En Morelos ya ni siquiera alcanza con señalar la podredumbre para salir ileso. Sandra Rosa Camacho Flores, activista social de Temoac y excandidata del PT, fue asesinada a balazos en su propio domicilio después de haber denunciado públicamente la inseguridad, las extorsiones y los presuntos vínculos criminales que operaban con total desparpajo en el municipio.
La ironía es brutal: en agosto de 2025, durante una visita de la gobernadora Margarita González Saravia, Camacho se atrevió a decir en voz alta lo que todo mundo comenta en voz baja: que en Temoac había violencia, cobro de piso y personajes muy cercanos al poder local con olor a crimen organizado.
Meses después, la respuesta del Estado fue la de siempre: condolencias, condena pública y el ritual infalible de prometer justicia mientras la impunidad sigue en funciones.
El guion conocido
De acuerdo con los reportes, sujetos armados irrumpieron en su domicilio y la atacaron de forma directa. Paramédicos confirmaron su muerte en el lugar, mientras la Fiscalía de Morelos anunció que el caso se investigará bajo protocolo de feminicidio.
Y aquí viene la parte que ya ni sorprende, pero sí indigna: cuando una mujer denuncia a quienes concentran poder, alianzas políticas y supuesta protección criminal, el sistema se activa tarde, habla bonito y llega después del cadáver. En Morelos, como en tantos otros lugares, la valentía ciudadana sigue teniendo un costo altísimo y una protección pública bajísima.
La versión oficial y la realidad
El gobierno estatal salió a condenar la agresión y a decir que no habrá impunidad, fórmula estándar que en México ya funciona como un género literario más que como una política pública. La Fiscalía, por su parte, aseguró que agotará las líneas de investigación con perspectiva de género, mientras la pregunta de fondo sigue intacta: ¿quién protege a quienes denuncian antes de que los maten?.
El caso de Sandra Rosa Camacho exhibe otra vez la mecánica perversa del país: primero se tolera la violencia, luego se normaliza, después se lamenta y al final se archiva. Entre tanto, quienes levantan la voz quedan expuestos, y los poderes locales siguen moviéndose con la comodidad de quien sabe que la indignación pública dura menos que un comunicado oficial.
Sandra Rosa Camacho no fue asesinada en silencio: había advertido lo que ocurría, señaló a quienes consideraba responsables y pidió atención a la autoridad. El problema es que en México, muchas veces, hablar claro no te protege; te pone en la mira.
Con informacion: ANIMAL POLITICO/

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