Al Senador de Morena, José Ramón Gómez Leal ,cuñado del profugo federal Francisco Javier Garcia Cabeza de Vaca, le cupo una declaración de pureza en un solo tuit, pero las explicaciones pendientes que lo ligan a multiplicidad de delitos vinculados al «trafico de huachicol», no encontraron espacio.
«Hoy aprobamos en el Senado la reforma a la Ley Aduanera para evitar la evasión de impuestos», presume en lo que justamente fue calificado de buen chiste.
Después invoca la condición fronteriza de Tamaulipas, sus puentes internacionales, sus puertos y su movimiento comercial. Remata con una frase de impecable utilería institucional: «Cuidar nuestras aduanas es cuidar nuestra economía». Todo en orden: la patria, la recaudación, la fotografía y el senador del lado luminoso de la historia.
El problema no está en que un senador vote contra la evasión. Eso es lo mínimo esperable. El problema es presentar el cumplimiento de una obligación como certificado de respetabilidad, mientras quedan sin despejar señalamientos públicos relacionados precisamente con el mundo aduanero.
En julio, Político MX, retomando información de Reforma, informó que el nombre de Gómez Leal aparecía en un reporte de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana integrado a una carpeta sobre presunto contrabando de combustibles por la Aduana de Matamoros.
El caso comprendía más de 144 millones de litros de gasolina, diésel y nafta presuntamente declarados como solución de cloruro de calcio para eludir controles fiscales y aduaneros.
La presunción de inocencia no es una obligación de credulidad. No autoriza a declararlo culpable, pero tampoco exige recibir cada fotografía legislativa como si fuera una constancia de buena conducta.
Ahí está la simulación que merece escrutinio: no como delito demostrado, sino como operación de imagen. Colocarse junto a una causa indiscutible —combatir la evasión— y esperar que su prestigio salpique al promotor. Una especie de lavado de reputación por proximidad: si la ley es buena, el hombre que la presume quiere salir igualmente reluciente.
No funciona así. Una votación no es una auditoría personal. Una curul no es un confesionario. Y el Diario Oficial no expide absoluciones.
La sinceridad como vestuario
La ocurrencia sobre que el secreto del éxito consiste en aprender a fingir sinceridad suele atribuirse a Groucho Marx, pero no hay evidencia sólida para adjudicársela. Quote Investigator rastrea una versión hasta 1962, cuando Celeste Holm la atribuyó a un actor anónimo; George Burns incluyó otra en sus memorias de 1980. La broma nació vinculada al oficio de actuar. Qué cómoda resulta trasladada al escaparate político.
Porque en el teatro la sinceridad puede interpretarse. En el servicio público debería acreditarse.
El espectador compra una entrada para aceptar una ficción; el contribuyente paga impuestos para que no se la vendan.
Por eso resulta tan insuficiente el sermón de Gómez Leal. Su publicación explica que Tamaulipas tiene puentes, puertos y comercio. Gracias por la clase de geografía. Lo que una ciudadanía exigente necesita no es una descripción del mapa, sino respuestas sobre los señalamientos que lo rodean y elementos verificables para evaluarlos.
No se trata de exigirle que demuestre una inocencia que jurídicamente se presume. Se trata de no confundir esa presunción con un cheque en blanco para la autopromoción.
«Cuidar nuestras aduanas es cuidar nuestra economía», escribe el senador. La frase merece una continuación menos cómoda: cuidar el debate público también exige impedir que las consignas sustituyan las explicaciones.
Si Gómez Leal quiere reivindicarse como defensor de la legalidad aduanera, que acompañe la fotografía con respuestas concretas a los señalamientos. Que distinga lo falso de lo verificable y aporte lo que corresponda. No basta con ponerse del lado correcto de una frase.
Porque una reforma puede cerrar resquicios legales. Un tuit no debe servir para abrir una aduana de privilegio por la que la reputación del legislador pase sin revisión.
Con información: @JRgomezLeal

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