Marcela Garza, Alejandro Fuentes, Rodrigo Carvajal y Ramón Alberto Garza coinciden, en Código Magenta, en que Claudia Sheinbaum recibió una bomba fiscal armada desde 2024, cuando el gobierno de López Obrador abrió la llave del gasto para apuntalar la elección y dejó un déficit que todavía persigue al país. El problema no es sólo que México deba más, sino que ahora paga una fortuna por endeudarse.
El presupuesto federal se duplicó respecto de 2018, pero los ingresos no crecieron al mismo ritmo. La diferencia se cubre con deuda. El saldo: una deuda pública que ronda niveles récord como proporción del PIB y un costo financiero que ya se come cerca de 1.5 billones de pesos. Es decir, el gobierno trabaja cada vez más para pagar intereses de decisiones pasadas y cada vez menos para construir futuro.
El presupuesto del “ya no alcanza”
La crítica central es brutal: el dinero está atrapado en gastos inevitables —pensiones, programas sociales, participaciones a estados y municipios, además del servicio de la deuda—, mientras la inversión física permanece prácticamente estancada.
México pasó de destinar alrededor de 700 mil millones de pesos a inversión física en 2018 a unos 900 mil millones en el nuevo presupuesto: un aumento raquítico para casi una década, inflación incluida. Para 2027, la inversión pública se proyecta en apenas 2.6% del PIB, muy lejos del 4.1% registrado en 2012. En otras palabras: se gasta más, se debe más y se construye poco.
Déficit de papel
Carvajal advierte un “déficit fantasma”: Hacienda calcula un desequilibrio de 3.9% a 4.1% del PIB, pero los analistas sospechan que, por previsiones optimistas de crecimiento e ingresos tributarios y por costos subestimados, el hoyo real podría acercarse al 5%.
La consecuencia no es un tecnicismo para economistas: si las calificadoras dejan de creerle al gobierno, México tendrá que endeudarse todavía más caro. De hecho, la mesa subraya que los mercados ya cobran a México tasas propias de un país que camina al borde de perder el grado de inversión.
Pemex: el cadáver en la sala
El otro agujero negro es Pemex. Para los comentaristas, México ya no tiene renta petrolera: el Estado ha tenido que meter más dinero a la petrolera del que recibe por ingresos petroleros. Y mientras Pemex sigue ahogada en deuda, problemas operativos y escándalos de huachicol, el presupuesto de energía cae 68%, de 267 mil millones a 85 mil millones de pesos.
La pregunta es inevitable: ¿el gobierno dejará de rescatar a Pemex o pretende que capital privado, nacional y extranjero, entre a resolver lo que el Estado no puede? La mesa sostiene que sin corregir el modelo de Pemex, abrir espacio efectivo a inversión y explotar oportunidades en gas, shale y recursos no convencionales, no habrá salida fiscal sostenible.
Conclusión editorial
Para Carvajal y Garza, el presupuesto no es una estrategia de desarrollo: es una maniobra para comprar tiempo rumbo a la elección intermedia. Se preservan las transferencias que sostienen el capital electoral de Morena, se posponen las reformas fiscales dolorosas y se sacrifica inversión en infraestructura, energía, educación y capacidad productiva.
El diagnóstico es que México se está administrando como una familia que presume austeridad mientras paga la tarjeta con otra tarjeta: pensiones creciendo, deuda encareciéndose, inversión languideciendo y Pemex convertido en una fuga de recursos. No es un presupuesto para despegar; es un presupuesto para que el aterrizaje no ocurra antes de las urnas.
Con información : CODIGO MAGENTA/

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