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sábado, 11 de abril de 2026

«TORPEZA de COMISIÓN NACIONAL de DERECHOS HUMANOS ARREMETE vs la ONU BUSCANDO PROTEGER HUMANOS NO TAN DERECHOS»…el fondo del problema sigue en el fondo.


La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH),buscando proteger a los humanos no tan derechos, exhibir a volvió a exhibirse como lo que muchos ya sospechaban: un organismo que presume autonomía, pero actúa como ventrílocuo del oficialismo cuando éste necesita blindarse. Su viraje frente a la ONU no solo es torpe; es políticamente revelador, porque donde debería haber defensa de víctimas y estándares internacionales, aparece un discurso de desprecio, descalificación y lealtad servil al poder.

La maniobra

La secuencia es clara: primero se reconocen, aunque sea de dientes para afuera, las alertas sobre desaparición forzada; luego, cuando la ONU pone el dedo en la llaga, la CNDH se repliega y acusa “sesgo” en organizaciones civiles para desacreditar el informe. Esa gimnasia argumentativa no es rigor institucional: es una cortina de humo para proteger al gobierno de un señalamiento gravísimo.

El fondo del problema

La postura de la CNDH no corrige el diagnóstico de crisis; lo empeora, porque traslada el foco desde las desapariciones hacia una pelea contra quienes documentan el desastre. Cuando un organismo de derechos humanos decide pelear contra el mensajero y no contra la tragedia, deja de cumplir su función y se convierte en parte del problema.

El oficialismo se refugia

El oficialismo encuentra en esta CNDH una coartada perfecta: una institución que en vez de incomodar al poder lo acompaña, lo justifica y le limpia la imagen cuando el escándalo internacional ya no se puede esconder. Eso habla de una captura política evidente, donde la defensa de derechos humanos queda subordinada a la necesidad de no exhibir el fracaso del Estado.

Lo grave no es solo que la CNDH critique a la ONU; lo grave es que lo haga desde una lógica defensiva, como si su prioridad fuera salvar al gobierno de la vergüenza y no a las víctimas de la impunidad. En cualquier democracia mínimamente seria, una comisión de derechos humanos incomodaría al poder; en esta versión degradada, lo arropa, lo respalda y le sirve de escudo.

Con informacion: ELUNIVERSAL/

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