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jueves, 26 de marzo de 2026

"FALLÓ CORAZÓN de la JUGADA": "PRESIDENTA quiso ESTRENAR JUGUETE del PODER HEGEMONICO y TERMINÓ con CONTROL REMOTO DECOMISADO por su PARTIDO SATELITE"...traición táctica de su socio del PT funcionó como dique. 


Claudia Sheinbaum quiso estrenar el juguete del “poder hegemónico” y terminó con el control remoto decomisado por su propio partidito satélite.

El tropiezo: el PT le voló el corazón a la reforma

Sheinbaum llegó al Senado con su “plan B” electoral vendiéndolo como cirugía mayor: recortar gasto del sistema electoral, bajar financiamiento a partidos y reconfigurar la representación proporcional. Acabó en curita legislativa: tres temas menores y a casa.

Lo único que sobrevivió fueron: recorte de regidurías, tope al gasto de congresos locales y tope salarial para altos funcionarios electorales por debajo de la presidenta.

El corazón político de la jugada era otro: adelantar la revocación de mandato de Sheinbaum a 2027, hacerla coincidir con elecciones y quitarle el candado que hoy le prohíbe hacer campaña 60 días antes de la consulta.

Es decir, convertir un supuesto mecanismo ciudadano de control en un megamitin legalizado con la presidenta en boleta y en plaza, todo al mismo tiempo y con recursos públicos en plena elección.

El PT, con apenas seis senadores, vio el tamaño del costo y jaló el freno de mano: acompañaba la reforma en general, pero se bajaba del artículo 35, la parte clave del revocatorio.

Al no tocarse el 35, la revocación de Sheinbaum se mantiene donde está la Constitución: solo se puede convocar en los tres meses posteriores al tercer año, es decir entre octubre y diciembre de 2027, para que la consulta sea en abril de 2028, lejos de la elección de 2027.

Por qué sí es un fracaso de Sheinbaum (aunque Morena jure lo contrario)

Morena intentó vender el desastre como victoria moral: “no fracasamos, fracasó la oposición”, dijo Ignacio Mier, en un acto de contorsionismo político digno de circo soviético.

Pero los hechos son tercos: el primer intento de reforma política de Sheinbaum ya había naufragado en Diputados; ahora el “plan B” llega al Senado y sale mutilado, sin su componente medular.

Fracaso 1: Subestimó a sus aliados.
Dio por sentado que PT y PVEM iban a firmar cualquier cheque en blanco para meter a la presidenta en campaña durante la elección de 2027. El PT le dijo que no, lo sostuvo tres meses, lo firmó ante Gobernación y lo ratificó en tribuna.

Cuando un aliado histórico como Alberto Anaya tiene que subir al pleno a decir “somos aliados, pero aquí no”, lo que está en pantalla grande es la falta de oficio político de la presidenta y su equipo.

Fracaso 2: Intentó “legalizar” la inequidad… y lo exhibieron en vivo.
La oposición concentró el argumento en una frase demoledora: “Queremos una presidenta en funciones, no una jefa de campaña”.
PAN, PRI y MC pusieron el dedo donde más dolía: no era una reforma para fortalecer la revocación, era para usarla como reelección disfrazada, como salvavidas de Morena que “está cayendo en las encuestas” y necesita la imagen de Sheinbaum como flotador.

Fracaso 3: Quiso aparentar unidad donde solo hay foto.
Mientras el PT le destruía la pieza clave de la reforma, en el pleno se armó la postal de “unidad”: Anaya, Manuel Velasco (PVEM), Ignacio Mier y Geovanna Bañuelos, todos con las manos alzadas, sonrisa forzada y mensaje en redes de “quienes soñaban con la división, se quedaron con las ganas”.

La foto es precisamente la confesión: si tienes que montar coreografía de unidad el mismo día que tu mini aliado te tumba la parte central de la iniciativa, lo que demuestras es fragilidad, no fuerza.

