Tres muertos, tres silencios, tres respuestas que no llegarán: así se cierra —por ahora— el capítulo trágico del asesinato del Alcalde de Uruapan, Carlos Manzo.
El primero en quedarse sin voz fue Miguel Ángel Ubaldo Vidales, un muchacho de apenas 17 años que, según la versión oficial, mató al Alcalde y fue abatido en plena plaza principal mientras ya estaba sometido.
Hubo plomo para el homicida, pero también sombra sobre la escena: quién disparó, por qué tan rápido, por qué tan definitivo.
Ahora, los otros dos “involucrados” —uno, dicen, menor de edad— aparecieron tirados al pie de la carretera Uruapan-Paracho, en Capácuaro.Sin juicio y, por supuesto, sin derecho a réplica. Dicen que eran los mismos que acompañaban al pistolero. Dicen, porque los vivos nunca son los que cargan con la duda.
El Gobernador Alfredo Ramírez Bedolla, acompañado del flamante Secretario de Seguridad federal, del estratega de «Comics» ,Omar García Harfuch, dio por cerrado el expediente de manera práctica: “son los mismos, y están muertos”.
Y así, entre reuniones con aguacateros, promesas de combatir la extorsión y declaraciones de autoridad, se firmó otro capítulo del eterno guion michoacano: se mata al asesino, se ejecuta a los cómplices, se tranquilizan las sombras por unos días, tal vez horas o solo minutos porque el plan, como los anteriores, esta condenado por desgracia,a fracasar, pues haciendo lo mismo, buscan resultado distinto.
Mientras tanto, Uruapan sigue su curso. La viuda y ahora Alcaldesa, Grecia Quiroz, posa junto a funcionarios federales para la foto de la reconstrucción. Nadie pregunta qué tanto pesa el silencio en un lugar donde los muertos, aunque callen, dicen más que los vivos.
n el gran circo político-criminal de Tamaulipas,ese que empezo en la campaña de 2022 de Morena y Americo Villarreal, cuando el ejercito indagaba en informes militares los narcovinculos de dos facciones del crimen politica y criminalmente organizado, que peleaban por el botín que significa gobernar o mas bien administrar Tamaulipas ,paralelamente a la gobernanza narca,tuvo ayer su ultimo episodio de la temporada inagotable de escándalos.
Desde el Congreso Federal en la CDMX,el Diputado de Morena,el «hocico humanista» Sergio Gutierrez Luna, viajo a la capital de los poderes que francamente no pueden en Tamaulipas ,tan solo para responder, aunque vaga y escuetamente, al reto del ex-gobernador panista (2016-2022) Francisco Javier Garcia Cabeza de Vaca.
Como ya se sabe,el diputado federal lo acusa de tener una nutrida y escandalosa escolta, pero todo indica que su informacion es desactualizada, tal y como presume Cabeza de Vaca en otra respuesta con mas documentos sobre la mesa que valen mas que las bravatas digitales del legislador desinformado convenientemente y «causalmente enseguida del escandalo» del tambien legislador Humberto Armando Prieto Herrera,que acaba de confesar que SI PAGARON a su ESPOSA 200 MIL PESO del DINERO del PUBLICO que NUNCA es del PUBLICO».
Que dice Gutierritos:
«Aquí traigo la prueba de que además de corruptor es un mentiroso consuetudinario. Esta es la sentencia, y se la va a añadir al diputado Prieto, la sentencia del tribunal colegial de hace unos meses, donde aquí se señala con mucha claridad que le fueron asignados 36 elementos proporcionados para su seguridad. Esta es la prueba.
Tenemos más pruebas de que efectivamente se le asignaron estos elementos. El año pasado, yo era representante de Morena Pelín, logramos que la sala superior del tribunal electoral determinara que efectivamente era un prófugo de la justicia y lo quitaron de la lista plurinominal del país.»
Pero Cabeza de Vaca no tardo en responder:
El ex-gobernador en modo desafiante y desde sus redes, no solo acusa sino que enseña papeles oficiales fechados en junio de 2025. Ahí están, con membrete de “Tamaulipas” y la Secretaría de Seguridad Pública, acuerdos de suspensión, listas de elementos y oficios con destinatario.
