Un tipo va manejando, charla de cualquier cosa con su esposa, quizá discuten qué pedir de cena o si ya pagaron la luz… y en milésimas de segundo el universo le contesta con un airbag, una bolsa de aire en la cara y cuerpo. Un segundo estás hablando de tonterías, al siguiente estás mascando polvo y tratando de recordar en qué momento tu vida se convirtió en una escena borrada de “Rápido y Furioso”.
El golpe que no sale en la agenda
La vida real no manda correo previo ni pone recordatorio en el calendario: sólo te estampa otro coche en la puerta y a ver cómo lo administras. Uno va en piloto automático, confiado, domesticado por la rutina, como si cada trayecto viniera con garantía extendida de “llegar vivo”. Pero basta un semáforo en rojo que alguien decide ignorar, un WhatsApp que otro imbécil decide contestar, para que el piso se mueva y te acuerdes de que tu cuerpo es hueso, carne y suerte, no armadura.
La trampa del “un viaje más”
Nos creemos muy importantes, planificando semanas, proyectos, jubilaciones, como si el futuro fuera un checklist, no una apuesta. Y luego llega un choque así, absurdo, sin banda sonora épica, y te enseña que tu gran “plan de vida” depende de que un desconocido no vaya mirando TikTok a 80 por hora. Lo verdaderamente obsceno no es el impacto, sino lo rápido que después volvemos a manejar igual, creyendo que lo frágil es “lo de los demás”, nunca lo nuestro.
Manual mínimo para no vivir dormidos
No se trata de volverse paranoico ni de rezarle al airbag antes de arrancar, pero sí de dejar de tratar cada trayecto como si fuera relleno entre cosas “importantes”. Manejar con atención, abrocharse el cinturón, bajar la velocidad, no distraerse con el celular, son gestos ridículamente simples comparados con el peligro que se arma cuando fallan. La vida no te va a mandar un corto: sólo la película completa, sin aviso, y tu única herramienta real es estar presente mientras ocurre.
La incomodidad necesaria
Escenas como esa incomodan porque tiran la mesa donde acomodamos nuestra fantasía de control: demuestran que puedes hacer “todo bien” y aun así depender del azar ajeno. Pero también dejan algo brutalmente honesto: si cada día es tan frágil, entonces cada día es, por definición, demasiado valioso como para vivirlo en modo “siguiente, siguiente, siguiente”. El auto se arregla o se cambia; la pregunta incómoda es otra: ¿qué carajo estás haciendo con los minutos que todavía no han rebotado contra ningún parabrisas ?.
Con informacion: @Redes/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: