En Jalisco, hasta el silencio hace fila para entrar. La supuesta tumba de El Mencho, ese fantasma que el gobierno presume muerto sin cadáver a la vista, se ha convertido en el nuevo parque temático de la mexicana necropolítica. Los visitantes llegan en sigilo, casi con devoción, para tomarse una selfie junto al mármol del mito: el patrón que nunca cayó o que cayó sin testigos. Es la versión jalisciense de un turismo que mezcla miedo, admiración y morbo como ingredientes patrios.
Porque en México, la muerte del narco no es el final de la historia: es el inicio del folklore. Lo mismo pasa en Medellín, donde las placas con el nombre “Escobar” se venden como estampitas del caos y los recorridos turísticos ofrecen “la auténtica experiencia del patrón”. En ambos países, la memoria criminal se convirtió en souvenir; la sangre, en narración rentable.
Mientras tanto, los gobiernos se indignan en público y controlan el libreto en privado. Ni en Colombia pudieron enterrar del todo a Pablo Escobar —hoy convertido en marca cultural—, ni en México se resignan a soltar el espejismo del Mencho inmortal. Ambos son los santos patronos de la hipocresía: uno canonizado en murales de Medellín; el otro, venerado en los caminos de Jalisco como si su tumba fuera un recinto sagrado del narco-nacionalismo.
Y así, entre flores, corridos y turistas con síndrome de fascinación criminal, la región confirma su nuevo credo: los narcos no mueren, solo cambian de altar.
Con informacion: EL UNIVERSAL/

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