Son documentos administrativos, con incidentes de suspensión (todos con número de expediente y fecha reciente), y hasta una lista detallada, aunque justamente censurada, que avala cuántos y quiénes conformaban la custodia asignada. Nada de «me dijeron»; los documentos llevan la fecha y folios de la dependencia de Seguridad que ahora dirige el General Arturo Pancardo,que pese a los dichos de CDV de que este se pronuncie,no lo ha hecho y es quien podria dilucidar el diferendo de manera radical, pero todo indica sigue calculando politicamente un asunto de seguridad para servir al narcogobernador.
Los papelitos hablan,mas que hablar de papelitos
Mientras el diputado Sergio Gutiérrez desde su trinchera mediática se tropieza con su propio entusiasmo y exhibe sentencias de “hace unos meses”, recortes de resoluciones previas y amplía su acusación con retórica, pero sin mostrar documentos vigentes. Señala una condena colegiada y asegura —sin mostrar papeles actuales— dice se asignaron 36 elementos a la seguridad del exgobernador, acusando que estos escoltas cuestan millones y son un abuso contra el erario tamaulipeco, este le responde, con si pero ya no.
El CDV respondon
Aunque la joya es la respuesta del propio Cabeza de Vaca ,reclamando el retiro arbitrario de sus escoltas y de paso acusando la catadura de NARCOGOBERNADOR de AMERICO VILLARREAL ANAYA,una afirmación donde no se equivoca, pues entre bandidos se conocen.
“Aparte de ser el vocero oficial de los Narcogobernadores, eres un vil y cobarde mentiroso. No tuviste el valor de preguntarle al General Secretario de Seguridad Pública de Tamaulipas sobre el número de elementos asignados oficialmente.
Los policías de confianza personal que yo tenía asignados fueron retirados por órdenes del NarcoGobernador @Dr_Avillareal y dolosamente todos los sustituyeron por quienes no reúnen el perfil para desempeñar el cuidado a servidores públicos y tampoco hay comprobación de que hayan superado su examen de control y confianza.
Aquí la prueba. Hago responsable al Narcogobernador y a ti @Sergeluna_S ‘Gutierritos’ de lo que pueda pasar a cualquier integrante de mi familia. Siguen queriendo distraer a la sociedad mexicana de la realidad sobre la crisis de violencia que se vive en el país y el hartazgo social de los malos gobiernos de Morena.”…@FGCabezadeVaca/
Dicho y hecho: Cabeza de Vaca presume papeles con membrete y firma, mientras el diputado Gutiérrez navega con expedientes viejos y promesas de “más pruebas”. La comedia se completa cuando el debate en redes gira en torno a “quién muestra el documento más reciente” y no realmente a resolver el fondo del tema: ¿se usan recursos públicos indebidamente, o ha sido la seguridad del exgobernador vulnerada por venganza política?
Lo innegable: mientras Gutiérrez Luna asegura tener la razón, Cabeza de Vaca pone los folios en la mesa y, con ellos, exhibe mejor preparación documental. Las palabras de uno quedan flotando mientras el otro, entre un ataque frontal y acusaciones de cooptación narca, muestra lo que pide el periodismo: evidencia actual. El resto, es politiquería y ruido.
La conclusión: En el jueguito de “yo tengo la prueba”, parece que hoy quien lleva la delantera es Cabeza de Vaca, que se cubre las espaldas con documentos recientes y específicos. Mientras tanto, los reclamos de Sergio Gutiérrez parecen más bien boletín de prensa electoral que evidencia dura.
En política, como en la vida, el papel membretado y la fecha lo son todo, y aquí el marcador momentáneo le sonríe al exgobernador, que dicho sea de paso,deberia ya estar en la carcel junto con Americo Villarreal,aunque no sea en la misma celda ,porque ambos, tal y como lo publicó «Primito» en Narcomantas,es el mismo mierdero.
El nombre del rancho no podía ser más sugerente: “Parceros”. Sí, como en la jerga colombiana, “amigos”, “carnales”, “compas”. Pero la madrugada de ayer, al parecer, esos “parceros” no llegaron a saludar ni a compartir cafecito, sino a repartir plomo. La propiedad de Gildardo Maldonado Guzmán, alcalde electo de Jáltipan, Veracruz, por Movimiento Ciudadano, amaneció convertida en blanco de una ráfaga de balas que dejaron su fachada como coladera.
