La fórmula ya es conocida: primero caen los agentes, después llega el pésame institucional y, como remate obligatorio, el “no quedarán impunes”. En Omealca, Veracruz, dos federales fueron asesinados y una agente resultó herida durante labores de investigación; Omar García Harfuch anunció operativo, respaldo a las familias y la promesa de justicia. Otra vez el libreto completo.
El problema no es la promesa; el problema es que ya parece comunicado de machote. Cambian el municipio, el número de muertos, el grupo armado y la fotografía del operativo, pero el estribillo permanece intacto: pésame, reconocimiento a la valentía, despliegue inmediato y la solemne advertencia de que ahora sí habrá castigo.
La escena remite inevitablemente a Sinaloa, donde uno de los primeros agentes federales enviados bajo la estrategia de Harfuch, Halexy Guadalupe Velderrain Con, fue asesinado en Culiacán.
Entonces, una mujer que se identificó como su viuda no le reclamó con diplomacia institucional: le reventó en redes la pregunta que nadie en el gabinete quiere contestar. ¿Cuál era la estrategia? Según su denuncia, enviaron a los agentes con armas cortas frente a criminales “armados hasta los dientes”, en vehículos iguales y sin placas, con una organización que describió como inexistente.
No era una crítica de cafetería ni un tuit de oposición: era el reclamo de alguien que acababa de perder a su esposo y que, además, dijo que él mismo sospechaba que aquella comisión estaba mal planteada. Harfuch publicó condolencias; la viuda respondió con una acusación demoledora: no bastan las palabras cuando los elementos terminan convertidos en bajas de una estrategia que, desde abajo, luce más como improvisación que como inteligencia.
Y ahora Omealca. Dos muertos más. Otra compañera lesionada. Otro “operativo” para ubicar a los responsables. Otra promesa de que no habrá impunidad.
El problema de la frase
“No quedarán impunes” debería ser una garantía extraordinaria, no la muletilla oficial que se activa cada vez que el Estado llega tarde. Porque si la frase tuviera el peso que pretende, no sería necesario repetirla con tanta frecuencia ni recitarla sobre cadáveres de policías.
En Sinaloa, durante la guerra interna de facciones del propio Cártel de Sinaloa, han sido asesinados casi un centenar de policías, mientras las autoridades producen boletines, balances, capturas aisladas y promesas que rara vez explican quién ordenó, quién ejecutó, quién financió y quién permitió. La impunidad no se combate con una línea para X; se combate con investigaciones verificables, responsables procesados y sentencias.
Hasta ahora, la retórica oficial luce mucho más consistente que los resultados.
Omealca no es un accidente
Omealca tampoco aparece de la nada en el mapa de la violencia. En julio de 2025, pobladores atacaron una base policial y dejaron a un uniformado herido. Un mes antes, elementos de Marina asignados a tareas de seguridad fueron agredidos con machetes y piedras; uno de los militares realizó disparos al aire para contener la agresión.
Es decir: había antecedentes de hostilidad, riesgo y capacidad de agresión contra fuerzas de seguridad. Por eso la pregunta no es sólo quién disparó contra los federales. La pregunta incómoda es si las corporaciones enviadas a la zona contaban con inteligencia previa, equipo suficiente, rutas seguras, protocolos de extracción, respaldo táctico y una estrategia que no consistiera en mandar agentes al terreno para después lamentar su muerte.
Porque cada caída de un policía no es únicamente una tragedia personal y familiar. También es un examen del Estado. Y si el examen consiste en prevenir ataques, proteger a sus agentes y castigar a quienes los asesinan, el gobierno sigue entregando condolencias donde debería entregar resultados.
Harfuch dice que en Omealca no habrá impunidad. Ojalá. Pero después de tantas veces que el poder ha pronunciado esa misma frase —en Sinaloa, Veracruz y medio país— ya no alcanza con repetirla como conjuro.
Los muertos no necesitan un tuit mejor redactado. Necesitan que el Estado deje de mandarlos a pelear guerras mal planteadas y, por una vez, convierta el “no quedarán impunes” en algo más que otra cacayaca de boletín.
Con información: ELNORTE/

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