Un grupo de soldados de los Estados Unidos cruzó a México mientras estaban reforzando la valla fronteriza. El problema provocó algunas tensiones cuando las fuerzas militares mexicanas les pidieron que se fueran, pero las tropas permanecieron en su lugar hasta que terminaron su tarea.
De acuerdo con «Breitbart» el periódico Debate, la confrontación tuvo lugar el pasado miércoles por la tarde en la ciudad fronteriza mexicana de Nogales, Sonora, donde un grupo de soldados estadounidenses estaba reforzando partes de la valla fronteriza.
Nogales está justo al sur de la frontera de Nogales, Arizona. Como informó Breitbart Texas, esa región era conocida por tener áreas con vallas mínimas durante años, y fue una ruta ampliamente utilizada por las facciones del Cártel de Sinaloa para contrabandear grandes cantidades de drogas y migrantes.
Pero esto no es nuevo: en casa, las historias de militares que han desafinado el himno marcial con exceso de confianza, impunidad o sustancias recreativas. En el norte, lo llaman “errores de procedimiento”; aquí, “malos elementos”.
Aunque quizá convendría recordar que la concordia también es una forma de defensa nacional. No se gana con desplantes, sino con respeto mutuo —ese que a veces se extravía entre los retenes o los radares. Porque si los vecinos se atreven a cruzar una hora sin pedir permiso, y nosotros llevamos décadas cruzando líneas peores sin rendir cuentas, la frontera moral no está en el mapa, sino en la conciencia colectiva.
Al final del día, los vecinos no se mudan. Se aguanta el ruido, se tolera el carácter y, cuando truena algo, más vale hablar que disparar. México y Estados Unidos comparten más que frontera: comparten errores, pretextos y, de vez en cuando, prepotencias gemelas. Por eso conviene mantener la calma, la cabeza y la cortesía: porque la paz no se firma en los tratados, se practica en la convivencia cotidiana.
Así que, en lugar de medir quién pisa a quién cada semana, podríamos empezar por cuidar el pasillo compartido, ese que se llama frontera. Porque a fin de cuentas, no hay muro ni helicóptero que sustituya la vieja regla del vecindario: los buenos límites hacen buenos vecinos… y los malos modales provocan guerras innecesarias

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