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martes, 21 de abril de 2026

«ATENTADO en TEOTIHUACAN RECORRE el PLANETA y PROVOCA ALERTA a 52 DIAS del MUNDIAL de FUTBOL»…el patrimonio de la humanidad, rehén de la ineptitud.


A 52 días de que México se vista de anfitrión mundialista, la postal que recorre el planeta no es un estadio lleno ni un gol imposible: es la Pirámide de la Luna convertida en zona de guerra. Un tirador, 27 balazos, 30 turistas tirados boca abajo y una Guardia Nacional que llegó cuando el espectáculo ya estaba en curso. Bienvenidos a la logística del “México seguro”.

El guion es tan absurdo que parece escrito con sarcasmo: un hombre entra armado a una de las zonas arqueológicas más visitadas del mundo con un revólver calibre .380, cuchillo y suficientes balas como para sostener una masacre prolongada. Nadie lo revisa. Nadie lo detecta. Nadie sospecha. Porque en Teotihuacán —a diferencia de un museo del Centro Histórico donde te decomisan hasta el agua— la seguridad es un concepto ornamental.

Julio César Jasso, 27 años, decidió convertir la historia milenaria en escenografía para su propia narrativa de violencia. Lo hizo con una estética macabra: una playera alusiva a Columbine, exactamente 27 años después. La fascinación con la masacre estadounidense no sólo cruzó fronteras, también encontró terreno fértil en la negligencia mexicana.

El saldo: una turista canadiense asesinada, siete heridos de bala —incluido un niño colombiano de seis años— y al menos otras siete personas lesionadas en la estampida por sobrevivir. Nacionalidades diversas, tragedia globalizada. Rusia, Brasil, Estados Unidos, Colombia, Canadá. Todos presentes. Todos alcanzados. Todos preguntándose cómo demonios alguien armado pudo tomar rehenes durante 20 minutos en un sitio que debería ser de alta vigilancia internacional.

La escena es brutal: 30 turistas sometidos, tirados boca abajo sobre un basamento prehispánico, mientras el agresor dispara a discreción. Durante media hora. Media hora en la que la autoridad fue un concepto abstracto. La Guardia Nacional llegó —según testigos— más de 15 minutos después de iniciado el tiroteo. En términos de crisis, eso no es respuesta: es crónica tardía.

Y cuando finalmente apareció el Estado, lo hizo a balazos, generando otra capa de confusión: ¿lo abatieron o se suicidó? La versión oficial titubea, los videos contradicen y la narrativa se descompone. Nada nuevo bajo el sol.

Las cancillerías reaccionaron más rápido que las fuerzas de seguridad. Estados Unidos, Canadá y Reino Unido emitieron alertas de viaje casi de inmediato. Otros países exigieron explicaciones. México, mientras tanto, intenta administrar el daño reputacional a semanas de recibir al mundo para un evento deportivo que exige exactamente lo que aquí faltó: control, previsión y seguridad básica.

El testimonio de Brenda Lee, turista canadiense, es demoledor no por dramático, sino por lógico: en museos te revisan hasta la botella de agua; en Teotihuacán, ni el arma. Esa comparación basta para entender el tamaño del fracaso institucional.

Porque esto no fue sólo un ataque aislado. Fue la exposición en tiempo real de un sistema que no previene, no reacciona a tiempo y luego no explica con claridad. Un sitio Patrimonio de la Humanidad convertido en rehén de la improvisación.

Y mientras el gobierno intenta encuadrar el episodio como un hecho “atípico”, el mundo ya tomó nota: en México, incluso la historia milenaria puede ser interrumpida por 27 disparos… y 15 minutos de ausencia.

Con informacion: ELNORTE/

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