Parece que en la Fiscalía General de Justicia de Nuevo León alguien confundió “transformación digital” con “abandono electrónico”. Su flamante sistema de denuncias virtuales —esa promesa futurista que iba a “acercar la justicia al ciudadano”— colapsó como un sitio del Buen Fin a las seis de la tarde. Desde el 3 de enero, la plataforma está muerta, pero tranquilos: el Fiscal Javier Flores dice que “no se perdió ninguna información”. Faltaba más, solo se perdieron las horas, la paciencia y la fe en la justicia.
Mientras tanto, las víctimas hacen fila no ante un funcionario, sino ante una computadora que actúa como oráculo burocrático: “espere a que se le asigne un agente”. Pero el milagro nunca ocurre. Hay quienes llevan tres días frente a la pantalla, sin que nadie, ni siquiera un chatbot, les devuelva la dignidad. A algunos los mandan de Code en Code, como si estuvieran participando en una gimkana patrocinada por Kafka.

El resultado: ciudadanos que salen de los centros de denuncia más agotados que después del asalto. “Nos traen de un lado para otro, ya ni en todos los centros se puede denunciar”, cuenta un afectado, que solo quería registrar un robo. En cambio, acabó comprobando que la justicia, aquí, es más virtual que real.
Y ahora, como solución mágica, anuncian que las denuncias podrán tomarse “por teléfono”. Genial. Un paso adelante hacia el siglo XX. Quizá mañana la innovación llegue por fax.
En este país donde los delitos se investigan menos que los chismes, convertir a las víctimas en operadores del sistema no es modernizar la justicia, es tercerizarla. Y mientras el software se toma un descanso, el crimen sigue trabajando en tiempo real.
Con informacion: ELNORTE/

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