El ministro del Interior de Venezuela , Diosdado Cabello, salió en cadena nacional a contarnos, con voz temblorosa y cara de mártir profesional, que la operación de la Fuerza Delta de Estados Unidos en Caracas para capturar al narcoterrorista Nicolas Maduro, dejó “100 muertos, 100” y un número similar de heridos, mientras se sigue acomodando la banda presidencial ajena que ahora solo puede mirar desde la banca de los suplentes.
El llanto oficial
Cabello describió el ataque como una “terrible agresión” contra la patria, pero convenientemente omitió que el operativo terminó con Nicolás Maduro y Cilia Flores esposados, trasladados a Estados Unidos y ya caminando por su propio pie ante un tribunal en Nueva York, sin necesidad de silla de ruedas revolucionaria.
Según su parte, el asalto dejó al menos 100 muertos entre militares y civiles, cifra que Caracas nunca había querido poner sobre la mesa, hasta que los papeles, las listas y los obituarios comenzaron a filtrarse y ya era imposible ocultar los cadáveres debajo de la alfombra bolivariana.
Cadáveres contados a regañadientes
El Ejército venezolano tuvo que publicar una lista con 23 nombres de militares fallecidos, mientras La Habana admitía que 32 de sus “cooperantes” en seguridad e inteligencia también murieron en la refriega, sumando 55 uniformados cubanos y venezolanos certificados, antes de llegar siquiera a la aritmética de los civiles.
En público, los funcionarios juran que el contingente de seguridad de Maduro fue “asesinado a sangre fría”, pero en privado corren las versiones de un operativo quirúrgico que barrió escoltas, búnkeres y anillos de protección como si fueran utilería de cartón.
La épica ridícula de las heridas
Cabello añadió que Maduro terminó con una herida en la pierna y la Primera Dama con un golpe en la cabeza, una tragedia que pierde dramatismo cuando se sabe que ambos se lastimaron huyendo, atorados en una puerta de acero demasiado baja para tanto ego, antes de ser reducidos por los comandos que venían a “liberarlos” de su propio palacio.
El relato oficial intenta venderlos como héroes malheridos de guerra, pero las imágenes posteriores en Estados Unidos, caminando erguidos y peinados, arruinan la narrativa épica y los dejan como dos fugitivos sorprendidos en pijama durante una redada que no alcanzaron ni a tuitear.
Delcy y los siete días de drama
Con el líder máximo fuera de circulación, Delcy Rodríguez se instaló como Presidenta encargada y decretó siete días de luto por los militares caídos, mientras mantiene en sus puestos a Cabello y a Padrino López, los mismos que no pudieron evitar que helicópteros y Fuerza Delta les pasearan por el techo como si fuera patio de maniobras prestado.
En la televisión estatal, Cabello la elogió como “valiente”, una valentía curiosa que se ejerce desde el escritorio y a punta de decretos de duelo, mientras la calle cuenta sus muertos y observa cómo el antiguo círculo íntimo de Maduro se aferra al poder como si no estuviera sentado sobre las ruinas del operativo más humillante del chavismo.
El espejo ácido de los comentarios
En Monterrey y alrededores, los lectores que comentan la nota publicada por El Norte, desarman el discurso lacrimógeno con una mezcla de sarcasmo y hartazgo: unos preguntan cuántos muertos dejó “Podruro”, otros se burlan del conteo oficial y exigen que si van a inflar cifras, por lo menos las maquillen “al estilo MORENARC”, mientras recuerdan a los torturados, desaparecidos y ejecutados que no entran en la contabilidad de urgencia del chavismo.
Entre insultos contra comunistas, chistes de “guchicoleros” y reclamos por un contingente de seguridad “asesinado a sangre fría”, los usuarios cuestionan por qué ahora sí se llora a los caídos cuando durante años el régimen venezolano y sus aliados callaron sobre sus propias masacres, convertidos de pronto en contadores sensibles de cadáveres solo cuando los matan otros.
Con informacion: ELNORTE/




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