En otros países hoy sobran los desayunos, las flores caras y las fotos cursis en redes sociales. En México, no. Aquí el Día de las Madres es una procesión de rabia. Una marcha que no celebra: reclama. Que no abraza: busca.
Desde el Monumento a la Madre —esa ironía de concreto— hasta el Ángel de la Independencia —otro monumento que presume lo que este país no tiene—, avanzaron las que no se rinden. Las que no pueden. Las que el Estado dejó solas hace años.
“¿Por qué les buscamos? ¡Porque les amamos!”, gritan. Y la frase no es consigna, es sentencia. Porque en México, amar a alguien desaparecido implica volverte investigadora, perito, rastreadora… y sobreviviente.
Al frente, los colectivos de Chihuahua cargan los rostros de quienes el país decidió borrar. Fotos impresas que hacen más trabajo de memoria que cualquier fiscalía. Detrás, el coro que el gobierno no quiere escuchar:
“¿Dónde están, dónde están, nuestros hijos dónde están?”
Y la pregunta retumba porque nadie responde.
No son solo madres. Son familias enteras desfondadas: hijos sin madres, madres sin hijos, hermanos convertidos en buscadores, niños aprendiendo demasiado pronto que en México desaparecer no es una metáfora.
María Elena Salazar lleva 16 años sin celebrar el 10 de mayo. Dieciséis. Su hijo Hugo desapareció en Coahuila y el calendario se le quedó atorado en ese día. Camina con una camiseta de la Selección Mexicana, sin número. Porque aquí ya no hay marcador que valga. Solo una pregunta estampada en la espalda: “¿Dónde están?”
María Alejandra Rodríguez lleva 14 años exigiendo lo mismo a la Secretaría de Gobernación: que haga su trabajo. Encontrar a su hijo, David Puente Rodríguez. Catorce años de oficios, promesas, carpetas empolvadas y funcionarios que rotan más rápido que las respuestas.
Desde Monterrey, una mujer del colectivo Renacer suelta una cifra que debería provocar renuncias en cadena: 7 mil desaparecidos. Solo en esa ciudad. Su esposo, Roberto, es uno de ellos desde 2010. Dieciséis años de búsqueda en un país que aprendió a normalizar el horror con estadísticas.
Vanessa Gámez lo dice sin rodeos: el problema no es la falta de amor, es el exceso de complicidad. Le pide al gobierno que rompa vínculos con el crimen, que deje de simular, que deje de administrar la tragedia como si fuera política pública.
“Hoy 10 de mayo, nosotras no tenemos que celebrar”, dice.
Y no, no tienen nada que celebrar. Tendrían que estar abrazando a sus hijos. Tendrían que estar recibiendo flores, no buscando fosas.
Pero en México, el Día de las Madres es otra cosa:
es el recordatorio anual de un Estado ausente,
de instituciones rebasadas —o coludidas—,
y de un país donde el amor se convirtió en motor de búsqueda… porque la justicia nunca llegó.
Aquí no hay festejo.
Hay ausencia.
Hay rabia.
Y hay una pregunta que sigue sin respuesta:
¿Dónde están?

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