El capo que alguna vez presumió de ser escolta del mismísimo Arturo Beltrán Leyva —el “Barbas”— terminó siendo una especie de santo patrono del infortunio sinaloense: balazo en la espalda, silla de ruedas y fama oxidada. Su último poder era aparecer en los partes policiacos, y ni eso duró mucho.
Instalado durante un tiempo en Los Mochis, su retiro delincuencial se vino abajo por culpa de los hijos, esos herederos de la mala vida que, en lugar de mantener el bajo perfil familiar, presumían el linaje criminal como si fuera una marca de ropa.
El apellido Inzunza volvió a las portadas en diciembre de 2024, cuando 1.5 toneladas de fentanilo les estallaron entre las manos, o entre las casas “de seguridad”, que de seguras no tenían nada.
Acorralado, el “Sagitario” se refugió en Real Blanco, Choix, donde su fracción todavía presumía control. Pero la Marina traía otra agenda: menos constelaciones, más ráfagas. Ahí terminó su historia, bajo los tiros y entre los matorrales, fiel a su signo zodiacal: siempre disparando a las estrellas sin alcanzar una.

De sus muchachos quedaron dos, con menos fe en el destino y más miedo a la ofensiva. Se rindieron. El “Señor de la Silla”, en cambio, cayó. Y con él se desplomó otro fragmento del mito narco que Sinaloa produce en serie: capos de alto octanaje y bajo valor nutricional.
Con informacion: RIO DOCE/

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