Teotihuacán ,que fue cuna de civilizaciones, ahora es postal turística: aparentemente, laboratorio de importación de violencias ajenas. Porque lo ocurrido —un tiroteo que dejó muertos, heridos y turistas en modo “esto no venía en el paquete”— no encaja del todo en el catálogo tradicional del horror mexicano. Aquí no hubo ajuste de cuentas con recibo fiscal del narco, ni disputa territorial con marca criminal. Aquí hubo algo más inquietante: violencia sin destinatario claro. Disparos al azar.
Y eso, aunque suene incómodo, se parece demasiado a otra cosa: al modelo gringo del mass shooting, ese fenómeno que en Estados Unidos dejó de ser anomalía para convertirse en rutina estadística… y contenido viral.
Hace semanas, el aviso ya estaba sobre la mesa con el caso de Michoacán: un adolescente, un rifle de asalto y un video como trofeo. Ahora, menos de un mes después, Teotihuacán confirma que no era un episodio aislado, sino un síntoma.
Porque cuando la violencia deja de responder a lógicas “productivas” —dinero, territorio, poder— y empieza a operar bajo incentivos simbólicos —notoriedad, imitación, narrativa— estamos en otro terreno. Uno mucho más difícil de contener.
La literatura académica lleva años advirtiéndolo: los tiroteos se contagian. No como virus biológico, sino como fenómeno social amplificado por la exposición mediática. Cada evento aumenta la probabilidad del siguiente. Sherry Towers ,quien estudia las estadísticas de «tiroteos masivos», lo ha documentado en EE.UU.

Entonces, ¿es correcta la sabiduría convencional de que algunos tiroteos masivos son imitadores?,le preguntaron.
A: Sí, creemos que sí. De hecho, durante el juicio del tirador del cine Aurora, el padre de una de las víctimas pidió a los medios de comunicación que no cubrieran el juicio, porque temía que la cobertura inspirara asesinatos imitadores. Desafortunadamente, su predicción se hizo realidad. Un pistolero abrió fuego en un cine de Luisiana, y en un cine de Tennessee un hombre atacó a la gente con un hacha. Todo dentro de dos semanas.
Adam Lankford lo explicó con algo más incómodo: muchos perpetradores no solo quieren matar, quieren ser vistos. Quieren existir en la vitrina.
Y aquí entra el elefante en la sala: el ecosistema informativo. No, no se trata de culpar a los medios como si fueran gatillos automáticos, pero tampoco de fingir que la cobertura es inocua. Nombrar al tirador, mostrar su cara, diseccionar su manifiesto… todo eso puede terminar funcionando como campaña de marketing póstumo. Gratis. Viral. Replicable.
México, hasta ahora, había tenido una “ventaja”: su violencia, brutal como es, seguía una lógica funcional. El crimen organizado mata por algo. Pero los tiroteos indiscriminados no necesitan razón, solo contexto. Y ese contexto —hiperconectado, saturado de estímulos, con acceso real a armas— ya está aquí.
Porque sí, aunque nos guste repetir que “aquí no es como allá”, las armas siguen fluyendo. Más de la mitad vienen de Estados Unidos, legal o ilegalmente, como si la frontera fuera un filtro decorativo. Y sin armas, no hay espectáculo. Sin disponibilidad, no hay masacre.
El problema es que México aún está en esa fase peligrosa donde todo esto parece excepción. Donde todavía se puede decir “fue un caso aislado” sin que suene ridículo. Pero esa ventana se está cerrando rápido.
Si el Estado mexicano decide seguir leyendo estos eventos como simples homicidios más en la estadística —mezclándolos en la licuadora de siempre—, va a perder lo esencial: que esto es otro fenómeno, con otra lógica y, por tanto, con otras reglas.
Aquí no basta con más patrullas ni con discursos de ocasión. Se necesita algo más incómodo: entender, medir, anticipar. Crear inteligencia específica sobre este tipo de violencia, ajustar la cobertura mediática sin caer en censura, y —herejía política— tomarse en serio el tema de las armas más allá del discurso soberanista de siempre.
Porque si algo enseña Estados Unidos no es solo cómo empieza este fenómeno… sino lo rápido que se normaliza.
Y una vez que se vuelve paisaje, ya no hay política pública que alcance.
La pregunta, entonces, no es si México puede evitar convertirse en versión tropicalizada del problema.
La pregunta es si alguien en el poder ya entendió que esto no es el mismo incendio de siempre… sino uno nuevo, que apenas está agarrando oxígeno.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/EUGENIO WEIGEND VARGAS/ CARLOS PÉREZ RICART

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