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domingo, 4 de enero de 2026

«TRAS TRENAZO del INTEROCEANICO DIARIO ESPAÑOL le TUPE a la VOCACION SILENCIADORA del GOBIERNO y la TENTACION AUTORITARIA de SHEINBAUM»…porque la reversa también es cambio.


La muerte de catorce personas por el descarrilamiento del tren Transoceánico el domingo ha provocado una disputa por las víctimas. El Gobierno y su aparato de propaganda embisten con fuerza contra la labor periodística que cubre el percance en la vía operada por la Marina. El régimen pretende un control informativo reñido con la democracia.

El 28 de diciembre por la mañana el ferrocarril que iba de Salina Cruz, Oaxaca, a Coatzacoalcos, Veracruz, terminó casi en su totalidad en un barranco. Las primeras noticias, incluidos reportes oficiales preliminares, no anticipaban la dimensión de los hechos. Unas horas después el infortunio se tornó sombrío con el registro de trece personas fallecidas y decenas de heridos. Este jueves el número de muertos ascendió a catorce.

Claudia Sheinbaum tuvo una reacción inicial acorde al sello de su Administración. Directivos del Instituto Mexicano del Seguro Social se apersonaron con regular prontitud en el sitio. Caso aparte fue el del Gobierno del Estado, descabezado por una ausencia no suficientemente explicada de su titular Salomón Jara. El gobernador tardó más de 24 horas en aparecer: el lunes arribaría a la zona incluso después de la presidenta.

Como es predecible, la tragedia ocupó los espacios estelares de la prensa del arranque de la semana. Que el trenazo ocurriera en fin de año, con la predecible escasez de noticias por la reducción de prácticamente toda actividad ajena a las vacaciones, solo aportó aún más visibilidad a una información terrible por la cifra de fallecidos y polémica por haber sucedido en una de las obras emblemáticas del obradorismo.

Sea una guardería subrogada del IMSS, como tristemente sucedió en la ABC en Hermosillo, Sonora, en junio de 2009 con un saldo de 49 bebés y niños fallecidos; o la explosión de un colector, que es el caso de lo sucedido el 22 de abril de 1992 en Guadalajara con dos centenares de víctimas mortales, en cualquier tragedia la prensa se aboca a comunicar los cuestionamientos de, y demandar las explicaciones para, la población agraviada. Y ésta es comprendida por los deudos directos, los de la localidad en general y, en no pocos eventos, por la nación entera, que se duele de fallas, corrupción y/o negligencias de instancias privadas y públicas que cuestan vidas.

Esa búsqueda informativa es conducida esencialmente por dos hilos. Qué ocurrió que hizo posible la desgracia, y quiénes son los que la han padecido. Lo segundo es una obligación de humanidad: los periodistas no han de reducir a las víctimas a un número, a un expediente, a un caso, a un escándalo. Es de elemental ética buscar que las historias de los más indefensos resistan la maraña burocrática que de inmediato se activa, en todo gobierno, para minimizar los daños políticos de lo que puede convertirse en una crisis mayor.

Cualquier gobernante apurará la promesa de pesquisas exhaustivas, el pregón del “se hará justicia caiga quien caiga” —incluida la oferta de peritos independientes y apoyos de todo tipo a las víctimas— y el compromiso de enmienda para que no se repita algo similar. Es de manual actuar así, mas no todos los gobernantes logran estar a la altura de tan clásico proceder.

Lo anterior es una lección aprendida de la peor de las maneras por las y los mexicanos, y un principio periodístico elemental: se registran las declaraciones de los políticos sobre lo que harán “ahogado el niño”, sin interrumpir la búsqueda propia de información. El medio que no hace tal indagatoria abandona a las víctimas, y por extensión a su audiencia.

En esa ruta fue que el diario El Universal dio a conocer en su primera plana del martes las fotografías de las entonces trece personas fallecidas. No fue el único medio que aportó información sobre los muertos. Sí el primer medio impreso capitalino en darles un lugar tan destacado con fotografía.

La decisión editorial está justificada en toda forma, pues recuerda a la opinión pública la prioridad de hacer justicia a esos que fallecieron; que son ellas y ellos, incluidos los menores de edad muertos, los que deben motivar la investigación sobre las causas de lo ocurrido, y que no hay que desplazarlos y convertirlos en paisaje de la polarización donde unos atacarán a Andrés Manuel López Obrador y otros lo defenderán.

Periodismo es buscar si los heridos están recibiendo la atención debida; si sus familiares, y los de las víctimas fatales, han sido procurados por las autoridades con tacto y suficiencia, mostrar si en la peor hora de esas familias el Estado al menos hizo cuanto pudo para paliar el dolor de quienes pensaban pasar un fin de año en una situación lejana a tribulaciones fúnebres o médicas.

Periodismo es hablar, en pocas palabras, con quienes conocieron a los que tuvieron la mala fortuna de abordar un tren que se presumió de primer mundo y que apenas cumplidos un par de años ya cuenta muertos entre sus pasajeros.

Así, al publicar las historias de aquellos en cuya memoria el Gobierno habrá de dar una explicación —y no solo sufragar las costas de los sepelios o de los tratamientos de los heridos, según sea el caso—, esas vidas abruptamente concluidas dejan de ser dos garabatos en un expediente o en rutinarios boletines oficiales. Ya no son dos números arábigos que juntos apenas superan la docena. Son un cara de niña con sus ojitos, el pelo cano de una mujer de lentes rumbo a la tercera edad, son, entre otras biografías, la sonrisa en el regordete rostro de un hombre moreno y macizo.

Las personas en desgracia empiezan a tener significado, a significarnos algo a quienes no los conocimos en vida.

Esa significación es incómoda. No solo para el poder. Para todos. La diferencia es que en unos genera un intento control, un afán de que la sociedad deje de pensar en esas vidas truncas entre fierros retorcidos; mientras que en otros provoca indignación y alimenta la demanda de acción gubernamental pronta, eficaz y justa. Ambas incomodidades son normales. Y la segunda una condición de salud democrática.

Porque las víctimas son de la sociedad. No del Gobierno; tampoco de los medios. Aquel la agarra en contra de estos porque cuando hacen su trabajo son el conducto de la exposición de males que afectan a la población. Y nunca está mejor hecha esa incordiante labor que en la ocasión en que las primeras planas y los tiempos estelares se dedican a los que menos capacidad tienen de gestionarse atención institucional.

Morena se ha pasado siete años tratando de descalificar a la prensa al decir que por ella se expresan quienes perdieron privilegios desde 2018. No es momento para recordar que muchos privilegiados están de plácemes con gobiernos morenistas que, como los anteriores, cortejan al poder económico.

Es decir, concentrémonos en lo importante: el régimen ataca aún más a los medios cuando se sabe exhibido en tragedias que siegan la vida de los pobres. Como ésta del istmo de Tehuantepec, o como la sucedida hace meses en la Concordia en Iztapalapa, cuando una explosión de una pipa con gas mató a 32 capitalinos.

Aquí surge una tentación mayúscula. La del control total que en última instancia supondría el silencio de las víctimas. Si no pueden callar a la prensa, ¿intentarán un mutis de los deudos, de las familias que en la agonía del imprevisto trágico necesitan apoyos varios y, en muchas ocasiones, de imposible alcance por sus propios medios?

Las duras expresiones de la presidenta Sheinbaum del martes en contra de la difusión de fotografías en vida de las víctimas tienen que ser ponderadas como lo que son: el uso de la autoridad para intentar que sólo el Gobierno tenga en todo tiempo y cualquier modo el derecho de nombrar lo social, de hablar por las víctimas. No son los medios los que pierden más si Morena, con adjetivos y presiones a periodistas y editores, logra que los medios cancelen a las víctimas. Son éstas las que serán revictimizadas al negárseles su derecho a una historia, a que conozcamos su cara, a condolernos por ellos. Sería preocupante que aun en tan funestas horas el régimen quiera arrogarse el derecho a dar dispensas sobre qué sí y qué no contar de una desgracia.

La historia política de México se mide en tragedias. O más bien, en el reclamo por las víctimas de dramáticas situaciones donde por acción u omisión el Estado fue responsable (e irresponsable). Para no ir más lejos, desde 1968 y 1971, se instaló una dinámica donde el Gobierno rehuía no solo nombrar a las víctimas de represión sino incluso contarlas llegando por supuesto a negar los hechos mismos, mientras alguna prensa y otros actores impulsaban lo contrario.

Históricamente la izquierda, sobre todo, mantuvo con dignidad y no sin represalias, la reivindicación de esos muertos. Y la prensa que terqueaba en el tema de esas represiones, también era acosada.

Se suponía que a partir de 2018, con la llegada al poder de no pocos herederos de aquella izquierda, viviríamos por fin la justicia de nombrar y reconocer como víctimas del Estado a las personas violentadas por la persecución de movimientos sociales del pasado más allá de Tlatelolco y el jueves de Corpus, las mencionadas masacres paramilitares de los años 68 y 71 respectivamente.

Ya vimos que el esfuerzo fue cuando mucho parcial (acabó en una comisión de la verdad sin pleno acceso a los archivos de la milicia) y que ahora hasta gobiernos morenistas como el de Guerrero homenajean a priistas represores de campesinos y luchadores sociales. Y ello a pesar de que uno de los primeros actos del Gobierno de Sheinbaum en octubre de 2024 fue honrar a las víctimas del 2 de octubre de 1968.

Pero volviendo a las víctimas como revulsivo social. La desatención de los damnificados en el terremoto de 1985 vigorizó precisamente a la izquierda que hoy desde el poder trata de acallar a la prensa que nos receta en el desayuno unas imágenes que generan muecas de cenizo sabor. El nacimiento de movimientos ciudadanos y políticos a partir del sismo del 19 de septiembre de hace cuatro décadas explica en buena medida tanto las alternancias democráticas como el arribo del obradorismo a la presidencia.

Y así como ayer la sociedad reclamó que no se llamara daños colaterales a los niños acribillados de la familia Almanza en los tiempos del calderonismo, y así como los nombres de todos y cada uno de los jóvenes de Ayotzinapa desaparecidos en la noche de septiembre 26 de 2014 se volvieron por presión social ubicuos, así ahora, cuando Morena tiene la responsabilidad del Gobierno ha de informarse la identidad y los generales de esos catorce cuerpos de sueños rotos.

El pulso que pretende la presidenta Sheinbaum para hacerse del control de la narrativa de un percance con víctimas fatales que abochorna la imagen del expresidente como creador de obras y el de la Marina como operador de trenes es perjudicial. Desde hace más de medio siglo, ella lo sabe mejor que nadie como hija de una participante del 1968 y como una activista ella misma en múltiples movimientos sociales, la prensa ha combatido diversos intentos de censura y acoso gubernamental a fin de que no se ponga en las primeras planas a los muertos de las represiones o de las negligencias gubernamentales.

Es cierto que Claudia lidia con una situación novedosa. A diferencia de sexenios del pasado, donde con mayor o menor facilidad un presidente podía desligarse de su antecesor, incluidas sus herencias, en la presente administración hay una declarada resistencia a deslindarse de hechos o políticas del expresidente López Obrador. Que estas catorce personas hayan fallecido en un tren resucitado por el expresidente aumenta la tensión de la mandataria a la hora de tratar de contener la crisis. Es imposible predecir cuánto de su actual poder e imagen terminarían hipotecados por escándalos como el del Transoceánico si la presidenta insiste en no soltar cuanto se hizo mal entre 2018-2024.

Por lo pronto, la presidenta ha decidido poner en la balanza toda su autoridad para descalificar al periodismo que, como en muchas otras ocasiones de las décadas recientes, solo retrata la desgracia de gente a la que el Estado le ha fallado.

Con este intento de censura, porque al desacreditar con toda el peso del púlpito presidencial Sheinbaum busca inhibir no solo que otros medios hagan lo mismo, sino que las víctimas encuentren espacio en la prensa, la izquierda emprende un giro de 180 grados para asumir actitudes silenciadoras típicas de tiempos de autoritarios expresidentes como Díaz Ordaz o Echeverría. Si Morena triunfa en esta maniobra estaríamos ante un retroceso monumental. Depende de todos, no solo de las y los periodistas, que ello no ocurra.

Con informacion: SALVADOR CAMARENA/DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS

"MEXICO en el MISMO COMBO": "TRAS ARRESTO de NARCO VENEZOLANO TRUMP CLARIDOSO pidió a COLOMBIA CUIDARSE el TRASERO y CUBA deberia estar PREOCUPADA"..."todo un club de amiguitos y una amiguita".


Trump volvió a encender el fuego, pero esta vez con gasolina importada de la retórica. Tras mandar los helicopteros y los portaviones a Venezuela y capturar al dictador Nicolas Maduro por narco,el Gobierno de EE.UU. ahora juguetea con la idea de hacer “visitas” similares a México, Colombia y Cuba, como quien planea un tour tropical armado.

Entrevistado por Fox News, el expresidente—y eterno influencer de la geopolítica ,aseguró que la ofensiva no iba dirigida a México. “Somos muy amigos de ella”, dijo sobre Claudia Sheinbaum, “es una buena mujer”. Pausa dramática. “Pero los cárteles gobiernan México, ella no”. En otras palabras: te saludo, te respeto… pero en tu país manda el crimen.

Según Trump, le ha preguntado reiteradamente a Sheinbaum si quiere que “desmantelen los cárteles” y reiteradamente se ha negado. Y remata con un ambiguo “algo habrá que hacer con México”, dejando claro que el “algo” nunca trae flores ni diplomacia y llegará de improviso, porque en su lenguaje ,en el éxito de Venezuela,ya viene con el tácito permiso.

El turno luego fue para Gustavo Petro, presidente de Colombia y nuevo inquilino del rincón del regaño. Trump lo mandó “a cuidarse el trasero”, porque —dice— el país está “produciendo cocaína y enviándola a Estados Unidos”. 

Y para no dejar fuera a nadie, mencionó a Cuba. Aseguró que “es un caso interesante, del que acabaremos hablando”, como quien anticipa la secuela de una serie que nadie pidió. Marco Rubio, fiel escudero en esta telenovela geopolítica, cerró con broche de oro: “si yo viviera en La Habana, estaría preocupado”. No lo dudamos, senador. 

Con informacion: ELNORTE/

«OTRO 3 de ENERO pero de 1989»: «CAPTURA de NARCO PRESIDENTE VENEZOLANO recuerda ATORON de NORIEGA en PANAMA»…otro bocón que gritaba vengan por mi y…fueron por el.


En una operación que recuerda a intervenciones militares pasadas, el gobierno de Donald Trump capturó a Nicolás Maduro en suelo de Venezuela durante la madrugada del 3 de enero. Como motivación tuvieron los presuntos nexos del político latinoamericano con el narcotráfico, así como una deuda no saldada del gobierno venezolano con empresas petroleras estadounidenses.

El mundo ya no se sorprende con estas acciones militares de Estados Unidos sobre otros países. Numerosos comentarios en redes sociales recuerdan intervenciones militares del siglo XX que exhiben la controversial postura de la Unión Americana con Latinoamérica.

Para ejemplo está la invasión estadounidense a Panamá a finales de 1989, que tuvo como saldo miles de muertes de civiles panameños –aunque el Pentágono sólo reconoció 516–, 14 mil personas sin hogar y 23 soldados de EU fallecidos, con el fin de capturar al dictador Manuel Antonio Noriega.

Durante 40 días, entre el 20 de diciembre de 1989 al 31 de enero de 1990, fuerzas estadounidenses dominaron las tierras panameñas en una de sus operaciones más polémicas del tiempo reciente.

