En Me Lo Dijo Adela, Ignacio Gómez Villaseñor y Álvaro Salvador le pusieron nombre y apellido a lo que muchos sospechan: el registro telefónico obligatorio —con fecha límite el 30 de junio— no solo está mal diseñado, sino que podría ser un festín para fraudes, filtraciones y errores de proporciones industriales.
Primero, el dato incómodo: 60% de los usuarios no se ha registrado. No por flojera, sino por desconfianza. Y no es paranoia: las propias empresas de telefonía, ahora encargadas de resguardar esta megabase de datos, ya han sido hackeadas. Sí, esas mismas a las que el gobierno decidió confiarles tu CURP, tu cara y tu línea.
El truco legal fue elegante: antes el padrón lo tendría el gobierno (y lo tumbaron por inconstitucional). Ahora lo tienen privados… vulnerables. Problema resuelto en papel, desastre latente en la realidad.
¿La cereza? La famosa “prueba de vida biométrica”. En teoría, tecnología de punta. En la práctica, un video donde alguien decide si “te pareces” a tu INE. Sin base biométrica robusta, sin garantías, sin memoria del registro. Traducción: suplantar identidad no solo es posible, es tentador.
Y mientras tanto, el gobierno vende la idea de que esto acabará con las extorsiones telefónicas. Falso. Hoy cualquiera puede comprar un número virtual por monedas, clonar una SIM o incluso hacer que te llame “tu propio número”. Spoofing básico. Las extorsiones no dependen de registros, dependen de redes criminales que ya van varios pasos adelante.
De hecho, el riesgo es otro: crear una ilusión de seguridad mientras se abren nuevas puertas. Porque si alguien suplanta tu número y comete un delito, el sistema “perfecto” ya tiene a quién culpar: tú.
En paralelo, el caos informativo:
— Usuarios con plan que “ya están registrados”… pero reciben amenazas de suspensión.
— Gente con múltiples líneas a su nombre que nunca contrató.
— Procesos de desvinculación imposibles (te piden un número que no conoces).
— Más de 100 operadores donde, en teoría, tendrías que revisar si no te sembraron líneas fantasma.
Un diseño digno de Kafka, pero digital.
Y luego está la banca. El verdadero talón de Aquiles. Muchas apps dependen de SMS para autenticar operaciones. Si pierdes la línea, pierdes acceso. Si te clonan la SIM, pierdes el dinero. Así de simple.
La recomendación de los especialistas es clara, con o sin registro: abandonar el SMS. Activar tokens dentro de las apps bancarias o usar autenticadores. Porque hoy, el fraude no necesita romper sistemas sofisticados; le basta con interceptar un código.
Mientras tanto, el gobierno aprieta: si no te registras, te suspenden. Si las telefónicas no suspenden, las multan. Y en medio, millones de usuarios decidiendo entre dos riesgos: ceder sus datos o quedarse incomunicados.
Álvaro Salvador lo resumió con crudeza: vivimos en un ecosistema digital donde no participar tiene un costo altísimo. Ignacio Gómez fue más directo: el problema no es solo confiar o no en el gobierno, sino en todo el sistema que ya ha demostrado ser vulnerable.
El resultado: un país donde te piden más información en nombre de la seguridad… en un entorno donde la información ya se filtra, se vende o se hackea con preocupante frecuencia.
Y la pregunta sigue en el aire:
¿esto es política pública… o improvisación con consecuencias reales?
Con información: LA SAGA/ADELA MICHA/

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