Después de unos cuantos saltos, brincos, manotazos diplomáticos y un par de indirectas lanzadas como dardos con sombrero, el presidente Colombiano , Gustavo Petro, finalmente se dobló para no romperse. Y vaya que sabía que el público latinoamericano —que últimamente aplaude los desencuentros internacionales con la misma pasión con que comentan un pleito en La Casa de los Famosos— estaba expectante tras las vociferadas del colombiano.
El periódico El Norte confirma el trascendido: hubo llamada entre Donald Trump y Petro. Sí, el mismísimo Trump, que ahora despacha desde Truth Social como quien manda memorándums desde su torre dorada. Según el relato, Petro le habría explicado los “desacuerdos”, esa palabra diplomática que suena más amable que “choques de ego a nivel hemisférico”.
Trump, fiel a su estilo de showman, aseguró que fue un “Gran Honor” hablar con el colombiano. Lo dijo con mayúsculas, porque en su mundo toda cordialidad necesita dos palabras: “Gran” y “Yo”. Entre líneas, la traducción política era clara: Petro me llamó para justificar el rollo, y yo le dije que todo bien, pero vengan a Washington y traigan el café.
Ahora se afinan los preparativos para el encuentro en la Casa Blanca, bajo la supervisión de Marco Rubio (que parece haber ascendido de crítico a canciller honorario).
Las redes sociales, por supuesto, hierven entre memes de abrazos forzados y teorías de reconciliación hemisférica. La temperatura social está más caliente que un tuit mañanero de Bukele.
Clima general en los comentarios
La sección de comentarios en El Norte,como es costumbre no quiso quedarse callada y la temperatura es de burla, escarnio y sospecha: el tono dominante es que Petro “se dobló” ante Trump y que el viaje a Washington huele más a regaño que a visita de Estado.
- Predomina un humor agresivo: chistes, albures y referencias a corridos y narco–cultura para retratar a Petro como alguien que reculó después de hacerse el valiente (“primero muy bravito, tres doritos después…”, “de reversa, mami, de reversa”).
- La llamada es leída como humillación, no como diplomacia: se insiste en que “dobló las manitas”, que va “solito” a Washington y que allá “se acabó el corrido de Petro”, anticipando incluso un arresto ficticio como remate de burla.
Marco ideológico y etiquetas
- Hay etiquetado político duro: lo llaman “narco comunista”, lo asocian con “tinte comunista” y lo meten en el mismo saco que la 4T y otros gobiernos de izquierda latinoamericanos.
- Varios comentarios usan a Petro como espejo para criticar a sus propios gobiernos: lo comparan con AMLO, con “los de la 4T” y con otros mandatarios de la región, reforzando la idea de un bloque de izquierdas sumiso frente a Washington.
Memes, frases hechas y folclor
- Abundan expresiones populares que condensan la percepción de miedo y capitulación: “el miedo no anda en burro”, “zacatito pa’l conejo”, “al rato sale el peine”, “uuulo”.
- El tono es de cantina digital: referencias a corridos, a que “se acaba el corrido de Petro”, al “güero” que manda y a que a Washington lo siguen llevando como si fuera traslado de capo, no agenda diplomática.
Trump, Washington y el poder
- Trump aparece como el que domina la escena: se asume que todos “se le cuadran” y que la llamada solo confirma quién manda en la relación.
- La futura visita a Washington se usa como remate: unos fantasean con arresto, otros con que de paso se lleven a otros líderes de izquierda; es una narrativa de subordinación adornada con humor negro.
Polarización entre los propios comentaristas
- Aunque la mayoría se burla de Petro, hay al menos una voz que critica la “ignorancia política” de pedir intervención yanqui, marcando una línea entre burla legítima y servilismo hacia Estados Unidos.
- Esa minoría introduce un matiz: no todo es anti–Petro; también hay molestia con quienes celebran que sea Trump quien “ponga orden”, lo que revela una grieta dentro del propio público conservador que comenta en este espacio.
Neurología del frenón
En términos neurológicos y psicológicos, una “reculada” de alto perfil como la de Petro frente a Trump puede leerse menos como cobardía y más como un ajuste de supervivencia del sistema nervioso bajo estrés político extremo.
- Ante un conflicto con un actor más poderoso, el cerebro entra en modo amenaza: la amígdala y otros circuitos de alarma priorizan evitar daño antes que sostener la postura original.
- En ese estado, se activan respuestas típicas de defensa social: no solo “pelear o huir”, sino el apaciguamiento; es decir, bajar el tono, ceder terreno y buscar reducir el conflicto para preservar estabilidad personal y política.
Psicología del cálculo
- A nivel psicológico, el líder hace una revaloración del riesgo: confrontar puede dar prestigio simbólico, pero también un costo real en sanciones, presión económica o aislamiento diplomático, por lo que el cerebro se inclina por la opción que minimiza pérdidas inmediatas.
- Esa corrección de curso suele ir envuelta en un relato racional (“explicar malentendidos”, “aclarar desacuerdos”) que permite proteger el ego y la imagen pública, convirtiendo la marcha atrás en un gesto de “madurez” o “responsabilidad” en vez de derrota.
Identidad, ego y narrativa
- Para un dirigente con fuerte carga ideológica, recular genera disonancia cognitiva: lo que cree de sí mismo (autónomo, firme, antiimperialista) choca con lo que hace (buscar entendimiento con Washington).
- Para reducir esa tensión interna, el cerebro reorganiza la historia: ya no se trata de ceder, sino de “explicar la situación de las drogas”, “abrir un diálogo” o “defender mejor al país”, de modo que el líder pueda seguir viéndose como coherente consigo mismo.
Presión social y memoria del miedo
- Las reacciones feroces en redes, medios y oposiciones sirven como recordatorio de que el costo de equivocarse se paga en reputación, votos y estabilidad; esa presión se almacena como memoria emocional y empuja al dirigente a tomar la ruta menos castigada.
- En síntesis, la reculada es el punto donde el cerebro del político decide que preservar poder, reducir riesgo y proteger la narrativa propia vale más que sostener la pose de confrontación, aunque luego la historia oficial se cuente como si nunca se hubiera doblado.
Con informacion: ELNORTE/






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