Morena no gobierna: devora. Tiene todo —Presidencia, Congreso, estados, hasta el Poder Judicial— y aun así actúa como si le debieran el país completo y un poco más. Con una oposición arrastrándose y encuestas que lo ponen cuatro a uno, cualquiera pensaría que ya estaría en modo contemplativo, disfrutando la hegemonía. Pero no. Morena sigue boxeando como si estuviera abajo en las tarjetas.
Impugna lo que pierde, presiona a quien estorba y empuja a sus adversarios fuera del tablero. No sabe bajarse del ring porque, en el fondo, sospecha que si se detiene, algo se le viene encima.
Y no es paranoia gratuita. Morena gana elecciones como máquina, pero gobierna como aprendiz. A nivel municipal, casi la mitad de los territorios que conquista los pierde en el siguiente turno. Llegan, prometen, fallan y los corren. En 2025 el dato se volvió escandaloso: perdió el 58% de los municipios que ya gobernaba. Un récord que no presume nadie, pero que explica muchas cosas.
En los estados, el panorama no mejora: sus gobernadores suelen salir peor evaluados que los de la oposición y con peores resultados en servicios públicos. Mucho poder, poca gestión.
El problema es más profundo: Morena no ha construido una clase política propia. Vive de prestado. Casi un tercio de sus legisladores son chapulines reciclados —muchos del PRI— y si se suman sus aliados, los “puros” apenas controlan una minoría real. Es un movimiento que presume identidad, pero gobierna con piezas ajenas.
Su supuesta fábrica de cuadros es casi una reliquia ideológica:cursos de marxismo, soberanía popular y hasta hagiografías de López Obrador, pero poca formación para operar políticamente en el mundo real. Mucha teoría, cero cantera efectiva.
Por eso, aunque parezca contraintuitivo, Morena no es el que más crece en territorio. Entre 2021 y 2024 avanzó, sí, pero el Partido Verde —su aliado incómodo— creció mucho más rápido. Y la expansión morenista ya se frenó: de ganar cuatro gubernaturas por año pasó a apenas una. Las encuestas incluso sugieren que 2027 podría marcar su primer retroceso serio.
Además, ya hay plazas que se le resisten. Durango y Coahuila son muros que no ha podido derribar, algo impensable hace unos años cuando arrasaba sin fricción. El encanto de la ola ya no es automático.
Y por dentro, la cosa tampoco es tersa. Las divisiones afloran: disputas internas, choques por reformas y aliados —como el Verde— que empiezan a jugar por su cuenta. La coalición ya no es monolito, es negociación permanente.
Morena no está hambriento por ambición, sino por necesidad. Sabe que su poder es grande, pero su estructura es frágil. Es una fortaleza levantada a toda prisa: impresionante desde lejos, pero llena de grietas cuando uno se acerca.
Con información: VIRI RIOS/DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/

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