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jueves, 3 de septiembre de 2026

UNA “COSTOSA ESCENOGRAFÍA de GUERRA”: 4 MUJERES ASESINADAS en 2 DÍAS de SEPTIEMBRE dejan VER la INUTILIDAD de 17 MIL MILITARES»… Gobierno presume músculo; Sinaloa exhibe el fracaso.


La “estrategia” que presume músculo militar en Sinaloa luce cada vez más como una exhibición de uniformes incapaz de proteger a quienes están siendo asesinadas. Cuatro mujeres ultimadas en apenas los dos primeros días de septiembre no son una anécdota estadística: son el retrato de un operativo que ocupa territorio, pero no garantiza vidas. 

Catorce mil, dieciséis mil, los que quieran contar: Sinaloa sigue sin estrategia para salvar mujeres y hombres

Que sigan presumiendo músculo. Que saquen otra vez la cifra grandota: más de 14 mil efectivos —o 16 mil 440, según el corte oficial— entre Ejército, Marina, Guardia Nacional, SSPC y demás siglas desplegadas en Sinaloa. 

Mucho uniforme, mucho convoy, mucho comunicado con decomisos y detenidos para la foto. Pero cuando se trata de impedir que asesinen mujeres, hombres y niños, el aparato luce menos como una estrategia y más como una costosa escenografía de guerra. 

En sólo dos días de septiembre fueron asesinadas cuatro mujeres en Sinaloa. Cuatro. Y una de ellas fue ejecutada a balazos dentro de una vivienda en la colonia Providencia, al sur de Culiacán, en un domicilio con antecedentes recientes de hechos violentos. El Ejército llegó como primer respondiente, acordonó el área y dio paso a las diligencias de siempre: perímetro, peritos, carpeta, boletín. La pregunta incómoda es obvia: ¿de qué sirve llegar primero a una escena si se llega después de que la víctima ya fue asesinada? 

La tragedia tampoco cae de sorpresa ni puede disfrazarse de “hechos aislados”. Agosto cerró con 25 mujeres asesinadas en Sinaloa. Antes de eso, el registro oficial federal colocaba a la entidad en el primer lugar nacional en víctimas de feminicidio durante los primeros siete meses de 2026: 54 casos, exactamente el doble que el Estado de México, que reportaba 27. Sinaloa no sólo tiene una crisis; encabeza el marcador nacional de la barbarie contra las mujeres. Vaya campeonato el que están administrando. 

Y mientras las autoridades celebran aseguramientos, armas decomisadas y capturas, las mujeres siguen poniendo los cuerpos. No se cuestiona que decomisar arsenales o detener presuntos criminales sea necesario. Lo que se cuestiona es la farsa de vender esas acciones como si, por sí solas, fueran una política de protección efectiva. Porque una estrategia se mide por resultados sostenidos sobre la vida cotidiana, no por la cantidad de soldados estacionados ni por el tamaño del inventario confiscado al final del día.

Por qué esto no es una estrategia

No lo es porque una estrategia de seguridad tendría objetivos verificables y una prioridad elemental: reducir el riesgo antes de que ocurra el asesinato. Si el estado encabeza las cifras de feminicidio y, al mismo tiempo, acumula mujeres asesinadas a un ritmo brutal, el despliegue no está protegiendo; está administrando las consecuencias.

Tampoco es estrategia enviar miles de elementos sin explicar qué zonas son prioritarias, cómo se identifican patrones de violencia contra mujeres, qué seguimiento reciben los agresores reincidentes, cómo se protegen las denuncias por amenazas, quién vigila los entornos donde ya hubo ataques previos y qué autoridad responde cuando una alerta se pierde en el laberinto burocrático. Eso no es inteligencia: es presencia. Y la presencia sin prevención es apenas vigilancia de un desastre anunciado.

Una política seria tendría, como mínimo, investigación inmediata y especializada de cada asesinato de mujer; análisis de vínculos entre desapariciones, violencia familiar, crimen organizado y feminicidios; medidas de protección rápidas para mujeres en riesgo; persecución de redes de agresores y no sólo patrullajes; fiscalías con recursos, peritos y resultados; y rendición de cuentas pública sobre impunidad, órdenes de protección y sentencias. Sin eso, los miles de soldados son número de conferencia, no salvavidas.

Lo más obsceno es que el Gobierno puede presumir una reducción general de homicidios o un cargamento decomisado, mientras Sinaloa se hunde en una realidad que desmiente el triunfalismo: mujeres asesinadas, familias abandonadas y autoridades contando efectivos como si la estadística militar pudiera cubrir la estadística funeraria. 

Sinaloa no necesita más propaganda de fuerza; necesita una estrategia que haga que las mujeres lleguen vivas a casa. Porque si con miles de militares desplegados el estado sigue encabezando el país en feminicidios y septiembre comienza con cuatro mujeres asesinadas en 48 horas, entonces no hay nada que celebrar.

Hay que dejar de contar soldados como trofeos y empezar a contar vidas salvadas. Hasta ahora, el Gobierno presume músculo; Sinaloa exhibe el fracaso.


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