En Monterrey, la carne asada ya no sólo perfuma patios, terrazas y domingos familiares: también parece tener expediente clínico. El exceso de grasa acumulada dentro de los hepatocitos —las células del hígado— es tan común en la ciudad y su zona metropolitana que, en ciertos círculos médicos, al padecimiento ya le colgaron gentilicio: “hígado regio”.
No es un diagnóstico oficial ni una categoría de manual, pero funciona como retrato epidemiológico: una población con alta prevalencia de sobrepeso, obesidad, resistencia a la insulina, dislipidemia, síndrome metabólico y una relación culturalmente estrecha con cortes grasosos, carbohidratos, azúcares refinados y la liturgia dominical del asador. La raza no sólo prende el carbón: también puede estar cebando la esteatosis hepática.
El hígado también factura la carnita
El hígado graso, o esteatosis hepática, aparece cuando se deposita una cantidad excesiva de lípidos en el interior de las células hepáticas. En términos menos clínicos: el órgano encargado de procesar grasas, azúcares y toxinas termina convertido en una especie de bodega metabólica con sobrecupo.
Hay dos grandes rutas para llegar a ese diagnóstico:
- La enfermedad por hígado graso asociada al alcohol, provocada por consumo excesivo y crónico de bebidas alcohólicas.
- La enfermedad por hígado graso no alcohólico —cada vez más nombrada como enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica—, vinculada con obesidad abdominal, diabetes, hipertrigliceridemia, colesterol alterado, hipertensión, genética, hormonas, sedentarismo y dieta.
En Nuevo León, según Gabriela Urencio Curiel, especialista en nutrición clínica y geriátrica, el alcohol no es necesariamente el protagonista principal de la inflamación hepática. El reparto estelar lo comparten los carbohidratos, los azúcares y las grasas. Es decir: menos “me destruyó la cerveza” y más “me cobró factura el combo completo de rib eye, tortilla, papa, refresco y postre”.

La diferencia con otras regiones del País, apunta la médica, está también en la composición del plato. En el noreste, la carne asada no es únicamente comida: es identidad, reunión, orgullo regional y, si se convierte en hábito metabólicamente desbordado, una vía rápida para que el hígado empiece a almacenar triglicéridos como si se preparara para un apocalipsis.
El “hígado regio” no es folclor: es riesgo metabólico
No existe una estadística oficial que diga cuántas personas tienen hígado graso en Nuevo León. La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición tampoco ofrece una cifra específica para este padecimiento. Pero los factores de riesgo levantan la ceja clínica: 7 de cada 10 adultos en Nuevo León tienen sobrepeso u obesidad, condiciones estrechamente relacionadas con la acumulación de grasa hepática.
A ello se suman enfermedades que van al alza:
- Diabetes o glucosa elevada en ayuno.
- Dislipidemia, es decir, alteraciones en colesterol y triglicéridos.
- Obesidad central, particularmente el exceso de cintura abdominal.
- Síndrome metabólico, esa combinación de alteraciones que convierte al organismo en una sala de espera para enfermedad cardiovascular, diabetes y daño hepático.
- Sedentarismo y alimentación hipercalórica, rica en grasas saturadas, grasas trans y azúcares refinados.
A escala nacional, se estima que alrededor de 50 por ciento de la población podría tener hígado graso, por encima del promedio mundial aproximado de 33 por ciento. En otras palabras: México no sólo carga una epidemia de obesidad; carga también una epidemia silenciosa de hígados infiltrados de grasa.
El órgano calla… hasta que cobra intereses
La esteatosis hepática suele ser silenciosa. No da conferencia de prensa, no avisa con sirena y muchas veces se detecta de rebote: en estudios de sangre de rutina, un ultrasonido abdominal pedido por otra causa o una revisión médica anual que, por una vez, sí llegó antes de que el cuerpo presentara la factura completa.
Cuando hay síntomas, pueden incluir:
- Cansancio persistente y malestar general.
- Molestia o dolor en el cuadrante superior derecho del abdomen, donde se ubica el hígado.
- Alteraciones del sueño.
- Acantosis nigricans: oscurecimiento y engrosamiento de la piel, con frecuencia en cuello o axilas, un signo que puede asociarse con resistencia a la insulina.
El problema no es sólo la grasa. El problema es lo que puede venir después: inflamación hepática, lesión celular, fibrosis —cicatrización progresiva del tejido—, cirrosis, insuficiencia hepática terminal y cáncer de hígado. La parrillada no produce cirrosis por decreto, desde luego; el riesgo surge de un patrón sostenido de exceso calórico, adiposidad, alteraciones metabólicas y falta de control.
Francisco Bosques Padilla, gastroenterólogo e internista y ex presidente de la Asociación Mexicana de Gastroenterología, advierte que el número de pacientes diagnosticados ha crecido de forma constante y que la tendencia podría traducirse en más enfermedad hepática terminal, falla hepática y cáncer hepático.
Ya alcanzó a los niños
La imagen más incómoda del fenómeno no está en el adulto con panza cervecera, sino en el niño frente al ultrasonido. Yamilet Jiménez Colindres, especialista en imagenología, señala que en su práctica detectan hígado graso con enorme frecuencia entre quienes acuden a ultrasonido abdominal; incluso han identificado casos pediátricos, incluido uno de apenas 7 años.