En su famoso discurso de estado de guerra, Noriega declaró “¡Les digo a los norteamericanos que no me sigan amenazando, porque no le tengo miedo a la muerte!”, palabras que inmortalizaron los eventos y que nos remiten por igual a los amagos del dictador Venezolano Nicolas Maduro,antes de la captura.

Noriega pasó de antiguo amigo a nuevo enemigo

La relación entre Estados Unidos y Manuel Antonio Noriega es difícil de explicar, pues desde los años 60 se sabía que el militar panameño trabajó como informante de la CIA para proporcionar información de gobiernos cercanos al socialismo, como la dictadura de Fidel Castro.

Noriega era gran aliado para Estados Unidos durante la dictadura de Omar Torrijos y su posición en el gobierno de Panamá garantizó que la potencia norteamericana tuviera libre acceso al Canal de Panamá, vía comercial de suma importancia para occidente; pero luego de llegar al poder en los años 80, Noriega comenzó a distanciarse.

El militar recibió el apodo de “hombre fuerte” de Panamá y como jefe de las Fuerzas de Defensa –puesto simbólico, pues en realidad ejerció una dictadura entre 1982 a 1989, Noriega se pronunció por el fin del intervencionismo estadounidense en su país, asegurando que su canal pronto sería nacionalizado.

Ante tales amenazas, el gobierno estadounidense tuvo que reajustar su trato con el dictador panameño y decidió que era mejor eliminar su influencia política.

Con la famosa guerra antidrogas emprendida por Ronald Reagan, en 1987 se acusó a Manuel Noriega de tener negocios con cárteles colombianos y permitir el lavado de dinero en Panamá, así como el traslado de cargamentos ilegales hacia Estados Unidos.

A partir de ese año comenzaron las presiones contra el dictador militar, instándolo a renunciar y enfrentar de manera más cómoda sus delitos. Pero Noriega no se dejó amedrentar por sus antiguos aliados.

La Unión Americana orquestó sanciones, bloqueos económicos y la infiltración entre círculos opositores panameños para derrocar al dictador, pero ninguna de esas tácticas dio resultados. Noriega pudo esquivar dos golpes de estado con evidentes conexiones estadounidenses y la situación se ponía cada vez más tensa.

Con la llegada de George Bush a la presidencia de Estados Unidos, los intentos implícitos de remover a Manuel Noriega se transformaron en acciones militares deliberadas y EL UNIVERSAL informó en su edición del 16 de diciembre de 1989 que Panamá había tenido suficiente y declaraba “estado de guerra”.

Tras esta decisión, el congreso panameño otorgó total poder al general Noriega y lo nombró “líder máximo de la lucha de liberación nacional para conducir al país mientras persista el estado de guerra que sufre Panamá como consecuencia de la despiadada agresión de Estados Unidos”, según informó este diario.

El “hombre fuerte” de Panamá acusó a la Unión Americana de intervenir en los asuntos de Panamá, así como de “sobornar a oficiales del Ejército y continuar con el hostigamiento psicológico y militar” y citó a Juan Domingo Perón: “Estados Unidos une cuando le conviene, desune cuando le interesa y saca provecho cuando le da la gana”.

Por presuntas amenazas contra estadounidenses inició la Operación Causa Justa

Durante las primeras horas del 20 de diciembre de 1989, Estados Unidos inició la llamada Operación Causa Justa, una incursión militar en Panamá para “restaurar la democracia, juzgar por narcotráfico al ‘hombre fuerte de Panamá’ y defender los tratados Torrijos-Carter del Canal de Panamá”, según afirmó EL UNIVERSAL.

Su principal motivación era proteger a los más de 35 mil ciudadanos estadounidenses que se encontraban en Panamá, antes de que fueran víctimas de agresiones por parte del régimen de Noriega. La operación militar movilizó a 26 mil soldados, además de varios aviones de gran poderío y vehículos blindados.

Los ataques se concentraron en la ciudad de Panamá capital y Colón, cubriendo aire, agua y tierra. Según informó esta casa editorial, uno de los primeros puntos de ataque fue la Radio Nacional, medio que los estadounidenses ocuparon para pedir a los habitantes permanecer en casa, apagar sus luces y no acercarse a zonas de combate.

Las fuerzas de la Unión Americana tomaron los aeropuertos y colocaron barricadas en las calles, además de prácticamente destruir el barrio Chorrillo, pues estaba cerca del cuartel general de Noriega. El vocero de Noriega, Edgardo López Grimaldo, afirmó que la invasión estadounidense fue una “acción de alevosía y saña; el pueblo panameño está en peligro de ser masacrado”.

Durante las primeras horas de ataque, se desconoció el paradero de Manuel Noriega, pero pudo enviar un mensaje radiofónico: “pedimos al mundo que nos ayude materialmente con hombres, dignidad y fuerzas; nuestra consigna es vencer o morir”. Para evitar el escape del dictador, soldados estadounidenses destruyeron sus aviones personales y también su barco.

La crisis en Panamá también afectó a México, pues fuerzas estadounidenses impidieron la salida de 80 mexicanos durante varios días. 

A ritmo de rock y metal, puesta en marcha de la Operación Paquete Elegante

Según se leyó en EL UNIVERSAL, la entonces administración de Carlos Salinas de Gortari expresó su inmediato “desacuerdo” con la intervención en Panamá, asegurando que “el uso de fuerza por cualquier Estado en contra de otro, constituye una intervención. Estas acciones van en contra de nuestros principios”.

La Asamblea General de la ONU condenó la intervención estadounidense tras considerarla una “flagrante violación del derecho internacional” y exigió la inmediata salida de fuerzas estadounidenses de suelo panameño, orden ignorada por Bush.

Representantes de la Unión Americana sostuvieron que la postura de la ONU era “parcial”, pues sólo condenaron la incursión militar, pero no “los delitos de narcotráfico o supresión de la democracia de parte del general Manuel Antonio Noriega”. No hubo consecuencia alguna para el país norteamericano, pues nadie metería las manos al fuego por un dictador como el “hombre fuerte” de Panamá.

Para el 25 de diciembre se supo que Manuel Noriega permanecía escondido en la Nunciatura Apostólica de Panamá junto con algunos de sus hombres, un sitio que complicó los planes de Estados Unidos.

El Vaticano estuvo en pláticas con varias embajadas para que Noriega trasladara su escondite a otro lugar, pero ningún gobierno quiso recibirlo. Voceros de la iglesia católica aseguraron que “no protege ni defiende criminales. En el caso del general Noriega sólo aplica un acto humanitario para evitar que su pueblo haga justicia por su propia mano”, según reportó EL UNIVERSAL.

A partir de esa misma noche, numerosos vehículos blindados de Estados Unidos colocaron altavoces a las afueras de la Nunciatura, dando paso a la polémica Operación Paquete Elegante, una movida militar de presión psicológica.

Día y noche, sin interrupciones, reprodujeron canciones de rock, metal y pop al más alto volumen. You’ve Got Another Thing Comin’ de Judas Priest, Welcome to the Jungle de Guns N’ Roses, Paranoid de Black Sabbath, Never Gonna Give You Up de Rick Ashley y Run to the Hills de Iron Maiden acompañaron durante tres días las pesadillas y temores del dictador militar.

De acuerdo con la BBC, representantes del Vaticano se quejaron con el presidente Bush ante esta maniobra militar. Aunque se accedió a detener la tortura musical, los soldados seguían hostigando la residencia episcopal.

Condenado por narcotráfico, cayó el “hombre fuerte” de Panamá

El año nuevo trajo un regalo para la administración Bush, con la entrega voluntaria de Manuel Antonio Noriega el 3 de enero de 1990. Según relató EL UNIVERSAL, se desató “un gran bullicio por toda la capital. Miles de personas hicieron sonar cacerolas, bocinas de automóviles y petardos para celebrar la entrega del dictador”.

George Bush aseguró que “la aprehensión de Noriega y su regreso a Estados Unidos debe enviar una señal clara de que este país está firme en su determinación de que aquellos acusados de promover la distribución de drogas no pueden escapar a la mirada escrutadora de la justicia”.

Esta casa editorial notificó del traslado del “hombre fuerte” de Panamá hacia Florida, donde enfrentó varios cargos de narcotráfico y extorsión. Su juicio concluyó el 10 de julio de 1992, con una sentencia de 40 años en prisión.

El militar aseguró que todas las acusaciones en su contra eran “fabricadas por enemigos políticos que recurrieron a un tribunal cuando no pudieron asesinarlo”. “Panamá fue invadida porque yo era un obstáculo, afecté las aspiraciones históricas de su presidente Bush, quien me habría preferido muerto”, sostuvo.

De acuerdo con datos de EL UNIVERSAL, Manuel Antonio Noriega obtuvo una reducción de condena a 20 años por buena conducta en la prisión de Miami, pasando también por la justicia francesa hasta su regreso a Panamá en 2011. El apodado “hombre fuerte” murió en 2017, en arresto domiciliario.

En aquel julio de 1992, el escritor mexicano, Carlos Fuentes, aseguró que “Estados Unidos siempre encontrará pretextos para intervenir en Latinoamérica”, como el combate a las drogas.

Y no hay justificación alguna contra regímenes autoritarios como el visto con Noriega o el reportado por los venezolanos con Nicolás Maduro, pero tampoco podemos evitar las dudas sobre las buenas intenciones estadounidenses, cuyos intereses siempre salen a luz.

Con informacion.-ELUNIVERSAL+/

«BRINDARON con BALAS»:»DUO de FUNCIONARIAS con COMPLEJO de SICARIAS VIOLA el ESTADO de DERECHO y es HORA que AUN NO HAY GENTE DERECHA para SOMETERLAS al IMPERIO de la LEY»…no son hijas de vecino, ni andan a pie.


En la madrugada del 1 de enero de 2026, cuando la ley dormía y los proyectiles saludaban al cielo, dos funcionarias del Ayuntamiento de Guadalupe y Calvo decidieron inaugurar el año nuevo con pólvora ajena. Lo hicieron a plena cámara, encuadradas por la música y la temeridad, accionando armas de fuego que no sólo son ilegales en manos civiles, sino que representan un tipo penal específico previsto y sancionado en la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos (LFAFE).

Porque aquí no se trata de un “error” festivo ni de folklore norteño con detonaciones al aire. Hablamos, lisa y llanamente, de posesión y uso de armas reservadas al Ejército, en violación directa al artículo 83 fracción III de dicha ley, que sanciona con penas de hasta 15 años de prisión a quien porte, fabrique, importe o use armas de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas. 

Y no solo eso: el artículo 11 de la LFAFE señala con claridad que los fusiles de asalto automáticos —como el que blandía la subdirectora de Obras Públicas, Esmeralda Pizarro Mendívil— están reservados a la Secretaría de la Defensa Nacional o bajo su licencia explicita. 

Por su parte, la pistola semiautomática calibre 9 mm que manipuló Blanca Arleth Marín Escárcega no se escapa de tipificación. Aunque de menor calibre que un fusil, cae bajo el supuesto del artículo 9 fracción VI, relativo a armas de uso permitido solo a corporaciones de seguridad pública, lo que constituye una infracción punible con hasta 10 años de prisión, conforme a los artículos 84 y 85 de la misma ley.

Y si el lector tuviera la candidez de pensar que la conducta se queda ahí, el artículo 15 fracción II del Código Penal Federal recuerda que basta con realizar disparos en lugar público para integrar el delito de disparo de arma de fuego sin causa justificada, penado con arresto y multa. 

Falta sumarle el agravante de la condicion del infractor, porque aquí no hablamos de particulares: son servidores públicos, representantes del orden, que deberían garantizar la observancia del artículo 134 constitucional, relativo a la legalidad y austeridad en el ejercicio del deber.

Pero no. Aquí la impunidad viste blusa de oficina y postea historias en el «Insta» con fondo musical.

