Abraham Hernández murió como viven los expedientes incómodos en Sinaloa: olvidado por el sistema, pero clavado como espina en la memoria pública, parado frente a una casa de Las Quintas que siempre olió más a impunidad que a jardín familiar. Mientras los políticos cambiaban de cargo, de partido y de discurso, él solo cambió de pancartas y de medicinas, hasta que el cuerpo se le cansó antes que la rabia.
Un padre condenado a buscar
Abraham Hernández Picos desapareció en 1996 junto con sus primos Jorge Cabada Hernández y Juan Emerio Hernández Argüelles, después de ir a una fiesta en la residencia del empresario Rolando Andrade, en la colonia Las Quintas, en Culiacán.
Desde entonces, Don Abraham, padre y tío, se volvió ese personaje incómodo que todos los gobiernos quisieron reducir a “caso”, pero que cada aniversario se plantaba frente a la casa de los Andrade a recordarles que ahí no hubo “extravío”, hubo crimen con escolta oficial.
Crimen con chofer oficial
La versión más sólida apunta a que tras una riña en la fiesta, guardias de la familia Andrade y policías municipales participaron en la persecución y posterior desaparición de los tres primos; los nombres de los agentes incluso quedaron asentados en las investigaciones.
Años después se manejaron líneas de investigación que hablaban de cremación de cuerpos en hornos funerarios o de sepultarlos bajo escombros en una plaza comercial, pistas dignas de serie negra que jamás llegaron a sentencia porque alrededor del expediente siempre pesó más el apellido y la chequera que la ley.
Un expediente obeso de papeles, anémico de justicia
Por el caso desfilaron al menos siete fiscales y una decena de procuradores y fiscales generales, todos con discursos de “compromiso” mientras el expediente engordaba en oficios y oficios, pero no en resultados; ni una sola condena en casi tres décadas.
Las presiones atribuidas al entonces gobernador Renato Vega Alvarado y la relación política y económica con el empresario Andrade son parte de esa coreografía clásica de Sinaloa: cuando el poder se sienta en el expediente, la justicia se queda parada afuera sin gafete.
Del Zedillo al Peña, la misma tomadura de pelo
El caso terminó en la PGR tras protestas y presión pública, y con el tiempo fue paseado por promesas presidenciales, desde la “gravísima crisis de seguridad pública” reconocida en los noventa hasta las flamantes unidades y comisiones de búsqueda anunciadas en 2013.
La realidad fue menos solemne: las comisiones sirvieron más para boletín y foto que para encontrar a los tres primos; para la familia Hernández, la ayuda institucional fue un espejismo que duró lo que dura un sexenio y se esfumó en cuanto se apagaron las cámaras.
La muerte en turno: primero los hijos, luego los padres
Con el paso de los años, los padres de los desaparecidos fueron muriendo uno a uno, no por “causas naturales” sino por esa mezcla de enfermedad y desgaste psicológico que produce buscar a un hijo en un país donde la justicia siempre llega tarde o de plano no llega.
Don Abraham fue el último de esa línea de resistencia, un viejo tercamente plantado en un camellón de Las Quintas que se negó a aceptar el olvido; murió el 17 de enero de 2026 sin ver una sola sentencia, pero dejando claro que en Sinaloa la justicia no es ciega: solo sabe muy bien a quién no voltear a ver.
Con informacion: RIODOCE/ REVISTA ESPEJO/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: