Lamborghini le puso “Temerario” y, por una vez, el marketing no exageró. Este bólido híbrido es lo más cercano a enchufarte al infierno: un V8 biturbo de 4.0 litros que grita con 920 caballos de furia y tres motores eléctricos que no compensan emisiones, sino que las vuelven más veloces.
El Temerario es el sucesor del Huracán, pero parece más bien su hermano renegado, el que se escapó de Sant’Agata Bolognese con un enchufe en la mano y una sed de velocidad de 340 km/h. Entra en la era eléctrica como quien llega tarde a una fiesta pero enciende la pista a patadas. Porque esto no es “movilidad sustentable”, es pura electrodemencia sobre ruedas.
Su diseño es una oda al exceso. Trazos hexagonales por todos lados, un techo cóncavo que parece esculpido por aerodinamicistas con ansiedad y un difusor trasero tan agresivo que podría servir de arma blanca en un país sin leyes. Todo para mantenerte pegado al suelo cuando los 920 caballos se ponen de acuerdo en devorarse el asfalto.
Adentro, tres pantallas te vigilan y una “Lamborghini Vision Unit” te recuerda que este auto sabe más de ti que tu terapeuta. Telemetría, cámaras, datos en tiempo real: es la versión automotriz de un hacker elegante.
El precio ronda los 6.8 millones de pesos, aunque eso no incluye el ego necesario para conducirlo o la terapia posterior para tus vecinos que tendrán que verlo cada mañana. De 0 a 100 km/h en 2.7 segundos, el Temerario no acelera: teletransporta.
¿El resultado? Un auto que confirma que la electrificación puede ser obscenamente divertida. El planeta tal vez no lo agradezca, pero los dioses del ruido sí.
Con informacion: ELNORTE/






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