En México puedes desaparecer por salir a comprar una silla para subir escaleras. Literal.
Guillermo Jafett Hidalgo Ortiz, veracruzano de 57 años, y Zafar Padamsee Mawani, keniano-estadounidense de 56, no estaban en nada turbio ni cruzando líneas rojas del crimen organizado. Estaban haciendo algo mucho más peligroso en este país: confiar. Vivían en Tlalpan, en la colonia Isidro Fabela, y el 20 de mayo salieron a ver a dos supuestos contratistas para adaptar su casa y ayudar a la madre de Mawani, enferma de alzhéimer. Desde entonces, se los tragó México.
Doce días sin rastro, salvo lo de siempre: una última ubicación compartida como gesto desesperado, una señal de “algo no cuadra”, un WhatsApp que se apaga a las 18:20, y después el vacío. La versión extraoficial los pone en un coche sobre Periférico Sur y luego rumbo a La Marquesa. Es decir: el clásico trayecto donde las personas no desaparecen… hasta que desaparecen.
Y mientras tanto, la maquinaria institucional en su rutina: fichas de búsqueda que llegan tarde, autoridades que “coordinan”, fiscalías que no informan, consulados que “no tienen información oficial”. Traducción: nadie sabe nada, nadie dice nada, y nadie se hace responsable.
Lo más grotesco es que ni siquiera hablamos de un caso aislado.
México rebasa ya la cifra de 134,747 mil personas desaparecidas registradas oficialmente. Sí, oficialmente, porque en este país hasta las cifras tienen miedo. Cada nueva desaparición ya no escandaliza: se integra. Se normaliza. Se archiva en la estadística nacional del horror.
Y aquí entra el chiste —porque ya solo queda reír con rabia— de la soberanía. Ese discurso inflamado que sirve para rechazar presiones internacionales, pero que no alcanza ni para encontrar a dos personas que subieron a un coche en la capital del país. Soberanía para decir “no se metan”, pero no para garantizar lo mínimo: que alguien pueda salir de su casa y regresar.
Porque cuando dos ciudadanos estadounidenses desaparecen en Ciudad de México, el tema incomoda diplomáticamente. Pero en términos reales, en el terreno, en la búsqueda concreta, da exactamente lo mismo que sean extranjeros o mexicanos: el sistema de desapariciones funciona con la misma eficacia demoledora. Es decir, ninguna.
Mientras tanto, las cuentas bancarias de la pareja registran movimientos después de su desaparición. Otro clásico. El delito sigue operando, la víctima no aparece, y la autoridad… administra el silencio.
Así que aquí estamos otra vez: dos nombres más en una lista que ya parece censo paralelo del país. Dos historias que empiezan con una necesidad doméstica y terminan en la misma fosa burocrática donde se entierran las verdades incómodas.
En México, la soberanía es un discurso. La desaparición, una práctica.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/ANDRES RODRIGUEZ/

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