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lunes, 1 de junio de 2026

DE GALONES a GRILLETES: el GENERAL MÉRIDA llegó ante JUEZA de EE.UU. ENCADENADO de PIES y MANOS; le dijeron: las PRUEBAS son ABUNDANTES y PODRÁ VERLAS»… para defender lo indefendible o negociar lo inevitable


No todos los días se ve caer a un general de división —el rango más alto dentro del Ejército mexicano, apenas por debajo del secretario de la Defensa—, y mucho menos verlo comparecer ante un juez con los pies y las manos encadenados. La imagen no es menor: es la metáfora perfecta de lo que ocurre cuando el poder, mal ejercido, termina por convertirse en evidencia.

Hoy no se juzga un uniforme, sino las decisiones que se tomaron mientras se portaba.

El mensaje de la Corte del Distrito Sur de Nueva York fue directo, sin estridencias pero con filo: hay pruebas, y no son pocas. La juez Katherine Polk Failla lo dejó claro al señalar que la evidencia en contra de Gerardo Mérida Sánchez es abundante, lo suficiente como para abrirle una ruta procesal donde ya no bastan los rangos ni los contactos, sino los argumentos legales. 

Por ahora, el exsecretario de Seguridad de Sinaloa tendrá acceso a ese cúmulo de pruebas para “evaluar sus opciones”, una frase elegante que en el lenguaje judicial suele traducirse en una disyuntiva incómoda: defender lo indefendible o negociar lo inevitable.

La audiencia duró apenas 20 minutos. Veinte minutos para pasar de ser “señor secretario” a simplemente “señor Mérida”. Veinte minutos para confirmar que, en ciertos tribunales, el nombre pesa más que el cargo, y los hechos más que la narrativa oficial.

Pero este caso no ocurre en el vacío. No es una anomalía aislada ni un error administrativo dentro de las filas. Es, más bien, una pieza dentro de un rompecabezas más amplio donde durante décadas —sexenios, partidos y discursos mediante— algunos mandos han aprendido a hablar con fluidez otro idioma: el del dinero ilícito. Uno que, como bien documentan diversas investigaciones, no distingue colores políticos ni lealtades institucionales.

La diferencia hoy es que ese idioma ya no siempre se traduce en impunidad automática.

Que un alto mando termine encadenado frente a una jueza extranjera no es motivo de celebración, pero sí de reflexión. Porque si algo evidencia este episodio es que las consecuencias, tarde o temprano, alcanzan incluso a quienes parecían blindados por el sistema. Y que el expediente —ese que hoy se describe como “abundante”— no se construyó de la noche a la mañana, sino a partir de decisiones acumuladas, de omisiones toleradas y de complicidades que durante años se creyeron invisibles.

El plazo de 60 días para procesar la evidencia no solo marca el ritmo del juicio, sino también el tiempo en que se pondrá a prueba la narrativa del acusado frente a los documentos, testimonios y registros que lo señalan. La siguiente audiencia, fijada para el 4 de agosto, será otro punto de inflexión en una historia que ya dejó de ser política para convertirse en estrictamente penal.

Y aquí está la lección incómoda para quienes, dentro del mismo instituto armado o en las estructuras de seguridad, aún creen que el uniforme protege de todo: no hay rango que resista un expediente sólido, ni jerarquía que sobreviva a la evidencia bien documentada.

El caso de Mérida —como el de otros antes que él— no es único. Es, en todo caso, un recordatorio de que la línea entre autoridad y colusión no se cruza sin consecuencias. A veces tardan años. A veces cruzan fronteras. Pero llegan.

Y cuando llegan, lo hacen con esposas.

Con informacion: ELNORTE/

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