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viernes, 12 de junio de 2026

«TENIA ESCOLTAS como en MATAULIPAS: VERACRUZ YA TIENE una MISMA AVENIDA para MATAR PERIODISTAS»…bajo inmunidad e impunidad absolutas.


Luis Ángel López Valdez, reportero del medio Vanguardia de Veracruz, y director de Reportaje Policiaco Veracruzano, fue atacado a tiros por un grupo armado la madrugada del jueves en Poza Rica, al norte de Veracruz. López Valdez, de 29 años, era también parte de la organización Cruz Ámbar, dedicada a la atención de urgencias médicas prehospitalarias, rescate y protección civil. 

La Fiscalía estatal ha abierto una investigación sobre el asesinato, el segundo de un periodista en esa región, y a solo unos días del secuestro de la reportera Roxana Berenice Guzmán.

La brutal ejecución de Luis Ángel López Valdez encaja perfecto en la misma “estrategia mata‑periodistas” de siempre: balazos en la madrugada, comunicado indignado, carpeta de investigación… y luego archivo muerto.

La coreografía del crimen

Primero el formato clásico: reportero de nota roja que documenta la podredumbre local, amenazado, con “medidas de protección” de utilería, interceptado de madrugada por hombres armados en una avenida cualquiera, esta vez en Poza Rica, Veracruz. Lo rafaguean en la 20 de Noviembre, que ya parece callejón institucional para ejecutar periodistas, y los agresores se esfuman en la oscuridad, como si el Estado les hubiera dado libre paso.

Mientras tanto, el parte oficial dice lo de siempre: “ya se integra la carpeta de investigación” y “no habrá impunidad”, liturgia burocrática para acompañar el tiro de gracia que ya le dieron a la libertad de expresión en la región. Veracruz sigue acumulando cadáveres de comunicadores como si fueran estadísticas de tránsito, pero se sigue gobernando como si lo grave fuera el daño a la imagen del gobernador, no el daño a la prensa.

La farsa de la protección

El colega había recibido amenazas y contaba con “medidas de seguridad” del Estado, esa frase que en México suele significar un montón de papeles, un expediente muy grueso y cero capacidad real para evitar que te maten como ocurre en Tamaulipas.

Las instituciones presumen protocolos, botones de pánico y mecanismos de protección mientras los sicarios siguen operando con más eficacia que cualquier programa federal.

En Veracruz, la estadística oficial de periodistas asesinados ya debería llevar placa conmemorativa en la entrada del palacio de gobierno: de 2005 a 2024 se documentan decenas de homicidios de comunicadores, y aun así cada gobierno llega prometiendo que “ahora sí” se va a respetar la libertad de prensa. El mensaje real es otro: investiga bajo tu propio riesgo, porque el Estado está igual de ausente cuando te amenazan que cuando te ejecutan.

La construcción del miedo

Matar a un reportero de nota policiaca en un municipio petrolero tomado por el crimen organizado no es solo un homicidio, es una campaña de relaciones públicas del terror: “esto les pasa a los que cuentan demasiado”. 

El efecto es quirúrgico: medios locales que se autocensuran, reporteros que se repliegan a boletines oficiales, y una audiencia que termina informada por narcomensajes y videos filtrados antes que por periodistas vivos.

Cada asesinato de un periodista funciona como decreto no escrito: hay temas intocables, zonas de silencio obligatorias, nombres que no se mencionan salvo en obituarios. México inaugura la Copa del Mundo mientras un reportero cae a tiros en Veracruz, y la ironía es perfecta: fiesta global, muerte local, y el país vendiéndose como anfitrión mientras no puede ni garantizar que un comunicador llegue vivo a su casa.

La impunidad como política pública

Si la “estrategia mata‑periodistas” es tan exitosa es por una razón brutalmente simple: funciona, y nunca pasa nada en serio. Los autores materiales rara vez se identifican, los intelectuales menos, y la justicia se limita a comunicados y conferencias donde las autoridades se declaran “consternadas” mientras siguen administrando la misma impunidad que hizo posible el crimen.

En Poza Rica ya habían asesinado a otro periodista meses antes en la misma avenida, y el mensaje institucional fue tan contundente que los sicarios tuvieron la confianza de repetir locación, formato y resultado. Cuando una calle se vuelve zona de ejecución para reporteros y el Estado no es capaz ni de garantizar ese tramo de asfalto, ya no hablamos de fallas: hablamos de complicidad por abandono.

Con información: ERIKA ROSETE/DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS

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