El edil, conocido precisamente por el apodo de “Parcero”, contó que él ni estaba en el pueblo cuando tronó la cosa; se encontraba en Xalapa, dizque en un taller en el Congreso. Según relató, fueron sus trabajadores quienes lo llamaron para decirle que las balas estaban haciendo “curso intensivo” de perforación. Nadie salió herido, pero el susto se instaló como huésped permanente.
Y ahí vino la explicación institucional, la misma de siempre: “Creo que es lo que estamos viviendo en todo el país”, soltó Maldonado, resignado, casi filosófico. Porque claro, ya no es que te balaceen a ti, es que “así está todo México”. El argumento zen de la violencia nacional: si todo se incendia, ya qué tanto importa una chispa más.
El “Parcero” dice temer por su vida y la de su familia. Afirma que ya había pedido protección desde septiembre y que, por supuesto, las autoridades siguen “en comunicación” (esa palabra mágica que no evita ni un disparo). Mientras tanto, el Ejército, la Guardia Nacional y la Policía Estatal montaron su acostumbrado operativo post-factum: luces, vallas y comunicados. Ni un detenido, pero mucha cinta amarilla.
Tras la balacera, Maldonado suspendió sus recorridos de agradecimiento. Y no es para menos. Porque si el rancho “Parceros” ya fue visitado por las amistades equivocadas, lo prudente ahora será mantener distancia. En el Veracruz donde la política se cruza con la pólvora, ser “parcero” puede significar todo… menos estar a salvo.
El general Ricardo Trevilla ha querido vendernos la versión más vieja del manual de excusas militares: la de que su tropa hizo todo bien, que el Ejército estuvo ahí, serio, disciplinado, en su santo segundo anillo de seguridad, y que los culpables del desastre son “los de adentro”, ese primer círculo de confianza del alcalde. Es el relato perfecto para limpiar el uniforme con el lodo de otro. El detalle, claro, es que no resiste el más mínimo escrutinio técnico ni ético.
Cualquiera con experiencia real en materia de seguridad sabe que un esquema de protección no funciona como una cebolla de capas desconectadas. El mando conjunto implica control integral, supervisión logística y coordinación viva en tiempo real.
Si el Ejército tenía el llamado “segundo anillo”, entonces tenía no solo presencia, sino responsabilidad operativa. Porque en un esquema de custodia de alto riesgo, los perímetros no se reparten como parcelas de un rancho: se integran bajo un solo mando. Y Trevilla lo sabe. Pretender lo contrario es tapar el sol con el casco.
Su maniobra mediática que ha sido caricaturizada es evidente: desplazar la carga del fracaso hacia “los civiles”, esos fantasmales acompañantes del alcalde, sin reconocer que el perímetro militar no se activa por ornato ceremonial, sino para prevenir, contener y neutralizar.
Cuando un ejecutado aparece dentro de un cerco de seguridad conjunto, falló la estrategia, falló la coordinación y, sobre todo, falló el mando que la supervisaba. Es decir, falló el Ejército.
El problema de Trevilla no es de táctica, sino de narrativa. En vez de hacer autocrítica institucional, optó por jugar al periodista, por dictar sentencias frente a cámaras, como si la verdad se impusiera con rango de general y no con hechos verificables. Pero cada declaración suya termina siendo un boomerang que desnuda la grieta de siempre: una estructura castrense que se protege a sí misma, incluso al costo de la verdad.
Los hechos son tercos. Un dispositivo de tres anillos de seguridad, bajo coordinación militar, con comunicación jerárquica establecida, y el objetivo muere dentro. No son los anillos los que fallan. Es el sistema. Y mientras el general siga pretendiendo que la culpa circula solo en el primer radio, no habrá investigación que sirva ni relato que salve su prestigio.
Los anillos
Si el alcalde contaba con varios anillos de seguridad,a decir del General Trevilla, la lógica táctica dice que el primero en detectar cualquier amenaza debe ser el anillo exterior, el famoso “perimetral”. Ese es el que vigila el entorno, controla accesos y mantiene distancia con potenciales agresores. Su función es anticipar el riesgo, no reaccionar cuando ya es tarde.
Por eso, si alguien logró acercarse lo suficiente como para ejecutar al alcalde, significa que el perímetro exterior no hizo su trabajo: no identificó movimientos sospechosos, no contuvo el acceso o, peor aún, permitió que la amenaza atravesara sin resistencia. En operaciones de custodia profesional, cuando el primer anillo falla, los demás solo pueden intentar mitigar el daño, no evitarlo.
Dicho de forma simple: si el perímetro a cargo de la Guardia Nacional no detectó, no alertó y no bloqueó, todo el sistema cae en cascada. Por eso, el intento del general Trevilla de culpar al “anillo más cercano” del alcalde no se sostiene técnicamente. La ruptura tiene origen en la falla del perímetro, y esa, por definición, era responsabilidad militar.
Murió el penny. Sí, el pequeño centavo, esa moneda que sobrevivió guerras, hiperinflaciones, crisis bancarias, Beatles y bombones de un centavo… hasta toparse con su destino más cruel: la irrelevancia. Falleció ayer miércoles en Filadelfia a la respetable edad de 232 años. La causa de muerte, según el Departamento del Tesoro de los EE.UU, fue doble: inutilidad aguda y encarecimiento terminal. Costaba más hacerlo que usarlo; tres centavos por cada uno, para que nadie pudiera comprar ni una sonrisa con él.
Su último aliento metálico se exhaló durante la tarde, entre las prensas de Filadelfia, bajo la mirada compasiva de funcionarios del Tesoro que se debatían entre el homenaje y la risa nerviosa. No hubo últimas palabras. Tampoco epitafio. Solo el pesado silencio de una máquina que ya no tenía razón de girar.
El penny nació en 1793, hijo legítimo de Alexander Hamilton —ese prócer que acabó convertido en musical y billete—, y fue, durante mucho tiempo, el espejo donde los estadounidenses buscaban la esperanza del ahorro.
Con Lincoln eternamente mirando al frente desde 1909, el centavo fue el pequeño héroe cotidiano. Símbolo de modestia, amuleto callejero, inspiración lingüística: “a penny for your thoughts”, “a penny saved is a penny earned”, “pennies from heaven”… Expresiones que hoy suenan como telegramas llegados desde un mundo donde las cosas aún tenían precio y sentido.
Tuvo múltiples caras, literalmente. En sus reversos hubo desde cadenas hasta espigas de trigo, desde cabañas de madera hasta el solemne Lincoln Memorial. Cambiaba de imagen como un actor veterano que se niega a dejar el escenario. Pero ni los escudos patrióticos ni los baños de cobre pudieron disimular su cuerpo enfermo de zinc y su espíritu en ruinas.
Cuando cayó en desgracia, el penny se volvió mendigo. Habitaba frascos polvorientos, bandejas con la leyenda “take a penny, leave a penny”, ceniceros de tiendas de barrio. Nadie lo tomaba en serio, ni siquiera los niños. Los más cínicos pedían su eutanasia; los nostálgicos, su resurrección. Donald Trump, en un gesto de piedad económica, firmó finalmente su sentencia de muerte en febrero. Ironías del destino: el mismo país que alguna vez juró que cada centavo contaba, decidió que ya no valía la pena contarlo.
Hoy quedan unos 250 mil millones de pennies vagando como fantasmas monetarios. Irán desapareciendo lentamente en los cajones, ociosos, oxidados, testigos de un tiempo donde el dinero se podía tocar. Alguno quizá complete un pago, perdido entre las rendijas de una caja registradora. La mayoría se convertirá en souvenir o pulsera vintage en Etsy.
Mientras tanto, el nickel —ese viejo amigo de cinco centavos— tiembla, sabiendo que el verdugo ya afila la calculadora.
Adiós, penny. Que la inflación te sea leve y el cobre te sea tierra.
Octavio Romero Oropeza se mudó del olor a crudo de Pemex al aroma burocrático del Infonavit, pero trajo consigo el mismo tufo de privilegio. En el tren de los “honestos” de Morena, los vagones de la decencia viajan vacíos y los de la opulencia van a reventar. El director petrolero del obradorismo, que juraba austeridad mientras cobraba como jeque de la Cuarta Transformación, cerró su ciclo en Pemex con una bonificación de 3 millones 252 mil pesos netos. Solo trabajó nueve meses, pero cobró casi el doble que el año anterior. Austeridad republicana, dicen.
No fue el único. Lo siguieron sus fieles escuderos, Jorge Luis Basaldúa Ramos y Carlos Cortez González, quienes en 2024 descubrieron que trabajar menos puede rendir más. Sus ingresos —también inflados y opacos— crecieron entre 57% y 107% respecto al año previo. Los tres saltaron del barco petrolero al sillón infonavitero con el traje seco y los bolsillos húmedos de dinero público.
