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jueves, 16 de abril de 2026

«ASI NO se LAVA el ROSTRO»: CON DINERO de la UAT el RECTOR DETENIDO en 2022 DISFRAZA BOLETIN con ESTEROIDES y lo CONVIERTE en NOTICIA»…imposible tapar escándalos propios y del primo.


La Universidad Autónoma de Tamaulipas,aun a cargo de Damaso Anaya, primo de Americo Villarreal Anaya, gobernador de MORENA en la entidad que navega entre escándalos ,presume haber alcanzado el “100% de excelencia académica” como si hubiera descubierto la cura contra la mediocridad del sistema educativo. La frase suena grandilocuente, pero en realidad pertenece al género favorito de muchas instituciones públicas: el boletín con esteroides, cargado de adjetivos y pobre en contexto. El problema no es que la UAT celebre acreditaciones; el problema es convertir un avance administrativo en una épica institucional con dinero de la educación.

Porque una cosa es decir que todos sus programas están acreditados, y otra muy distinta vender eso como si la universidad hubiera entrado al Olimpo del conocimiento. 

La acreditación es un estándar importante, sí, pero no agota por sí sola la discusión sobre calidad, investigación, docencia, deserción, infraestructura, libertad académica o resultados reales para los estudiantes. Traducido al idioma de la propaganda: tener sellos de calidad no equivale automáticamente a tener una universidad de excelencia.

El truco del lenguaje

El texto publicado por la prensa de prepago juega a inflar el logro con palabras como “histórico”, “fortaleza”, “determinación” y “comunidad universitaria”, un repertorio muy útil para maquillar una nota institucional que busca sacudirse el rastro que le afecta el rostro.

No hay nada más cómodo que celebrar procesos de acreditación presentándolos como una hazaña casi patriótica, cuando en realidad obedecen a evaluaciones periódicas y a reglas conocidas por cualquier universidad que se toma en serio su trabajo.

Dámaso Anaya,detenido en 2022 como publicó REFORMA, aparece como el protagonista de una narrativa donde el rector no administra una institución: la conduce al amanecer de una nueva era. Pero el dato duro, no el decorado, es que la propia cobertura señala que la UAT obtuvo reconocimiento por programas acreditados y estudiantes en programas de calidad; es decir, un resultado relevante, sí, pero perfectamente insertado en el lenguaje de gestión que suele adornarse hasta parecer epopeya.

Lo que sí significa

La UAT puede presumir, con razón, que sus programas evaluados han sido acreditados por organismos externos, y eso no es menor. También es cierto que ese tipo de reconocimiento puede fortalecer la posición de una universidad pública frente a su comunidad y frente a otras instituciones de educación superior. Pero de ahí a declarar “excelencia académica total” hay un trecho enorme, y ahí es donde el discurso se pone cómodo, inflado y, francamente, autocomplaciente.

Si se quiere hablar en serio, la pregunta no es cuántos aplausos cabe en una conferencia, sino cuántos indicadores sostienen esa narrativa: tasas de titulación, deserción, empleabilidad, producción científica, posgrados, movilidad, financiamiento, transparencia y condiciones reales para estudiar e investigar. Sin eso, el “100%” corre el riesgo de ser más un eslogan de temporada que una radiografía honesta de la universidad.

La UAT no alcanzó la perfección académica; alcanzó, según su propia narrativa, un conjunto de acreditaciones que le permiten presumir una fotografía favorable. Celebrar eso es válido. Venderlo como un “hito histórico” con tono de catecismo institucional es otra cosa: es propaganda con toga académica en momentos que tanta falta hacen noticias menos desagradables del primo gobernador.

Con informacion: OPINION PUBLICA/

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