La hija menor de El Mencho cambió el kilo de cristal por el kilo de café… pero el narco nunca se va, sólo se disfraza de latte con leche de almendra.
La barista del CJNG
En un anodino strip mall de Perris, California, un café llamado El Rincón La Chulis sirve chilaquiles, fresas con crema y matcha rosa en platos con forma de corazón, mientras su dueña es nada menos que Laisha Oseguera González, la hija menor de El Mencho. El local tiene reseñas decentes, mesitas monas y letreritos en la pared que proclaman “El amor puede esperar, la comida no”, como si el problema de la familia fueran las calorías y no los cuerpos. Los clientes, entrevistados por el tabloide, juran que la chica es “respetuosa, sencilla” y que “nadie pensó en cárteles”, porque en Estados Unidos el narco siempre es un mexicano abstracto, nunca la barista que te sirve el mocha.
El Post fue al lugar, enseñó las fotos y la clientela se enteró de golpe que la muchacha sonriente de la barra es la hija del hombre cuya muerte desató al menos 70 asesinatos en México tras el operativo que lo bajó. Los mismos parroquianos dicen que no la han visto desde que mataron a su papá el 22 de febrero y luego circularon imágenes de ella en el funeral, con el cabello teñido y lentes oscuros, velando a un capo enterrado en ataúd dorado en un pueblo de Jalisco.
Telenovela narca en versión latte
Laisha tiene 24 años, heredera de un imperio de metanfetamina y fentanilo, pero en papel es “emprendedora” de café de autor y crepas con fruta. Su vida parece escrita por un guionista mediocre: hija del narco más sanguinario del país, casada con un operador del CJNG que fingió su muerte, cruzó por un túnel hacia Estados Unidos y terminó comprando una casa de 1.2 millones de dólares en Riverside, pagada en efectivo.
El marido, Cristian Fernando Gutiérrez-Ochoa, alias “El Gaucho”, está acusado de secuestrar a dos marinos mexicanos, simular su fallecimiento para escapar y luego reaparecer en California usando un número de Seguro Social ajeno con el nombre de “Luis Miguel Martínez” para sacar licencia de conducir en 2023. Mientras llenaba formularios en el DMV, presuntamente movía cocaína y metanfetamina hacia Estados Unidos y lavaba millones de dólares, hasta que lo agarraron en 2024 y un juez le clavó 11 años de prisión en diciembre pasado.
Laisha, según las autoridades, vive en esa mansión de cinco recámaras en Riverside, la misma que se pagó “cash” como si se tratara de una casita del Infonavit en efectivo, no de una propiedad de lujo en California. Y al mismo tiempo administra un café de barrio que vende horchata iced, mocha y strawberry matcha, como si fuera cualquier negocio millennial financiado con ahorros y no con la estela de sangre del CJNG.
La madre lava carros, la hermana lava millones
La mamá de Laisha es Rosalinda González Valencia, “La Jefa”, parte del clan financiero de Los Cuinis, condenada en México por delitos financieros ligados a una red de “lavado de autos” que era más bien lavado de dinero, y liberada en 2025 como si nada. Su detención en 2021 habría sido el pretexto para que “El Gaucho” participara en el secuestro de dos marinos, porque en esta familia la respuesta a una captura nunca es un amparo, es un operativo.
La hermana mayor, Jessica Johanna Oseguera González, “La Negra”, ya hizo su tour por las cárceles de Estados Unidos por lavar dinero del cártel a través de restaurantes de sushi, negocios turísticos y una marca de tequila llamada Onze Black en Jalisco, Puerto Vallarta y Guadalajara. Ciudadana de doble nacionalidad, nacida en San Francisco, se declaró culpable de cinco cargos de lavado, la sentenciaron a 30 meses y salió en 2022 tras cumplir unos 25 meses, volviendo a un mundo donde la familia sigue generando muertos y negocios “legales”.
Según un cliente de El Rincón La Chulis, Jessica se dejó ver en la cafetería el año pasado, como si visitar el changarro de la hermana fuera una parada turística más en el recorrido del clan Oseguera por California. Su exesposo, Julio Alberto Rodríguez, otro pez gordo del CJNG, es mencionado en reportes como posible heredero del liderazgo tras la muerte de El Mencho, porque en este universo la sucesión no es monárquica, pero se le parece.
El café “normal” y el gen violento
En el expediente informal de Laisha también aparece un episodio que rompe el encanto instagrammeable del lugar: una reseña cuenta que, ya a cargo del café desde 2018, le aventó una bebida a una “señora mayor” en la mesa de enfrente, que la mujer se cayó, y que luego la dueña la corrió del local por miedo a una demanda. Un arranque de carácter que encaja perfecto con la escuela emocional del CJNG: todo se resuelve a gritos, golpes o balazos, pero aquí disfrazado de pleito de cafetería.
Pese a todo esto, no hay —hasta ahora— ninguna señal de lavado de dinero o actividad ilegal en El Rincón La Chulis, según la nota, y en internet el negocio luce como cualquier café de barrio con comida bonita, platos con corazones y frases cursis en la pared. El contraste es brutal: mientras las redes del local muestran matchas y crepas, la muerte de El Mencho ha dejado al menos 70 personas asesinadas en México, víctimas colaterales del reacomodo tras la caída del patriarca.La doble vida made in Perris
La escena completa es de manual: afuera, un café acogedor donde la gente se toma fotos a los desayunos y escribe reseñas sobre la buena vibra del lugar; adentro, la hija de un narco-terrorista, viuda de facto de un operador preso por droga y lavado, hermana de una lavadora profesional de millones del CJNG, hija de una matriarca financiera recién liberada. La “vida normal” de Laisha es posible porque la violencia se exporta en forma de dólares: la sangre se queda en México, la espuma se sirve en California.
Que hoy Laisha pueda esconder su linaje detrás de una máquina de espresso dice menos sobre su supuesta “redención” y más sobre la absoluta normalización del narco como modelo de movilidad social: en Jalisco compran ataúdes de oro; en Riverside, casas de un millón doscientos mil en efectivo; en Perris, cafeterías “familiares” con frases motivacionales. El único detalle honesto en todo el cuadro es ese letrero en la pared: el amor puede esperar; los muertos del CJNG, por lo visto, también.
Con informacion: THE NEW YORK POST/








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