La esteatosis en menores no es una curiosidad radiológica: puede ser marcador de un problema metabólico temprano. La especialista advierte también posibles repercusiones en la salud ósea, en particular durante una etapa de crecimiento y mineralización. Si el desorden metabólico acompaña al niño durante años, el costo puede aparecer después como fragilidad ósea u osteoporosis en la vida adulta.
En un estudio del Hospital Zambrano Hellion TecSalud, se identificó hígado graso en 111 de 411 pacientes evaluados durante un check-up: casi 30 por ciento. La edad promedio fue de 50 años; predominaban el perímetro de cintura elevado, la obesidad, el síndrome metabólico y la glucosa alta en ayuno. Una radiografía metabólica del norte: mucha circunferencia abdominal, demasiada glucosa circulante y un hígado haciendo horas extra.
Diagnóstico y salida
El ultrasonido abdominal es una de las herramientas más usadas para detectar cambios compatibles con infiltración grasa del hígado. Cuando hay sospecha, el FibroScan permite evaluar de manera no invasiva la esteatosis y estimar el grado de fibrosis mediante elastografía, una especie de medición de qué tan “duro” o cicatrizado está el tejido hepático.
Los análisis de laboratorio ayudan a iniciar el tamizaje, pero no bastan por sí solos: una persona puede tener hígado graso aun con enzimas hepáticas dentro de rangos aparentemente normales. La biopsia hepática sigue siendo el estándar de oro porque permite diferenciar la esteatosis simple de la esteatohepatitis, determinar el grado de fibrosis y descartar otras patologías. Pero, al ser invasiva, se reserva para casos seleccionados: candidatos a tratamiento farmacológico, protocolos de investigación o escenarios diagnósticos complejos.
La parte menos espectacular, pero más efectiva, es que el hígado puede recuperarse si se interviene a tiempo. El tratamiento central no consiste en un té milagroso ni en castigar al órgano con suplementos de moda: consiste en corregir el entorno metabólico.
- Perder al menos 7 por ciento del peso corporal puede disminuir significativamente la inflamación y el daño celular.
- Una reducción superior a 10 por ciento puede lograr remisión de la enfermedad en una proporción alta de pacientes y disminuir la fibrosis.
- El ejercicio aeróbico y de resistencia ayuda a movilizar triglicéridos y reducir la grasa acumulada en el hígado.
- Una dieta hipocalórica, con reducción marcada de grasas saturadas, grasas trans y azúcares refinados, es parte central del tratamiento.
- El check-up anual puede detectar el problema antes de que el “hígado regio” se convierta en cirrosis con acento norteño.
La moraleja clínica no es declarar la guerra a la carne asada ni excomulgar al asador. Es dejar de fingir que un órgano metabólicamente lesionado se arregla con una caminata de cinco minutos después del festín. La raza puede seguir reuniéndose alrededor del carbón; lo que no puede seguir normalizando es que el hígado se convierta en el daño colateral permanente de la cultura del exceso.
Con información: ELNORTE/

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