Visitanos tambien en:

domingo, 11 de octubre de 2026

EL «PODER de ROCHA MOYA NO está MUERTO: GOBERNADOR con LICENCIA lo CONSERVA desde la SALA de su CASA»… partido criminal y políticamente organizado negoció las lealtades.


En Sinaloa, sacar a un gobernador del despacho no significa quitarle el poder. A veces solo significa cambiarle la oficina: de Palacio de Gobierno a la sala de su casa. Esa es la incómoda paradoja que plantea Ríodoce sobre Rubén Rocha Moya: apartado del cargo, pero todavía con operadores, estructura y fichas suficientes para meterse en la sucesión. Porque una cosa es perder la silla y otra, muy distinta, soltar a quienes la cargan. 

Claudia Sheinbaum intervino para cambiar el interinato y colocar a Graciela Domínguez al frente del gobierno hasta el 31 de octubre de 2027. De acuerdo con el periodista Ismael Bojórquez en Rio Doce, la anterior interina, Yeraldine Bonilla, respondía incondicionalmente a Rocha y el relevo buscaba cortar esa prolongación del mando. 

El problema es que las redes políticas no se desarman con una ceremonia: cambias a quien firma, pero los que cobran las lealtades pueden seguir siendo los mismos.

El filtro de limpieza y la factura del relevo

Ríodoce relata que se analizaron nueve nombres y que la Unidad de Inteligencia Financiera revisó a los aspirantes. Dos o tres quedaron fuera por presuntos manejos torcidos de recursos públicos. De ahí salió una terna que llegó a la mesa presidencial y después a manos de Imelda Castro, quien eligió a Graciela Domínguez, compañera de una trayectoria compartida en el PRD y luego en Morena. Hasta ahí, el procedimiento parecía una operación para poner orden. Después llegó la factura. 

Porque en política los votos rara vez llegan envueltos para regalo. Según la publicación, conseguir el respaldo de cinco diputados rochistas implicó ofrecerles la reelección en 2027, en una operación a cargo de Minerva Vázquez. Una maravilla de ingeniería partidista: para sacar al rochismo de una posición, se le habría reservado alojamiento en la siguiente legislatura. Desmontar la maquinaria, pero dejarle estacionamiento. 

La contradicción no es menor. Imelda necesitaba votos para impulsar el relevo; los consiguió, pero al precio de comprometer espacios futuros para legisladores leales a Rocha. En esa lectura, la renovación empezó hipotecando una parte del porvenir. La tolerancia presidencial no aparece entonces como un cheque en blanco, sino como el margen incómodo de una intervención que cambia la cabeza sin deshacer todas las dependencias. 

Rocha todavía sabe llenar el salón

El rochismo, sostiene Ríodoce, está golpeado, no enterrado. Conserva buena parte de la estructura partidista y capacidad de movilización. La publicación le atribuye el lleno de la feria ganadera durante la visita de Sheinbaum, mediante la operación de Omar López, Juan de Dios Gámez y José, hijo de Rocha.

Ahí está la escena que resume el enredo: la presidenta busca limitar a un grupo y ese mismo grupo le pone público al acto. El poder residual demuestra su utilidad, se hace visible y recuerda que todavía tiene manos para mover la maquinaria. No necesita recuperar el despacho para mandar un recado: aquí seguimos, y sabemos dónde está el interruptor. Esa es la lectura política del episodio descrito por Ríodoce. 

Imelda: ganar la gubernatura no es ganar el gobierno

Para Imelda Castro, la cuestión no termina en ganar las urnas. Necesita una mayoría que responda a su proyecto, no simplemente una bancada pintada de guinda. Porque compartir logotipo no equivale a compartir jefe, y un Congreso lleno de correligionarios puede convertirse en una aduana si cada grupo cobra por dejar pasar las iniciativas. El artículo sitúa ahí el verdadero riesgo de su eventual gobierno: llegar con el cargo y descubrir que otros conservan los controles. 

El caso de Feliciano Castro ilustra esa disputa. Según Ríodoce, Imelda le ofreció Guasave y él respondió que le interesaba ser diputado. La publicación interpreta que su aspiración no sería ocupar una curul cualquiera, sino recuperar las riendas del Congreso, donde ya había ejercido influencia durante el gobierno de Rocha y cuya legislatura manejó alrededor de 1 mil 600 millones de pesos de presupuesto. No es una diferencia de gustos geográficos: es una discusión sobre dónde se concentra el mando. 

Y el reparto no se limita a Sinaloa. El artículo señala que Imelda ya tiene posiciones apalabradas con Ricardo Monreal, Adán Augusto, Nacho Mier, el Verde, el PT y el propio Rocha. Si las principales alcaldías quedan comprometidas y el Congreso responde a otros padrinos, la pregunta deja de ser quién será gobernadora. La pregunta es cuánto gobierno le van a dejar gobernar. 

La izquierda no se demuestra con el membrete

El texto también pone bajo sospecha la promesa de un proyecto de izquierda. No basta con invocar la trayectoria de Imelda si quienes la rodean reproducen las prácticas que supuestamente se quieren desterrar. Ríodoce cuestiona los perfiles de Estrella Palacios en Mazatlán y Cecilia Ramírez en Guasave, y extiende la crítica a otros municipios y a las bancadas morenistas de las últimas dos legislaturas, a las que reprocha frivolidad, mediocridad y oportunismo.

El ejemplo más áspero es el del diputado Palma: según la publicación, difundía videos bailando cumbias en TikTok mientras habitantes de Yameto, Dautillos, Altata, El Tetuán y Las Aguamitas enfrentaban la entrada del mar por el huracán Polo. En esa estampa, la distancia entre el discurso y el ejercicio del cargo no necesita una tesis: de un lado, comunidades bajo el agua; del otro, el representante cuidando la coreografía. 

Cambiar de rostro sin cambiar de dueños

La caída de Rocha tendría que servir, plantea Ríodoce, como una advertencia nacional para Morena. No solo por el desgaste de un personaje, sino por la crisis de identidad de un partido que se proclama de izquierda mientras negocia su futuro mediante cuotas, lealtades y repartos de posiciones. Desde Sinaloa surgió la crisis; desde Sinaloa tendría que empezar una rectificación que se note en los hechos, no únicamente en los discursos. 

Ese es el desafío de Imelda: distinguir entre construir gobierno y administrar compromisos. Si para llegar necesita garantizar espacios al rochismo, repartir alcaldías entre grupos nacionales y entregar el Congreso a quienes ya conocen sus palancas, la renovación corre el riesgo de quedarse en cambio de fachada. Rocha fuera del despacho, Imelda en la boleta y Sheinbaum marcando límites; detrás, la misma pregunta incómoda: quién manda cuando termina el acto y se apagan las cámaras.

Con información: RIO DOCE/

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Tu Comentario es VALIOSO: