La soberanía energética mexicana tiene un detalle incómodo: buena parte del combustible que mantiene encendido al país viene de Estados Unidos. México depende de ese vecino para aproximadamente 75% del gas natural que consume, mientras que entre 60% y 62% de su electricidad se genera con ese combustible. En términos llanos: presumimos independencia, pero una parte decisiva de nuestra capacidad para prender la luz depende de que el vecino siga despachando gas. La bandera es mexicana; la vulnerabilidad cruza la frontera.
No es que importar gas sea, por sí mismo, una estupidez. La estupidez sería confundir una compra conveniente con una garantía eterna de abastecimiento. El gas barato puede ser una ventaja económica; depender de un proveedor dominante sin suficiente capacidad de respuesta convierte esa ventaja en una fragilidadestratégica.
El aviso llegó; falta ver si también llegó la vergüenza
El 7 de octubre, Cuitláhuac García Jiménez, director del Centro Nacional de Control del Gas Natural —Cenagas—, reconoció que una reducción cercana a la quinta parte del suministro importado había representado un “golpe fuerte”. Según su explicación, la coordinación entre Pemex, CFE, Cenagas y otras autoridades permitió enfrentar el episodio sin afectar a los usuarios. Esta vez se sorteó la contingencia. Eso no equivale a haber eliminado el riesgo.
Cenagas precisó que hubo mantenimiento programado en infraestructura de Texas y, adicionalmente, un incidente en una estación de compresión. Otros puntos de importación permanecieron operativos.
Fue una interrupción técnica y parcial, no un embargo político. Precisamente por eso resulta reveladora: para poner al sistema bajo presión ni siquiera hizo falta una pelea entre presidentes. Bastaron problemas en la infraestructura del proveedor.
La confesión más incómoda vino después: “No tenemos almacenamiento”, dijo el director de Cenagas, antes de señalar que, mediante estrategias operativas, México podría disponer de un margen de hasta tres días ante un corte del gas importado. Ojo con el maquillaje: no anunció una reserva estratégica nacional, almacenada y garantizada para 72 horas. Habló de capacidad de respuesta mediante maniobras cuyo detalle no presentó. Una cosa es tener provisiones en la despensa; otra, calcular cuánto se puede estirar lo que queda.
Traducido al español de la calle
Por cada 100 unidades de gas que México consume, alrededor de 75 llegan de Estados Unidos. Si ese suministro desapareciera por completo y no hubiera reemplazo, faltarían aproximadamente tres cuartas partes del combustible disponible. No de toda la energía del país: del gas natural. La distinción importa porque exagerar las cifras debilita una crítica que ya es suficientemente grave.
Y el gas no sirve solamente para encender estufas: alimenta centrales eléctricas y procesos industriales. Por eso, una interrupción prolongada puede obligar a repartir la escasez entre generación eléctrica, industria y otros consumidores. El problema no sería únicamente pagar más: sería decidir quién sigue operando y quién tiene que reducir actividad.
Esta dependencia tampoco nació ayer. La Administración de Información Energética de Estados Unidos documentó que las importaciones por gasoducto pasaron de representar 40% del suministro mexicano de gas en junio de 2015 a 76% en junio de 2021.

La infraestructura para traer combustible creció; con ella creció también la exposición al abastecimiento externo. La tubería hizo más cómodo el negocio, no más independiente al país.
Si Trump cerrara la llave: las cuentas, sin vender humo
Un cierre político total es un escenario hipotético, no lo que ocurrió recientemente. Con la información disponible tampoco puede asignársele una probabilidad seria ni calcularse una pérdida económica exacta.
Lo que sí puede hacerse es dimensionar la exposición usando las cifras del texto: 75% de dependencia del gas estadounidense y 60% de generación eléctrica basada en gas.
| Recorte del gas procedente de Estados Unidos | Gas que faltaría respecto del consumo nacional total | Equivalente eléctrico expuesto en un reparto proporcional hipotético |
|---|---|---|
| 20% | 15% | 9% de la generación total |
| 50% | 37.5% | 22.5% de la generación total |
| 100% | 75% | 45% de la generación total |
Son cálculos propios sobre esas proporciones: dependencia importada × recorte; después, ese resultado × participación del gas en la generación eléctrica.

La advertencia fundamental: esos porcentajes eléctricos no son un pronóstico de apagones. El 45% no significa que automáticamente se apagaría 45% de México. Es una aproximación de exposición bajo supuestos simplificados: reparto proporcional del gas restante, ausencia de sustitución y una relación constante entre combustible y generación.
En la realidad, el resultado dependería de cuánto gas se destine prioritariamente a las centrales, qué otras plantas puedan generar, dónde estén los cuellos de botella y cuánto consumo pueda reducirse. Proteger la electricidad podría trasladar una parte mayor del golpe a la industria. El déficit no desaparece porque se cambie de destinatario.
Además, el recorte reciente afectó infraestructura y puntos concretos de importación; no debe tratarse automáticamente como una caída uniforme de 20% de todas las compras nacionales. La primera fila es un escenario ilustrativo de alcance nacional, no una medición de lo que efectivamente ocurrió.
El peligro no empieza mágicamente en la hora 73
El margen de “hasta tres días” comunicado por Cenagas no permite afirmar que todo funcionaría normalmente durante 72 horas y después vendría un apagón general. No es una cuenta regresiva garantizada. Es una estimación operativa sin suficiente detalle público sobre las medidas que la sostendrían.
Por eso, el riesgo de un corte prolongado debe describirse como una cadena de presiones, no como una escena de película:
- Menos gas disponible para repartir entre centrales eléctricas y consumidores industriales.
- Mayor necesidad de ajustes operativos y reducción de consumos.
- Riesgo de interrupciones si el abastecimiento restante y la generación alternativa no alcanzan.
- Impacto económico cuya magnitud dependería de la duración, la ubicación y las actividades afectadas.
No hay base suficiente para ponerle una cifra responsable en pesos a esa cadena ni para anunciar cuántos estados quedarían a oscuras.
Soberanía no es gritar más fuerte que el gasoducto
La crítica más sólida no consiste en afirmar que México debe dejar de importar gas de un día para otro. Consiste en señalar que una dependencia de esta magnitud exige un respaldo mucho más creíble que “nos coordinamos y aguantamos unos días”.
El propio Gobierno ha planteado eficiencia energética, más renovables y mayor producción nacional como vías para reducir la dependencia. Son anuncios y líneas de trabajo; no sustituyen por sí solos la capacidad de almacenamiento que Cenagas reconoce pendiente.
La soberanía energética no se mide por los decibeles de una mañanera. Se mide por la capacidad de mantener al país funcionando cuando falla el proveedor.
Porque una política que presume independencia mientras depende de que al otro lado de la frontera no se congele, no se averíe o no se cierre el suministro tiene mucho de discurso y poco de seguro. No hace falta que Trump cierre la llave para exhibir el problema. El mantenimiento de una instalación ya alcanzó para recordar quién vende el combustible y quién tiene que hacer malabares.
Con información: ELNORTE/

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