En los pueblos las banquetas son tan angostas que si te topas al alcalde corrupto no hay espacio ni para fingir que no lo viste. Esa idea, que alguna vez repetía López Obrador con tono de sabio de rancho, cobra sentido otra vez ahora que en Tequila, Jalisco, cayó Diego Rivera, el morenista fiestero al que se le subió el poder a la cabeza (y el tequila al ego).
En los cocteles de la capital ya nadie quería ni pronunciar su nombre: sabían que bastaba un rumor mal colocado para que les llovieran amenazas. Porque Rivera no solo mandaba en el cabildo; tenía raya con los del Cártel Nueva Generación. Literal, el tipo era un título honorífico del crimen organizado con presupuesto público.
Que la Federación lo haya agarrado de las greñas junto a su gabinete local suena a milagro,peroi una golondrina no hace verano en un pais que esta lleno de «Diegos» donde la la Presidenta Sheinbaum sigue calculando políticamente ,pues para combatir al crimen necesariamente tiene que descuidar el changarro de Morena que. a la hora de aventar piedras, siempre va venir el rebote. Duro golpe, sí, aunque peligroso; porque en México cortar una cabeza del narcopoder es como jugar Jenga con dinamita.
Lo recordó Emiliano Aguilar en Nexos: el crimen y la clase política no solo se rozan, se necesitan. Han hecho del país un equilibrio perverso donde los arreglos con los malos son la lubricante que evita que todo colapse. Y cuando alguien intenta limpiar, se tambalea lo poco que queda en pie.
Mary Beth Sheridan, desde The New York Times, fue más directa: Sheinbaum no teme a los narcos, teme desatar el infierno que viene al enfrentarlos. Porque cada cuerda que corta puede traer un municipio incendiado, un gobernador acorralado o un partido hecho pedazos.
Por eso, cuando la presidenta dice que “ningún partido puede ser paraguas para delinquir”, ella se limpia la cara, aunque fue beneficiaria de este desorden. Ya se habla de millones entregados al cártel, de funcionarios puestos por criminales, de obras que más que cemento huelen a pólvora.
La pregunta que flota: ¿cuántos Riveras siguen despachando sin problema? Cada elección trae su lista de muertos, renuncias y pactos de silencio. Y aun así, el sistema sigue girando, con los narcos decidiendo quién gobierna y los partidos actuando como si todo fuera normal.
En Michoacán, por ejemplo, el fuego no se apaga. Gobernadores con votos manchados, alcaldes asesinados, y un Estado que apenas sostiene la narrativa. Sheinbaum fue a Morelia a prometer paz, pero la guerra la tiene dentro: la de limpiar sin que explote todo lo que Morena lleva construido.
Y ojo, que la caída del alcalde de Tequila no cambia el mapa. Los cárteles no sueltan el hueso nomás porque alguien fue detenido. Son empresas que controlan mercados, policías y alcaldías. Si los tocas, responden. Si les quitas un negocio, te incendian otro.
Lucía Dammert lo explicó sin metáforas: en América Latina, el poder ilegal manda donde el Estado es flan. Los narcos son, de hecho, los que resuelven el día a día de la gente. Y mientras eso siga siendo cierto, cualquier “golpe histórico” termina siendo otro episodio de espejismo moral.
Así que, sí: en Tequila hay brindis y titulares. Pero entre el trago y la resaca, todos saben que esto apenas empieza. El narco no retrocede: se reacomoda. Y mientras no cambie el manual institucional, México seguirá caminando por banquetas demasiado estrechas donde el poder y el crimen se saludan de frente porque simplemente no hay espacio para esquivarse.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/SALVADOR CAMARENA

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