La entrevista del periodista Antonio Nieto con Adela Micha sobre la foto inédita del Mencho es, básicamente, la precuela no autorizada del CJNG: más stand‑up carcelario que “narco‑epopeya”, y al final sólo queda claro que la línea entre un contador colombiano jubilado y el capo legendario es una mala decisión tomada en la carcel de Big Spring, Texas.
El Mencho antes de ser “El Mencho”
En la versión contada por Nieto aparece Nemesio Oseguera Cervantes como lo que menos encaja en el mito: un treintañero sin tatuajes, sin pandilla, sin glamour narco, confundido con empleado de la prisión porque no trae el uniforme mental del crimen organizado. Es el tipo que llega al “hotelito” de Big Spring y, en vez de ser el monstruo de la DEA, se vuelve el cuentachistes del patio, el que te busca para soltarte un chiste nuevo como si el futuro jefe del CJNG fuera animador de “Noches de comedia penitenciaria”.
Que dice Wikipedia:
«…En 1989, el Mencho fue detenido de nuevo en San Francisco por vender narcóticos. Meses después fue deportado a México, pero volvió a entrar a Estados Unidos y se reinstaló en San Francisco. En septiembre de 1992 lo arrestaron otra vez, ahora por cargos federales de drogas en Sacramento, California.
Según los registros judiciales, el Mencho y su hermano Abraham estaban en un bar de San Francisco llamado Imperial para concretar una venta de heroína: cinco onzas por 9,500 dólares. Abraham estaba a cargo de la transacción y el Mencho hacía labores de “vigilancia”. El Mencho tenía 26 años, era mucho más joven que su hermano, pero lo bastante astuto como para darse cuenta de que todo era una trampa montada por la policía. Le advirtió a Abraham que los tipos a los que entregaron la heroína les habían dado fajos de billetes perfectamente ordenados, en lugar de dinero suelto. En una conversación intervenida telefónicamente, la policía escuchó al Mencho decirle a su hermano que no volviera a hacer negocios con ellos porque eran agentes encubiertos.
Tres semanas después del incidente, ambos fueron detenidos. En el juicio, el Mencho sostuvo que era inocente: dijo que no había participado en la operación de heroína y que los agentes encubiertos mentían al acusarlo de manejar la droga. La fiscalía sostuvo que los dos hermanos trabajaban juntos. El Mencho se quedó con pocas opciones: si se declaraba no culpable, su hermano Abraham —que ya cargaba con sentencias por delitos graves de drogas— probablemente recibiría cadena perpetua. Su defensa entendió que, si se iba a juicio con jurado, casi seguro lo condenarían.
Decidió declararse culpable para proteger a su hermano de la cadena perpetua. Lo sentenciaron a cinco años y lo enviaron al Centro Correccional de Big Spring, en Texas, una prisión con gran población de inmigrantes indocumentados.
Tras tres años, salió en libertad condicional y fue deportado a México a los 30 años. En México, se incorporó a las policías municipales de Cabo Corrientes y Tomatlán, en Jalisco.
Después dejó la policía y se pasó al crimen organizado como miembro de tiempo completo del Cártel del Milenio. Para reforzar sus lazos con el clan, el Mencho se casó con Rosalinda González Valencia, hermana de uno de los líderes. Dentro de ese grupo criminal terminaría por convertirse en una figura clave del crimen organizado.»
El colombiano que se bajó del narco y del mito
Bernardo N., traficante paisa de manual —nacido en Antioquia, escuela Medellín, durante su tour carcelario de Estados Unidos acaba de coprotagonista involuntario: el “auxiliar de médico” que entrevista reos, les inventa cumpleaños y termina siendo el amigo risas del Mencho durante tres años.
Mientras Bernardo acumula estampitas morbosas (John Gotti, Jeffrey Dahmer, el Mencho), lo que realmente colecciona es la posibilidad de salirse del guion: un día decide que ya estuvo, regresa a Colombia y se convierte en contador público pensionado, mientras su compañero de cartas se gradúa a “capo más buscado del mundo”.
El líder que mueve la maldad… y se queda mirando
La anécdota del disturbio en el gimnasio es casi laboratorio de liderazgo criminal: africanos, mexicanos, discos de pesas, SWAT, gas lacrimógeno, colchones ardiendo, todo por un balonazo a un viejo preso al que dejan prácticamente ciego. El Mencho no se ensucia las manos; se encienden los ojos, hace una seña mínima, su gente masacra y él observa y se ríe, como quien dirige una obra de teatro de violencia ajena mientras comprueba que puede encender la maldad en la raza y apagarla sin tocar a nadie.
La foto, el cajón y el fantasma
Lo más incómodo de la historia es que el fantasma al que la DEA persiguió años se vuelve de golpe un hombre que pide algo tan vulgar como una foto de despedida con su amigo colombiano, a tres meses de salir libre.

Esa imagen —rescatada treinta años después desde un cajón, mientras México procesa la noticia de su abatimiento en Tapalpa— rompe el mito del narco invisible: de pronto el “más buscado” no es una sombra, sino un tipo mojado para espantar la mala suerte, que organiza fiestas de cumpleaños en prisión y se preocupa porque a todos les tomen su foto.
Iconografía narca y periodismo incómodo
Nieto insiste en advertir: no está santificando al Mencho, sólo abriendo una grieta en la iconografía del monstruo que nos contaron la DEA y los medios. Pero la redacción misma traiciona al mito: si el hombre que organizaba masacres a distancia también era el sujeto que te llenaba de chistes y quería que un fotógrafo improvisado se quedara para retratar los cumpleaños de todos, entonces la narrativa oficial del “villano absoluto” se le queda corta al horror mucho más político de siempre: nadie nace capo, alguien lo deja crecer, lo deja salir y luego finge sorpresa cuando termina fundando un cártel que reescribe la historia criminal de México.
Con information: ANTONIO NIETO/LA SAGA/ VANGUARDIA/WIKIPEDIA/

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