En la siempre impecable vitrina inmobiliaria de Polanco Tercera Sección —donde el metro cuadrado cuesta más que muchas vidas— se cocinó un crimen que desmorona, otra vez, el mito de que la violencia sólo vive en la periferia. Carolina Flores, ex reina de belleza, fue asesinada a tiros en su propia cocina. La principal sospechosa: su suegra, Erika María “N”. Sí, la familia, ese espacio que el discurso oficial insiste en llamar “núcleo de protección”.
Según las investigaciones de la Fiscalía capitalina, la presunta feminicida no sólo ejecutó el ataque, sino que tuvo la sangre fría de salir del departamento, tomar un taxi como si nada y desaparecer del radar. No hablamos de una huida improvisada en callejones oscuros: hablamos de una escapatoria casi doméstica, urbana, cotidiana. El tipo de fuga que sólo es posible cuando el tiempo juega a favor del agresor… y en contra de la víctima.
Y aquí entra el primer dato incómodo: la denuncia no se presentó de inmediato. El esposo de Carolina —hijo de la sospechosa— reportó el crimen hasta el día siguiente. Resultado: una ventana de aproximadamente 24 horas que permitió a Erika María “N” esfumarse con una ventaja digna de manual de evasión. En cualquier investigación criminal, esas horas son oro puro. Aquí, fueron su boleto de salida.
La Fiscalía logró identificar al taxista que la trasladó, quien ya declaró ante el Ministerio Público. Pero el dato, lejos de tranquilizar, exhibe otra grieta: el rastro existe, pero la captura no. Otra historia donde la trazabilidad del delito avanza más rápido que la capacidad institucional para detener a quien lo comete.
El contexto familiar tampoco ayuda a suavizar el cuadro. La pareja —Carolina, su esposo y un bebé de ocho meses— se había mudado recientemente desde Ensenada a la Ciudad de México, tras haber convivido previamente con la ahora sospechosa. Las tensiones, según la madre de la víctima, escalaron con el embarazo. Es decir, un patrón tristemente reconocible: conflictos domésticos que crecen en silencio hasta estallar en violencia letal.
Y como en todo caso que roza lo grotesco, hay frases que retratan más que cualquier peritaje. De acuerdo con versiones difundidas, tras el crimen se escuchó un reclamo directo: “¿Qué hiciste, loca?”, a lo que la respuesta habría sido tan brutal como reveladora: “Me hizo enojar”. En esa línea cabe toda la tragedia estructural: la normalización de la violencia como reacción emocional, como si el enojo justificara el gatillo.
El expediente ya tiene orden de aprehensión. El problema es el de siempre: en México, tener orden no es lo mismo que tener detenidos. Mientras tanto, el caso se suma a la estadística que las autoridades maquillan con tecnicismos, pero que en la práctica sigue teniendo el mismo nombre: feminicidio.
Porque sí, aunque ocurra en Polanco, aunque haya cámaras, taxis rastreados y videos circulando, el patrón no cambia. Violencia previa ignorada, reacción institucional tardía y una presunta responsable con tiempo suficiente para escapar.
La pregunta no es sólo dónde está Erika María “N”. La pregunta real es por qué, otra vez, tuvo tiempo de irse.
Con informacion: ELNORTE/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: