Donald Trump, en su cruzada por rebautizar hasta los vientos, decidió llamar al Golfo de México “Golfo de América”, ocurrencia ya se transformó en un concurso de geopolítica de jardín de niños y niñas ,que ayer nuevamente aprovechó la presidenta Claudia Sheinbaum para sacar del cajón el estandarte patriótico y pronunciara con tono moralista: “Nosotros somos un país de paz y no queremos pelearnos con EE.UU”. Porque, claro, nada grita más “paz” que una batalla lingüística por un pedazo de agua compartido.
El diferendo —si así se le puede llamar a un berrinche semántico— revela más los reflejos políticos que el fondo. Para Trump, decir “Golfo de América” es marcar territorio; para Sheinbaum, insistir en “Golfo de México” es afirmar soberanía sin necesidad de mandar la Armada. Ambos saben que el nombre no cambia ni las corrientes marinas ni los contratos petroleros, pero sí genera titulares. Y en la era de la narrativa instantánea, un titular que diga “México defiende su Golfo” cotiza mejor que “México modera índices de obesidad infantil”.
Mientras tanto, la presidenta ayer de gira por Zacatecas,aprovechó para presumir que al evitar la venta de dulces en las escuelas,lo que no ha evitado afuera de estas, han derrotado la obesidad infantil porque ya sabemos que es especialista en glorificar derrotas.
Al final, el debate entre “Golfo de América” y “Golfo de México” expresa una ironía grande como el propio mar: los políticos diseñan disputas simbólicas para tapar silencios más reales. El agua salada, indiferente como siempre, sigue bañando las mismas costas mientras los líderes descubren —otra vez— que el patriotismo declamado rinde más votos que el manejo serio de la política exterior.
Con informacion: ELNORTE/

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