El ex director del CISEN, Guillermo Valdés Castellanos, reaparecio en escena con el entusiasmo del converso que predica en contra de sus propios pecados institucionales. Desde un foro de Somos México —un aspirante a partido político que suena a reciclaje patriótico con nombre de ONG—, el hombre que alguna vez encabezó el CISEN,la policía política del régimen priista, ahora se presenta como el gurú de la despolitización de la seguridad.
Con tono grave, Valdés advierte que la clave para debilitar a las “poderosísimas organizaciones criminales” es romper el pacto de protección política que las sostiene. Lo dice como si no hubiera sido precisamente el viejo aparato de inteligencia —esa herencia de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), antecesora del CISEN y el actual CNI ,conocida en los 70 como el primer cartel del Estado— el que incubó esa simbiosis entre poder político y crimen.
Y en efecto, suena poético: “hay que meter a la cárcel igual al Mencho que a los gobernadores y funcionarios que lo protegen”. Un llamado audaz… si no viniere del heredero institucional de los mismos que camuflaron narcos en nómina federal. Porque el CISEN, dirigido por Valdés entre 2007 y 2011 bajo el sexenio de Felipe Calderón, fue el cerebro técnico de la “guerra contra el narco”, esa brillante estrategia que multiplicó las fosas comunes, los desplazamientos y el caos, pero jamás fracturó las redes político-criminales,como esta ocurriendo actualmente.
Ahora, reinventa el discurso desde el púlpito moral: pide duplicar el presupuesto de seguridad, desmilitarizar la Guardia Nacional (que, curiosamente, nació del modelo que su propio gobierno engendró), y convocar un Acuerdo Nacional por la Paz, la Seguridad y la Justicia. La propuesta es tan solemne como familiar: un nuevo pacto que nadie firmará, un consenso que todos invocan y que ningún gobierno ejerce.
Valdés diagnostica con precisión quirúrgica los síntomas que él mismo ayudó a agravar: 20 años de fracasos, militarización crónica, falta de visión unificada. Es como si el médico que recetó veneno ahora ofreciera homeopatía.
En su cruzada por la reconciliación nacional, omite con elegancia que el CISEN —su CISEN— persiguió periodistas, filtró información política y blindó a los aliados del régimen mientras servía informes “de inteligencia” para justificar operativos desastrosos.
Cuando afirma que “la seguridad pública debe volver a ser civil”, el eco resuena como resaca calderonista. Viene de quien formó parte de la primera camada de tecnócratas que consolidaron la subordinación del aparato policiaco al mando político. Y ahora pide “civilizar” al Estado, como si las instituciones no se hubiesen deshumanizado precisamente bajo aquel paradigma de “guerra por datos”.
En resumen: Valdés Castellanos emerge del pantano histórico de la inteligencia mexicana para exigir limpieza moral sin ofrecer catarsis institucional. El nieto de la DFS y padre del CNI da lecciones de ética a los que heredaron su modelo de opacidad. Es el espía jubilado que ahora se escandaliza de lo que él mismo monitoreó durante años: el matrimonio eterno entre crimen y política.
Una ironía finísima, casi elegante: el arquitecto de la vigilancia estatal propone un “Nuevo Acuerdo Nacional por la Paz”, como si el país confiara otra vez en los constructores del viejo laberinto.
Con informacion: ELNORTE/

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