Y mientras ellos consolidaban su retiro dorado, el discurso de “honestidad valiente” se evaporaba con la velocidad de la gasolina sin subsidio. En el nuevo feudo burocrático, las nóminas de los “funcionarios del pueblo” superan los 180 mil pesos mensuales. Lo suficientemente alto como para indignarse del neoliberalismo de antaño, pero no tanto como para renunciar a él.
La presidenta Claudia Sheinbaum, promotora de la continuidad moral de la 4T, los designó sin pestañear. Su silencio frente a este carnaval salarial no es ingenuidad: es complicidad. Porque todo nombramiento es una decisión política, y toda decisión política tiene un costo ético. Sheinbaum no solo heredó el aparato del obradorismo, lo perpetuó con los mismos protagonistas que ya dominaron la petrolera más endeudada del mundo y ahora administran el fondo de vivienda más grande de América Latina.
Si la Cuarta Transformación prometía limpiar la casa, hoy parece más bien un reciclador de la mugre institucional. En cada movimiento de cúpula, en cada nombramiento de “viejos conocidos”, el morenismo demuestra que su moral es elástica, capaz de justificarse mientras el botín sea propio y el relato siga siendo emotivo.
Lo que en el discurso fue un gobierno del pueblo, en la nómina es un gobierno de privilegiados que predican austeridad desde sus cuentas bancarias engordadas con dinero público. Y mientras el país intenta sobrevivir a la inflación y la precariedad, la nueva administración se ufana de pagar “menos que en el neoliberalismo”. Qué consuelo.
La caricatura publicada por EL Norte,exhibe al General Ricardo Trevilla,Secretario de la Defensa Nacional,encogiéndose de hombros frente a los micrófonos, mientras proclama: “El protocolo no falló… El muerto actuó por su cuenta…!”. Esta imagen, acompañada de adornos militares desproporcionados y un aire de cinismo, es una crítica mordaz al discurso institucional tras el asesinato del alcalde de Uruapan, Manzo, y a la respuesta del General Ricardo Trevilla.
Interpretación irreverente
Aquí, la caricatura retrata al general como el típico burócrata blindado bajo su armadura reglamentaria y toneladas de galones, sin asumir ninguna responsabilidad real. El personaje parece decir, con típica desfachatez del “manual”: “algo debiste haber hecho mal tú… ¡yo cumplí con el papel!”. En otras palabras, lo fundamental no es la vida perdida ni la falla del mecanismo de protección, sino que el protocolo —ese tótem sagrado— está “intacto”. El absurdo se completa con el remate irónico: el muerto es culpable de su propio deceso por no aceptar la intocable “bendición federal”.
Contexto satírico
La informacion dada a conocer ayer por el General Trevilla profundiza la burla: mientras presume que todo funcionó como debía, la realidad demuestra que la Guardia Nacional “hizo todo bien… salvo que no hizo nada”. El ofrecimiento de protección federal se convierte en una trampa burocrática: como si fuera una app que el alcalde olvidó descargar antes de exponerse al peligro. Si no tienes tu “protocolo” activado, el Estado se lava las manos con una eficacia quirúrgica.
Crítica a la lógica institucional
El discurso absurdo que satiriza la caricatura —y la informacion del General es también un dardo al autoengaño institucional: “El protocolo no falló, falló otro”, dijo ayer el General, como si la culpa siempre pudiera desplazarse hacia la víctima y nunca hacia los sistemas fallidos que deberían protegerla. Así, el papel y la burocracia pesan más que la sangre, y mientras el protocolo sobrevive, los ciudadanos quedan a merced de su propia suerte.
En conclusión, la caricatura y la propia informacion oficial,desmontan la retórica vacía del poder federal: una tragedia donde el general sale ileso, el protocolo inmaculado y el muerto, condenado a la doble muerte de ser, además de víctima, el chivo expiatorio oficial.
En octubre, el dinero hizo maletas y se fue. Nada más y nada menos que 43 mil 641 millones de pesos se fugaron del país, según el Banco de México. No es un berrinche aislado: llevamos siete meses consecutivos viendo cómo los inversionistas extranjeros despiden sus pesos con lágrimas de cocodrilo. En total, 167 mil 865 millones de pesos han salido del mercado de valores gubernamentales en lo que va del año. Y ojo: no se veía una desbandada tan persistente desde 2016.
