Un mexicano casi se cocina vivo intentando cruzar a Estados Unidos pegado a un tanque de gasolina, mientras los traficantes de personas siguen innovando en crueldad y Donald Trump presume que “su” política antiinmigrante funciona.
El “sueño americano” versión asador
En el puerto de entrada de San Ysidro, California,uno de los pasos fronterizos más saturados del planeta, los agentes de CBP revisaban una camioneta como cualquier otra, hasta que el equipo canino marcó algo raro. No era droga, no era dinero, era un ser humano escondido en un compartimento artesanal colocado junto al tanque de combustible, como si fuera refacción desechable. El diseño del escondite merece patente en tortura aplicada: espacio mínimo, cero ventilación y calor constante del motor y la gasolina.
El resultado era obvio: el migrante, ciudadano mexicano, terminó con quemaduras y tuvo que ser trasladado de emergencia al hospital, porque el “ingenio” del compartimento le estaba pasando literalmente la piel por el comal. Mientras lo sacaban del hueco, la narrativa oficial se acomodaba sola: “tácticas peligrosas e inhumanas empleadas por los contrabandistas, quienes priorizan las ganancias por encima de las vidas humanas”, declaró muy correcta la directora del puerto, Mariza Marín. Eso sí, nadie se pregunta por qué hay gente dispuesta a arriesgarse a morir quemada con tal de entrar al país que la misma administración bombardea con discursos de odio.
Negocio redondo, humanidad al vacío
El conductor de la camioneta, un joven de 20 años, fue detenido y acusado de contrabando de inmigrantes, porque alguien tiene que cargar penalmente con el show para que la foto salga bien en el comunicado. El migrante, en cambio, fue presentado como “rescatado de una situación que ponía en peligro su vida”, como si el peligro hubiera caído del cielo y no fuera la consecuencia directa de una maquinaria legal y económica que lo empuja a jugarse la existencia a un lado del tanque.
Activistas llevan años advirtiendo que la política antiinmigrante de Donald Trump no iba a frenar la migración, sino a obligar a la gente a tomar rutas cada vez más mortales. Pero el negocio del miedo es tan rentable como el negocio del tráfico: por un lado se criminaliza al migrante, por el otro se le exprime hasta la última gota de dignidad y de dinero, y cuando algo sale mal se redacta un boletín donde todos “hicieron lo correcto”.
Tanque de gasolina, política inflamable
Aquí confluyen tres combustibles: la desesperación del migrante, el cinismo de los polleros y la pirotecnia electoral de la Casa Blanca, que presume mano dura mientras llena de obstáculos cada centímetro de frontera. Esa mezcla genera escenas como esta: un mexicano cocinándose a fuego lento en un compartimento hecho a la medida de un sistema que lo prefiere muerto, detenido o deportado, pero nunca ciudadano con derechos.
En el papel, las autoridades “salvaron una vida”; en la realidad, administran una crisis que ellas mismas alimentan, reporte tras reporte, discurso tras discurso, tanque tras tanque.
Con informacion: ELUNIVERSAL/

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