De haber Estado, con «E» mayúscula, —no el Estado de papel con el que se arropan expedientes—, esta carpeta de investigación habría transitado en automático al Ministerio Público Federal, por tratarse de delitos del orden federal bajo jurisdicción de la Fiscalía General de la República, no de un expediente de escritorio en la Fiscalía estatal. 

La procedencia de las armas,a decir de El Norte,tiene insignias oficiales ,le añade el condimento penal en caso de la sustracción o desvío de armamento del control militar, previsto en el Código de Justicia Militar, artículo 336, otra joya que aquí nadie parece dispuesto a pulir.

A falta de república, resuena el brindis con balas. A falta de leyes efectivas, la impunidad hace de anfitriona. Pero en el supuesto —solo en el supuesto— de que existiera “gente derecha para hacer valer el estado de derecho”, este par de funcionarias mirarían el horizonte desde un reclusorio federal, y no desde el WhatsApp donde celebraron su puntería.

Con informacion: ELNORTE/

«JALABAN con ZETAS y CDS»: «5 TONELADAS de COCA INCAUTADA por el EJERCITO de MADURO LLEGARON en AVION CARGADO por el MISMO EJERCITO a PLAYA del CARMEN»… «los Generales” eran una especie de servicio de escolta oficial para exportar polvo blanco.


El depuesto dictador Venezolano ya detenido ,Nicolás Maduro, no solo jugaba a ser presidente; según una nueva acusación federal en EE.UU., convirtió la diplomacia venezolana en una aerolínea VIP para billetes manchados de pólvora y cocaína entre México y Venezuela.

Aviones diplomáticos, maletas de cartel

Entre 2006 y 2008, cuando era canciller, Maduro habría vendido pasaportes diplomáticos a narcos para que movieran dinero de la droga desde México a Venezuela, blindados por la inmunidad y sin revisiones incómodas. No llevaban notas verbales ni tratados internacionales, sino aviones privados “diplomáticos” repletos de efectivo de los cárteles, circulando por el espacio aéreo como si fueran misiones oficiales.

La primera dama como gestora de sobornos

En 2007, la acusación dice que Cilia Flores no se conformó con el rol de esposa del líder bolivariano y habría cobrado un soborno jugoso por arreglar una cita entre capos y el entonces zar antidrogas venezolano, Néstor Reverol Torres. De ese encuentro habría salido un pacto sencillo: 100 mil dólares por cada envío de droga, a repartir entre el funcionario y la familia presidencial, como si fuera comisión por “gestión de negocios internacionales”.

Cinco toneladas y media rumbo a Playa del Carmen

En 2006, Maduro y su familia habrían orquestado el envío de 5.5 toneladas de cocaína en un jet que despegó de Venezuela y aterrizó en Playa del Carmen, México, sin necesidad de túneles ni submarinos. Para rematar el cinismo, esa coca había sido previamente incautada por autoridades venezolanas y luego recargada al avión por el propio ejército, como si se tratara de mercancía oficial.

Cabello, los “Generales” y los contenedores

La acusación pinta a Diosdado Cabello como operador logístico premium: entre 2003 y 2011 habría trabajado con carteles colombianos y con Los Zetas (hoy Cartel del Noreste) para mover cargamentos de varias toneladas de cocaína por Venezuela hasta puertos mexicanos. Los contenedores promediaban cinco toneladas, pero a veces llevaban hasta 20, siempre bajo el supuesto amparo de altos mandos militares conocidos como “Los Generales”, una especie de servicio de escolta oficial para exportar polvo blanco.

El Chapo, Colombia y la autopista hacia EE.UU.

Desde 2011, según los fiscales, Joaquín “El Chapo” Guzmán habría financiado laboratorios de droga en Colombia cuya producción pasaba por Venezuela, protegida por los militares, antes de seguir su ruta hacia México. 

De ahí, el producto estrella de esta alianza de Estado y crimen organizado terminaba, cómo no, en el mercado más goloso: Estados Unidos, cierre lógico de una cadena donde la “revolución bolivariana” funcionaba como empresa de logística del narco,una copia al carbon de la tragedia mexicana.

Con informacion: BREITBART/