Los extranjeros ahora tienen en sus manos 1.701 billones de pesos en bonos del Gobierno mexicano, lo que suena a mucho, pero es 7.1% menos que hace un año. En dólares —el idioma favorito de los inversionistas nerviosos— la hemorragia equivale a 2 mil 374.8 millones solo en octubre, o 8 mil 745.2 millones en este periodo de siete meses de fuga masiva.
Gabriela Siller, directora de Análisis Económico en Grupo Financiero Base, advierte que el fenómeno no es magia ni destino: es falta de confianza. México se volvió, a ojos del capital internacional, un territorio de riesgo. Las reformas al Poder Judicial encendieron las alarmas, la política proteccionista del presidente Donald Trump añadió tensión al clima comercial, y el fantasma de la revisión del T-MEC espanta a quienes huyen de la incertidumbre como de un SAT con iniciativa.
A esto se suma el Paquete Económico 2026, que no termina de convencer a los mercados. Según Siller, lo paradójico es que la baja en la tasa de interés debería atraer inversión, no espantarla. Pero cuando la confianza se erosiona, los números ni siquiera logran maquillar el miedo y no solo a la violencia: nadie quiere dejar su dinero donde las reglas cambian sin previo aviso.
Si las fugas continúan en noviembre y diciembre, el 2026 podría arrancar con señales de alarma. No solo por el drenaje de capitales, sino porque la revisión del T-MEC podría transformarse en una renegociación que arrastre incertidumbre por años. Dicho de otro modo: el dinero no solo se fue de vacaciones… podría estar buscando casa nueva.
En Michoacán no todo lo verde es esperanza; también deja unos mil 800 millones de pesos al crimen organizado cada año, cortesía del limón y el aguacate. Es el botín más jugoso del país: cuotas del 60 por ciento por kilo de limón y del 20 por ciento por kilo de aguacate, porque en la Tierra Caliente la cosecha se reparte entre la tierra… y el cartel.
Este escandalo de «vulgares cobrones» que se reproducen como cucarachas por todo el pais con ayuda del gobiernos de Morena ,como el de Tamaulipas,nos hace recordar Julio César Chávez, el gran campeón de boy que recien soltó su gancho mediático declarando que dos criminales de primera línea eran “finísimas personas”, una visión que compartía públicamente López Obrador.
Pero ese cariño en Michoacán se mide en toneladas: sólo el Valle de Apatzingán, junto con Buenavista, Parácuaro, Aguililla, Tepalcatepec y Múgica, produce unas 600 mil toneladas de limón al año. La matemática del infierno es clara: tres pesos por kilo al crimen, siete de costo, ocho de venta. El productor se queda con cuatro pesos y la bendición del santo patrono de los exprimidos.
Según el propio SIAP, a septiembre pasado hubo 133 mil 299.50 hectáreas sembradas de limón y 104 mil 846.56 cosechadas. El promedio: 50 a 60 toneladas por hectárea. El máximo: 100 toneladas si no llega la cuota armada a “negociar”.
Para el aguacate tampoco hay piedad: producir un kilo cuesta entre 15 y 22 pesos, pero el cobro mafioso va de uno a tres pesos. En 2024 se produjeron más de un millón de toneladas, lo que significa que los criminales embolsaron otros 2 mil millones anuales. Negocio redondo: ni Hacienda ni el SAT se atreven a auditarlo.
La extorsión, mientras tanto, crece 15 por ciento: de 182 denuncias entre enero y septiembre de 2024 a 209 este año. La Presidenta Claudia Sheinbaum, como si fuera nueva en el ring, anunció que mandará más de 100 mil elementos federales a Michoacán después del asesinato del Alcalde de Uruapan, Carlos Manzo. La tragedia ocurrió justo donde reina el Cártel Jalisco Nueva Generación, ese que ya tiene su propia marca de terror y territorio.
Los empresarios, hartos de tanto diagnóstico federal y de tan poca acción, enviaron una carta exigiendo paz, seguridad y resultados. Pero la realidad es que los encuentros oficiales siguen dejando fuera a los sectores productivos, académicos y religiosos. En Michoacán, el limón, el aguacate y la sangre se siguen mezclando; y entre abrazos mal dirigidos y promesas recicladas, el campo mexicano se marchita al son de la extorsión.