Fracaso 4: Redujo una promesa de “gran reforma electoral” a cambio cosmético.
Ocho meses de comisión presidencial de reforma electoral, foros, encuestas y “trabajos técnicos” terminaron convertidos en unas cuantas líneas y ajustes a tres artículos (115, 116 y 134), muy lejos de los objetivos declarados por la propia Sheinbaum.

Si anuncias cirugía al sistema electoral y entregas rebaja de regidores y dieta de congresos locales, eso en política se llama incumplir tu propio hype: entre lo prometido y lo aprobado hay un abismo que se mide en credibilidad presidencial.

Por qué este traspié le hace un favor a la democracia

  1. Evita constitucionalizar la ventaja del poder.
    Lo que estaba en juego era constitucionalizar la inequidad: meter a la presidenta de lleno en la elección de 2027 con pretexto de revocación, rompiendo cualquier piso parejo.
    Al caerse esa parte, se preserva algo esencial: el principio mínimo de competencia donde quien administra el presupuesto no puede, al mismo tiempo, usar la figura de “revocación” como campaña permanente.
  2. Salva, aunque sea de rebote, la figura de revocación.
    La revocación ya carga con el descrédito del ejercicio de 2022, organizado como plebiscito ratificatorio para López Obrador.
    Si encima se aprobaba esta maniobra, la revocación quedaba oficialmente enterrada como mecanismo ciudadano y convertida en artilugio de marketing presidencial.
  3. Demuestra que el Congreso todavía puede poner límites al Ejecutivo… incluso desde adentro.
    Aquí no fue la oposición la que frenó el intento de hiperpresidencialización; fue el aliado más pequeño del oficialismo, con seis senadores, el que dijo “hasta aquí”.
    Que una presidenta con mayoría calificada tenga que recular porque su satélite se le atraviesa muestra que el poder no es tan monolítico como el discurso de la 4T presume, y eso, aunque sea por mezquindad táctica del PT, funciona como contrapeso real.
  4. Le manda un mensaje a cualquier futuro gobierno: manipular calendarios electorales tiene costo.
    Morena quiso alinear revocación y elección para maximizar el arrastre presidencial.
    El costo fue exhibirse abiertamente como lo que siempre juró combatir: un partido dispuesto a doblar reglas para mantenerse en el poder, aunque eso erosione la confianza en el sistema electoral.
  5. Obliga al oficialismo a discutir reformas reales, no trucos de calendario.
    Al caerse la parte del revocatorio, lo que queda es una reforma administrativa menor que no resuelve de fondo ni el costo del sistema electoral ni el modelo de representación.
    Eso abre un espacio —si se quiere usar— para discutir en serio temas incómodos: cómo se financian partidos, cómo se eligen representantes, qué controles reales existen sobre el INE y los OPLES, sin la distracción del “plebiscito presidencial”.

El saldo político: Sheinbaum debilitada, controles un poquito menos muertos

En la sesión, Sheinbaum fue la protagonista ausente: la oposición la nombró una y otra vez como beneficiaria de un diseño hecho a la medida, mientras Morena mandaba a su infantería de siempre (Fernández Noroña, Trasviña, Malú Micher y compañía) a apagar incendios verbales.

El mensaje que queda flotando es corrosivo: la presidenta no solo quiso meter mano al árbitro, también quiso mover la fecha del partido y ponerse como estrella del show.

Que el golpe venga de su socio menor es doblemente revelador: evidencia que su liderazgo dentro de la coalición es más frágil de lo que la épica oficial admite y que, en este sexenio, la línea entre “proyecto histórico” y maniobra ventajosa se está borrando a una velocidad peligrosa.

Paradójicamente, el freno del PT le da un respiro a la democracia: no porque el PT sea heroico, sino porque incluso las traiciones tácticas entre socios de gobierno pueden funcionar como dique frente al impulso natural del poder de extenderse y blindarse.

Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/ERNESTO NUÑEZ/ELIA CASTILLO

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