Claudia Sheinbaum,la presidenta con «A», quiso vender la idea de una gran reforma política como si estuviera a punto de reescribir el sistema desde Palacio Nacional. Pero la realidad, esa señora tan poco dócil como los aliados convenencieros de la 4T, le hizo otro favor: le recordó que gobernar con mayoría no equivale a mandar, y que la obediencia en Morena, el Verde y el PT dura exactamente lo que tarda en tocar prerrogativas, candidaturas y cuotas de poder .
La presidenta invirtió meses, capital político y una buena dosis de saliva mañanera en una iniciativa que prometía recortes, rediseño institucional y una nueva liturgia de la “austeridad republicana”. El resultado fue el de siempre: una reforma descafeinada, mutilada y finalmente rescatada del desastre solo para que no se viera tan feo el naufragio .
El milagro de la unanimidad inexistente
La Cuarta Transformación lleva años jactándose de una superioridad legislativa que, en teoría, debería bastar para hacer y deshacer a voluntad. Pero cuando llegó la hora de tocar el sistema electoral, apareció el verdadero rostro del oficialismo: una coalición unida para aplaudir, pero profundamente dividida cuando se trata de repartir poder real .
El episodio fue especialmente humillante porque Sheinbaum no estaba negociando con la oposición, sino con sus propios socios. Y aun así terminó cediendo, retrasando, corrigiendo y recortando hasta que la propuesta quedó reducida a un remiendo que ya no entusiasma ni a sus promotores .
El fracaso con sonrisa
Lo más notable no es solo que la reforma se haya encogido, sino el empeño de la presidenta por presentarlo como victoria. Ese es el truco clásico del poder mexicano: llamar avance a la amputación, y reforma a lo que apenas alcanza para sostener el discurso .
Sheinbaum insiste en que se trató de combatir privilegios, pero lo que quedó a la vista fue otra cosa: una presidenta con enorme control político, sí, pero incapaz de convertir esa fuerza en una transformación constitucional de fondo. Tiene músculo, pero no palanca; tiene bancada, pero no disciplina; tiene discurso, pero no reforma .
La herencia de la impotencia
El problema no empezó con ella. López Obrador ya había fracasado tres veces en su intento de rediseñar el sistema electoral, y Sheinbaum heredó no solo el proyecto, sino también el método: improvisación, centralismo y confianza excesiva en que la lealtad ideológica sustituye la arquitectura política .
La diferencia es que a ella le tocaba demostrar que la 4T podía pasar de la retórica fundacional a la ingeniería institucional. No lo logró. Y ahora llegará a la elección de 2027 con reglas viejas, con tensiones nuevas y con la sensación de que su sexenio ya perdió una de sus grandes oportunidades simbólicas .
La presidenta más fuerte, la más incapaz
Hay una paradoja que resume bien el episodio: Sheinbaum es probablemente la presidenta con más poder político acumulado en décadas, pero también una de las que más rápido ha dejado ver los límites de ese poder cuando exige algo más que obediencia ceremonial .
En resumen: no perdió solo una reforma. Perdió la posibilidad de dejar una huella institucional propia. Y eso, en política, equivale a anunciar que el sexenio todavía no cumple un año y ya empezó a parecerse demasiado al anterior .
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/ERNESTO NUÑEZ/

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