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sábado, 9 de mayo de 2026

"IMPUTAN DELITOS a JUEZ FEDERAL BIEN PERRO que ENCHULABA con AMPAROS las BRONCAS de CABEZA de VACA "...y en el proceso,se metio con curricular manchada fiscal de Americo.


El juez federal Juan Fernando “A” fue vinculado a proceso por el delito contra la administración de justicia, luego de ser señalado por resoluciones que favorecieron al exgobernador de Tamaulipas, Francisco Javier García Cabeza de Vaca.

El expediente habla de un juez que se creyó oráculo constitucional y terminó imputado como vulgar gestor de amparos a modo, no sin antes hundir las aspiraciones del entonces Fiscal Anticorrupción ,convertido hoy en fiscal de justicia d=con todo y el currículum tatemado, Jesús Eduardo Govea, que ahora intenta venderse como paladín de la legalidad con toga recién planchada pero con historial de tachadura en letra chiquita que apuntan al Cartel del Golfo en 2002.

El juez del amparo milagroso

En Reynosa, el juez federal Juan Fernando “A” fue vinculado a proceso nada menos que por haber convertido su juzgado en taller mecánico de resoluciones para el panista Francisco Javier García Cabeza de Vaca que gobernó Tamaulipas del 2016-2022.

La causa penal 45/2026 no lo trata como juez, sino como presunto coautor de un ‘tuning», un “enchula_miento” jurídico basado en el artículo 225, fracción VI del Código Penal Federal, ese catálogo de fechorías para servidores públicos que confunden la función jurisdiccional con servicio de blindaje político.

El antecedente es quirúrgico: en 2024, con la causa penal 51/2024 por operaciones con recursos de procedencia ilícita respirándole en la nuca, Cabeza de Vaca llegó al Juzgado Séptimo de Distrito en Tamaulipas, expediente 417/2024 bajo el brazo, y Juan Fernando “A” le recetó la suspensión provisional que lo reanimó políticamente como candidato plurinominal.

Es decir, el juez no solo suspendió una orden de aprehensión, sino que resucitó un proyecto político, otorgando una especie de “medida cautelar a la carta” para que el INE lo registrara como si nada, mientras la legalidad quedaba en estado de coma inducido.

Morena denunció esa resolución ante la FGR por considerar que el juzgador se saltó el manual y se inventó facultades para proteger al exgobernador, y no precisamente por amor al debido proceso, sino por cariño a la discrecionalidad.

El Tribunal de Disciplina Judicial ya lo había olido: en febrero de 2026 lo inhabilitó un año por faltas graves, acreditando actuaciones contrarias a la legalidad, a la imparcialidad y a cualquier apariencia de pudor jurisdiccional, señalando incluso un patrón de “errores inexcusables” más propios de despacho partidista que de órgano de control constitucional.

De héroe de amparos a villano funcional

Las resoluciones del juez no fueron un desliz aislado, sino parte de un desempeño sistemático de freno de mano a mandatos judiciales contra el exgobernador, al grado de impactar incluso asuntos vinculados con la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Traducido a jerga callejera, donde debía haber un juez de garantías, se instaló un garante de impunidad con membrete de Poder Judicial, que ahora enfrenta su propia audiencia de control como imputado estrella del delito contra la administración de justicia.

La vinculación a proceso abre una nueva etapa penal independiente de la sanción administrativa, dejando muy claro que el cuento del “criterio jurídico controvertido” se desmorona y asoma el verdadero tipo penal: un juez que habría confundido la imparcialidad con militancia procesal a favor de Cabeza de Vaca.

El expediente lo retrata como ese operador silencioso que, desde la sala de audiencias, movía el tablero político, metiendo mano en candidaturas, órdenes de aprehensión y tiempos electorales bajo el disfraz de control de constitucionalidad.

El fiscal de currículum con tachones

Mientras el juez cae del pedestal, aparece en escena Jesús Eduardo Govea Orozco, hoy Fiscal de Justicia del Estado, producto de una larga carrera en materia penal y seguridad pública, con títulos, maestrías y especialidades que brillan en papel, aunque su historial público está marcado por cuestionamientos y versiones que él mismo ha tenido que salir a desmentir.

El hombre que ahora presume perfil técnico y cruzada anticorrupción es el mismo que se defiende en 10 puntos, alegando que jamás participó en la liberación de Rogelio González Pizaña “El Kelín” y que todo intento de vincularlo a esos hechos es falso y tendencioso.

Antes de llegar a la Fiscalía General, Govea operó como titular de la Fiscalía Especializada en Combate a la Corrupción, desde donde impulsó “investigaciones relevantes”, vinculaciones a proceso de exservidores públicos y reactivación de casos viejos, según la narrativa oficial que intenta pintarlo como cirujano de la limpieza institucional.

Pero la misma historia que vende “nueva etapa” en la procuración de justicia también arrastra el murmullo de que su ascenso se acomodó en el reacomodo de piezas que dejó la caída de ciertos jueces y el desgaste de otros operadores que se quemaron en la hoguera de los amparos a modo.

Govea, ya como fiscal, afirma que quienes buscan manchar su nombre no lo van a intimidar ni distraer, como si la crítica fuera un delito de ultrajes a la autoridad y no un derecho procesal ciudadano para revisar a detalle la hoja de vida del nuevo guardián del monopolio de la acción penal.

El discurso institucional lo pinta como técnico, neutral y obsesionado con la trazabilidad de los expedientes, pero la realidad política coloca a su alrededor un halo de sospecha: el sistema está intentando reciclar su credibilidad sentando en el banquillo a un juez, mientras protege, pule y encuadra al fiscal.

El efecto dominó en aspiraciones y carreras

Las decisiones de aquel juez, que en su momento funcionaron como salvavidas para un exgobernador, hoy operan como ancla para carreras ajenas: hundieron proyectos políticos, trastocaron planes electorales y sirvieron de coartada perfecta para reconfigurar el mapa de quién persigue a quién en Tamaulipas.

La narrativa oficial se vende así: se castiga al juez para maquillar el sistema, se exhibe la red de amparos como excepción y no como regla, y al mismo tiempo se impulsa a un fiscal de historial controvertido como si fuera producto de laboratorio ético y no de la misma fábrica institucional.

En términos jurídicos, Juan Fernando “A” hace el tránsito procesal de juez de control a sujeto de control, mientras Govea pasa de fiscal anticorrupción a fiscal general, con la bendición política de un Congreso que prefiere mirar hacia otro lado cuando se discuten sus antecedentes y las versiones que lo vinculan con decisiones polémicas del pasado.

La paradoja es brutal: el sistema sanciona al supuesto operador de blindajes judiciales, pero coloca al frente de la justicia a alguien que todavía tiene que litigar en la opinión pública que su currículum no es un catálogo de conflictos de interés ocultos bajo lenguaje técnico.

En esta escenografía, la “administración de justicia” parece más una marca registrada que un principio constitucional, donde el juez caído se convierte en sacrificio ritual y el fiscal emergente en protagonista reciclado, ambos unidos por el mismo hilo: decisiones que, lejos de garantizar derechos, han repartido impunidad, tumbado aspiraciones y reconfigurado quién vive políticamente y quién queda en calidad de cadáver jurídico.

Con informacion: HoyTamaulipas/

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