Nueve horas antes de convertirse en asesino, Osmer H., quince años y demasiadas horas de internet encima, se grabó frente al espejo vestido de negro, con un fusil AR-15 colgándole del pecho como si fuera parte del uniforme escolar. En su cabeza, no iba a clase: iba a convertirse en trending topic. “Hoy es el día”, escribió en redes, frase corta, pretenciosa y suficiente para lo que vendría. Después subió a Instagram un reel con estética incel: odio a las mujeres, glorificación de tiroteos escolares y un hombre armado diciendo que enviará a las feministas “con su creador”. El video terminaba con un ataque ficticio en una escuela. Nueve horas después, lo hizo real.
Osmer entró a su preparatoria privada Antón Makárenko, en Lázaro Cárdenas, Michoacán —sí, esa tierra donde la palabra “violencia” no necesita apellido— y mató a dos profesoras: María del Rosario, 36 años, y Tatiana, 37. Según el fiscal Carlos Torres Piña, “el ataque fue directo”. En las cámaras se ve cómo dispara a una por la espalda. La otra intentó cubrirse tras un mostrador. Tres tiros. Fin de historia.
El chico es hijastro de un marino, y el AR-15 con el que mató —arma de uso exclusivo del Ejército— estaba “en casa”. Osmer dijo que la encontró ahí, mientras el padrastro jura que no es suya. Como si un rifle de asalto se metiera solito al clóset, se registrara en Instagram y posara para selfies homicidas.
La fábrica de misóginos con Wi-Fi
El universo digital al que pertenecía Osmer se llama incel: una subcultura de “célibes involuntarios” que culpan a las mujeres y al feminismo por no tener pareja, trabajo o autoestima. En sus foros se mezclan victimismo, testosterona frustrada y glorificación de la violencia. Su Biblia es un manifesto escrito por Elliot Rodger, el asesino de California en 2014 convertido en santo patrono del rencor masculino. De él nació el término Going ER, sinónimo de “salir a matar”.
Entre sus dogmas circulan fantasías de “rebelión beta” o “Incelocalypse”: la insurrección apocalíptica de los rechazados. En México ya tienen raíces: el año pasado, un estudiante de 19 años en el CCH Sur asesinó a un compañero después de anunciarlo en estos grupos. Cada “Erre” que se dispara se vuelve combustible para el siguiente.
Educación con balas de salva
El caso abrió otro debate: ¿cómo un adolescente accede a un AR-15? Juan Martín Pérez, experto en derechos de la infancia, señala lo obvio que nadie quiere asumir: “Eso no pasa en un vacío, hay adultos responsables y un Estado ausente”. Pero Michoacán es la enciclopedia de la omisión institucional. Allá las armas se heredan como los apellidos, y los niños reproducen la violencia de la que son hijos.
No es un caso aislado: otro adolescente mató al alcalde de Uruapan en noviembre; otro amenazó a sus profesoras pocas semanas después. Nuevo material para futuras tesis en criminología y viejas excusas sobre “problemas de salud mental” y “falta de valores”.
El algoritmo educa mejor que la SEP
La parte más inquietante no está en la pistola, sino en el teléfono. Pérez advierte del “algoritmo del odio”: una maquinaria que convierte la misoginia en contenido rentable. TikTok y YouTube son los nuevos recreos del resentimiento. Basta que un adolescente busque cómo hacer ejercicio o entender una ruptura, y el sistema lo empuja —en tres clics— de rutinas de gimnasio a discursos de ultraderecha o foros incel. El adolescente no busca odio, el algoritmo se lo sirve con subtítulos.
Así que sí: lo de Osmer no es un caso aislado, es la punta visible de una tubería que combina violencia estructural, abandono institucional y capitalismo digital. Los adultos miran horrorizados la tragedia mientras siguen dándole “me gusta” a los mismos clips que fabrican al siguiente Osmer.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/VERONICA M. GARRIDO

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