se mezclarán sin fin.
Decir que la presidenta Sheinbaum es la damnificada de la decisión trumpista implica recordar que ella se puso en esa posición. Tuvo casi dos largos años para construir un margen de maniobra autónomo, y todas las veces que el destino le coqueteó con quinazos, pasó de largo.
A partir de ahora será la defensora de un júnior y, según todo lo visto y sabido desde octubre de 2024, terminará de sacrificar su Gobierno para ofrendarlo a una única prioridad. Salvar a Andy, y por ende el nombre de Andrés Manuel López Obrador, es todo lo que le importará.
Esto no es una profecía autocumplida. Sheinbaum dijo que no entregaría al exgobernador Rubén Rocha, quien con nueve políticos sinaloenses fue requerido a finales de abril por una corte en Nueva York, porque luego le pedirían a otros. Naturalmente, el mandatario estadounidense iba a doblar la apuesta, pero ya se vio que la carta que bajó no fue un “otro” cualquiera: ¿se entiende Andy sin López Obrador?
Morena entra en modo de guerra en dos frentes. En ambos ya cavó trincheras. En una de sus pocas reapariciones desde que dejó Palacio Nacional, López Obrador ya había desconocido al Donald Trump que volvió a la Casa Blanca en enero de 2025. Esa toma de distancia, en carta pública en junio, hoy luce estratégica. No vinieron por él, pero dieron un golpe a la reputación de su vástago: eso sí calienta, diría el tabasqueño.
Resistir a Washington ahora es personal para el expresidente y para su familia, simpatizantes, fanáticos acólitos, compañeras y compañeros y, desde luego, para los Gobiernos emanados de Morena. Serán una sola piel: las grillas pasan a un lejanísimo segundo plano.
Y el músculo para golpear al segundo frente de esa batalla fue entrenado con particular denuedo en las últimas semanas. Si Estados Unidos aprieta, el mensajero de las malas noticias allende y aquende el Bravo no será visto sino como un brazo de la agenda injerencista.
La prensa digna de ese nombre conocerá una escalada en la intolerancia de un movimiento que cree que la historia le tenía reservada una prueba como esta. Los que se autonombraron transformación ahora tienen un inmejorable mártir político.
El imperialismo yanqui le ha hecho un favor a quienes se creen dueños únicos del nacionalismo. Para Morena no cabe otra explicación de lo ocurrido con la visa de Andy que la obvia respuesta del Tío Sam cuando ve que México, al que considera su patio trasero, se atreve a pensar y actuar por sí mismo. Quitarle la visa a Andy, viajero del mundo y trasnochador como pocos, es igualarlo a Madero.
La carrera de Andy chapoteaba estos días en un pantano distópico. Meses atrás se declaró chilango, pero la abrumadora realidad de sus pocas luces políticas le obligó a refugiarse en el agua de su Estado natal. Desde allá pretendía un relanzamiento de su carrera. Iba por una diputación y todo en la campaña resultaba propicio para los memes antes que para las admiraciones. Hasta el jueves.
Andy ya no se pertenece. En su insondable falta de límites, Trump le ha regalado no solo sustancia a su esqueleto político, desguanzado por cada déficit que toda comparación con su padre le acarreaba, sino la calidad de víctima y el estatus mitinero de patria o muerte, venceremos. Andy, que no convocó mucha simpatía cuando tuvo que huir a Tabasco, ahora será el afiche cheguevarista del morenismo.
Se viene un festín de descaros, la vulgar exhibición, en cada día y jugada, del todo vale. Morena no es un gobierno: Andrés Manuel ni lo intentó; Sheinbaum trastabillaba en la duda eterna —ya resuelta— entre poner rieles para algo institucional o privilegiar el comedimiento de todas las y los compañeros así costara empinar el gobierno. Ya se decantaba por lo segundo; ya no hay duda de que no habrá lo primero.
El elefante en la sala de la relación bilateral, que es desde abril Rubén Rocha, parecía ya no estorbar demasiado. Con el retiro de la visa de Andy, que no supone la comisión de un delito y menos aún la prueba de ello, el diálogo entre México y Estados Unidos hace cortocircuito.
Si con Rocha el cálculo de la presidenta pudo ser cómo entregarlo sin causar un cisma en el movimiento, en el tema de la visa de Andy la pregunta es cuánto del gobierno está Claudia dispuesta a paralizar en los reclamos, públicos y privados, por el hijo favorito de López Obrador. Esto de favorito no es subjetivo: ver cómo se refería a él, “candela pura”, cuando a principios de siglo describía su personalidad.
A Sheinbaum el destino le ofrenda lo que por años ella, con su actuar, se decretaba. Es la compañera que ha de encabezar la defensa de su tutor, de su líder… en su hijo. No una presidenta de México con un mandato más allá del obradorismo, sino la encargada de que los gringos no cancelen el sueño del político que pudo cuidar todo, menos la corrupción de amigos y conocidos de sus hijos, y los de él mismo.
Una presidencia de transición es lo que seguirá. Primero, en un pésimo cálculo, esperando a ver si un descalabro electoral de Trump en noviembre modera su proceder. En todo caso, la situación doméstica deviene unidimensional. Quien apoye la defensa sin reservas del hijísimo, cabrá en el espacio público. Los que no, prensa incluida, serán trapos para limpiar la imagen de Andy y entronarlo.
Víctimas colaterales del mazazo trumpista son los moderados del gabinete. La lucha política, al tenor de los duros que un día sí y otro también añoraban una presidenta aún más rijosa con los de fuera, incluido el capital, desplazará toda sensatez.
En el nombre del hijo, Morena desbordará estamina electoral. En el nombre del hijo se borran los pecados de Marina del Pilar, de Américo , de Ramírez Bedolla y, desde luego, de Rocha Moya. ¿Quién mira las fallas de militantes cuando el reino está bajo amenaza? En el nombre del hijo se difuminan las escasas posibilidades, si es que algunas quedaban, de un sexenio de mediana convivencia institucional.
Lo vivido desde abril, cuando por acusación judicial desde Estados Unidos Rocha y la camarilla que se adueñó de Sinaloa en 2021 se convirtieron en sospechosos de nexos con el narco, la tensión que ese embate de Washington creó no se tradujo en Morena en clamor para limpiar la casa y desprenderse de cuadros que supusieran riesgo. Si así fue con Rocha et al., imaginen en el nombre del hijo…
Con información : DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/SALVADOR CAMARENA

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