Cayó el hombre, pero no el monstruo. El gobierno festeja la captura de Nemesio Oseguera Cervantes como si hubiera desmontado el Cártel Jalisco Nueva Generación, cuando en realidad apenas le arrancó la cabeza a una hidra que sigue moviéndose y mordiendo. El operativo fue tan audaz como torpe: privilegiaron el trofeo sobre la prevención, la foto sobre la seguridad, el anuncio sobre el cálculo.
El CJNG no es un ejército jerárquico encerrado en su líder, sino un enjambre criminal de mando vertical y operación horizontal. Le quitaron al comandante, sí, pero la tropa —esa red descentralizada que aprendió a ganar dinero, territorio y miedo por su cuenta— sigue intacta. Y lo que en Palacio Nacional se presenta como “golpe quirúrgico”, en las calles se siente como amputación fallida: destila sangre por todas partes.
Durante las primeras 48 horas tras su captura, no solo occidente, mas de medio pais ardió. Bloqueos, fugas, ejecuciones exprés, pueblos sitiados. El Estado mostró precisamente lo que no debería mostrar: que puede detener a un capo, pero no proteger a un niño atrapado en el fuego cruzado. Ninguna guerra —ni formal ni negada— puede llamarse justa si el Ejército no pone a resguardo a la población, antes que al brillo de la victoria.
Se calculó mal la reacción. Se subestimó el ADN del cartel, ese reflejo de defensa territorial tan rápido y desmedido como animal. El alto mando creyó que “decapitar la estructura” bastaba para inmovilizarla. Pero el CJNG no es una pirámide egipcia sino una colmena: sin reina, pero con miles de obreras armadas. El bloque superior cayó, sin duda. Pero la base sigue ahí, produciendo caos y rellenando el vacío en cuestión de horas.
Así, lo que el gobierno pinta como triunfo histórico tiene el sabor inconfundible de las victorias que huelen a derrota: se ganó el titular, se perdió el control.
Con información: MEDIOS/REDES/

Si un cartel hace un desmadre no esta bien si el gobierno mata un capo no esta bien. De todo se quejan ustedes no valen verga.
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