La Presidenta Claudia Sheinbaum decidió tranquilizar al respetable con una confesión digna de manual autócrata-light: el Gobierno sí tiene herramientas para censurar… pero, por favor, qué vulgaridad usarlas.
“¿Cómo vamos a querer censurar?”, dice, con esa lógica circular que suena más a advertencia que a absolución: si hubiéramos querido, ya lo habríamos hecho. Traducido al castellano menos institucional: podemos, sabemos cómo, tenemos con qué… pero hoy amanecimos de buenas.
En medio del debate por los lineamientos de audiencias —ese elegante eufemismo que a algunos les suena a control editorial con barniz técnico—, la Presidenta reconoce la existencia de instrumentos, incluida la siempre maleable “interpretación legal”. Pero acto seguido nos pide fe: no los usará porque no cree en la censura. Convicción, dice. Como si el poder se ejerciera a partir de estados de ánimo y no de incentivos.
Eso sí, aclara que su gobierno jamás llamaría a dueños de medios para pedir cabezas o negociar líneas editoriales. Nada de eso. Aquí la pedagogía es distinta: desde la tribuna mañanera se exhibe, se desmiente, se etiqueta de “falso” y se ofrece “la versión correcta”. No es presión, es iluminación pública. No es censura, es didáctica presidencial.
Y cuando los concesionarios, organizaciones y especialistas levantan la ceja ante la posibilidad de que los nuevos lineamientos funcionen como mecanismo de control, la respuesta es un clásico: ustedes mismos estuvieron de acuerdo. La CIRT, señala Sheinbaum, participó en las mesas, avaló la ley y ahora resulta que se espanta. Una suerte de “firmaste sin leer, no te quejes”.
La diferencia —nos explican— está en que la ley ya quedó y los lineamientos aún están en consulta pública. Es decir, el menú está decidido, pero todavía se discute el tamaño de la cuchara. El verdadero punto sensible, admite la Presidenta, son las multas: quién las impone, cómo se aplican, bajo qué criterio. Pequeños detalles administrativos… salvo cuando se convierten en el incentivo perfecto para la autocensura elegante.
Mientras tanto, la mañanera se reivindica como el gran espacio de réplica, ese foro donde el Gobierno corrige a los medios que no publican sus desmentidos “en el mismo tamaño”. Como no lo hacen, se les responde desde el púlpito nacional. No es un desbalance de poder, es simplemente eficiencia comunicativa.
Y por si alguien dudaba de la nobleza del esquema, se recuerda que sin la mañanera ciertos logros —como la estrategia contra el sargazo— vivirían en la penumbra mediática. Porque, al parecer, sin la voz oficial amplificada a diario, la realidad corre el riesgo de no existir.
En resumen: no hay censura, sólo herramientas disponibles; no hay presión, sólo debate desde el poder; no hay control, sólo regulación discutida… con multas en el horizonte. Pero tranquilos: todo está guiado por la convicción.
Y ya sabemos que, en política, pocas cosas son tan firmes como una convicción… hasta que dejan de serlo.
Con información: ELNORTE/

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