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martes, 23 de junio de 2026

«DESTIERRO,ENCIERRO o ENTIERRO: MEXICO REPLICA MODELO CENTROAMERICANO de NARCOREPRESION Vs PERIODISTAS»…si uno no te pega, el otro te demanda y el tercero archiva tu muerte “por falta de pruebas”.


El periodismo en México ya no es oficio: es un deporte extremo sin seguro de vida, con el Estado de referee vendido y el crimen organizado de patrocinador oficial. Ser reportero hoy es como entrar a la jaula con tres bestias al mismo tiempo: gobierno, narco y jueces; si uno no te pega, el otro te demanda y el tercero archiva tu muerte “por falta de pruebas”.

Del oficio al tiro al blanco

En Centroamérica ya sabían cómo se hace: primero difamas al periodista, luego le cierras el medio, después le inventas delitos y, si insiste, lo mandas al exilio o al panteón. Ese “modelo” que antes veíamos con distancia ya se exportó a México como paquete completo: descrédito desde el poder, asfixia económica y persecución judicial con toga y mazo patrios.

En este país, cubrir una nota ya es llenar tu propio formato de defunción anticipada: México se ha colocado entre los primeros lugares mundiales en asesinatos de periodistas, con cifras que se repiten año tras año como si fueran medallero olímpico. Y mientras las balas hacen su trabajo, la estadística oficial se limita a poner asteriscos: “caso en investigación”, “línea de investigación no relacionada con su labor periodística”.

El nuevo “modelo”: callar con leyes

El viejo mecanismo era simple: te amenazaban, te golpeaban o te desaparecían; brutal, pero honesto en su brutalidad. Ahora el refinamiento es fino: usan leyes electorales, de violencia política de género, normas de tecnología o lo que se deje, para convertir cada columna incómoda en una carpeta de investigación.

Es la jugada maestra: no hace falta matar a todos los periodistas, basta con arruinarlos a litigios, multas y embargos, hasta que escribir se vuelva un lujo que sólo pueda darse quien tenga despacho de abogados en nómina. En esa lógica, el reportero deja de ser un contrapoder y se convierte en “riesgo jurídico” para la empresa, un archivo que el área legal recomienda “prescindir” para no perder los contratos oficiales.

El Estado: verdugo y notario

Artículo 19 contabiliza cientos de agresiones: amenazas, golpes, campañas de odio, espionaje y asesinatos que se acumulan como si fueran simples “incidentes” en un reporte de riesgos. Lo grotesco es que una de cada dos agresiones viene de autoridades, es decir, del mismo aparato que se supone debería proteger la libertad de expresión.

El mecanismo de protección, en teoría creado para salvar vidas, en la práctica parece un call center con chalecos antibalas: tarda, minimiza y, cuando llega, sólo alcanza para un botón de pánico y un expediente más en un archivero que nadie revisa. La impunidad no es un defecto del sistema, es su columna vertebral: sin ella, esta maquinaria de miedo se caería en cuestión de meses.

Centroamérica como futuro imperfecto

En Centroamérica ya pasaron por esta película: periodistas encarcelados, medios confiscados, redacciones vaciadas a punta de exilios, y gobiernos que aplauden porque lograron que la crítica se mudara a otro país o a otro idioma. Ahí el periodismo se ejerce desde el destierro, escribiendo sobre una patria a la que ya no pueden volver porque en la aduana los espera una orden de captura.

Lo inquietante es que México, con todo su discurso democrático, camina el mismo guion: criminalizar, acallar, empujar a la diáspora informativa y dejar al público a merced del boletín oficial y el influencer subvencionado. La diferencia es de tamaño, no de método: aquí hay más territorio, más plazas, más fosas; pero la lógica es la misma, versión “república de libre mercado”.

La “vocación” como coartada

A falta de garantías, el sistema vende la idea romántica del periodista héroe, mártir nato, que “sabía a lo que se metía”. Así, cada colega asesinado se convierte en estatua discursiva: mucha indignación en redes, alguna marcha, y después el olvido institucional que recicla el caso para futuros discursos sobre “no más violencia”.

Se insiste en que es “vocación de servicio”, cuando en la práctica es una ruleta rusa laboral: cada nota puede ser la última, cada investigación una sentencia que nadie firma, pero todos conocen. Es un oficio precarizado, despreciado y al mismo tiempo indispensable, algo así como los paramédicos en una guerra que el mismo gobierno se niega a reconocer.

Periodista: blanco móvil profesional

En México, ser periodista es llevar un letrero invisible que dice “responsable de todo lo que incomoda”. Si denuncias corrupción, eres enemigo del progreso; si documentas violencia, eres vocero del narco; si exhibes abusos policiales, eres antipatriota; si criticas al gobierno, eres un vendido a la oposición.

El blanco se mueve, pero nunca se borra: los ataques vienen del narco, de las policías, de los gobernadores, de los alcaldes, de los jueces y también de los fanáticos que se organizan en redes sociales para hacerte trending topic de odio por 48 horas seguidas. Y mientras tanto, los dueños de los medios miran el rating, calculan el costo-beneficio de defenderte, y muchas veces deciden que es más barato dejarte solo.

Deporte de alto riesgo, salario de becario

Lo más grotesco: este deporte extremo se practica con sueldos de pasante, contratos por honorarios y cero prestaciones. Te exigen ética de cirujano, precisión de fiscal y valentía de bombero, pero te pagan como si redactaras horóscopos desde tu casa.

Mientras tanto, los discursos oficiales celebran el “pluralismo informativo” y se llenan la boca hablando de “respeto a la crítica” cada vez que un organismo internacional les hace un llamado de atención por el número de periodistas asesinados. La aritmética es sencilla y brutal: más agresiones, más asesinatos, más impunidad, menos voces; un balance perfecto para quienes sueñan con un país donde la prensa sólo sirva para repetir líneas de propaganda.

Con informacion: PROCESO/

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