La Cuarta Transformación jura por todos los santos que “no son iguales”, pero sus alianzas huelen a archivo muerto del priismo más puro. Claudia Sheinbaum, en su primer año, logró algo que ni Salinas soñó: reunir bajo su manto guinda a los viejos caciques sindicales que por setenta años bailaron al son del tricolor.
El SNTE, con sus 1.2 millones de maestros recién “afiliados” a Morena —mitad del total nacional—, fue apenas el arranque del desfile. Tras ellos marchan los ferrocarrileros de Víctor Flores (tres décadas de reinado), los petroleros de Ricardo Aldana —heredero directo del clan Romero Deschamps— y la FSTSE de Marco Antonio García Ayala, priista desde los tiempos en que todavía existía la URSS.
El corporativismo, ese monstruo que el sistema juró enterrar, ahora desfila de la mano de la “nueva” izquierda institucional. CATEM, la creación personal de Pedro Haces, y el Sindicato Minero de Napoleón Gómez Urrutia —ambos beneficiarios de candidaturas plurinominales y protección política— completan la alineación.

El Primero de Mayo pasado, la presidenta reunió a este zoológico sindical en una mesa que parecía exhumada del viejo mural del PRI: Cepeda, Aldana, Isaías González Cuevas, Hernández Juárez… Un museo viviente del charrismo sindical.
Y sí, los “no iguales” también dominan el viejo arte del acarreo. En octubre y diciembre, los leales operadores de siempre llenaron el Zócalo con lonas, banderines y hasta zepelines, todo para celebrar el “primer año” de Sheinbaum y los “siete gloriosos de la 4T”. Qué coincidencia: los mismos métodos, los mismos líderes, las mismas multitudes rentadas… sólo cambió el color de la lona.
Pero el guion es tan familiar que da risa: Sheinbaum niega cualquier resurrección del corporativismo; los dirigentes sindicales aplauden el aumento salarial —en números nominales, claro, porque real es otra historia—; y mientras todos repiten el mantra “no somos iguales”, los viejos burócratas del poder se reparten otra ronda de pluris y privilegios.
La 4T podrá presumir de su moral política y sus principios “humanistas”, pero la evidencia es necia: bajo la pintura fresca del cambio, el edificio sigue siendo el mismo de los años setenta. Viejos caciques, nuevas banderas. El PRI no murió… se reencarnó en Morena.
Con informacion: ELNORTE/

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